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Andar en bici como un acto de fe

El domingo se cumplió la décima biciperegrinación a San José. Un viaje de 90 kilómetros de Santa Rosa hasta ese santuario ubicado en una colonia fundada por los alemanes del Volga en 1910.

"¿Dónde está Rony?" -pregunta el principal Bustamante a las 6:45 am del domingo con un cielo que amenaza con romperse en pequeños pedacitos de agua frente a Surprise, el punto de concentración. Y todos dicen: "Todavía no llegó".

Rony es Gerardo Pescatori, una especie de líder -aunque poco le guste- del grupo La Roseta, capaz de amontonar a una tribu de mujeres y hombres con ganas de andar en bicicleta y materializar sus metas en cualquier lugar del país donde sea posible dar pedales como habitantes de un lienzo que será pintado con fondos naturales.

Y, una semana después de haberse empapado hasta las uñas en el Rally Endurance que late porque es también un motor V8 que nunca se encaja, Rony aparece. Para muchos es una señal de tranquilidad, para otros, una señal de que el día, a fin de cuentas, será una bendición.

En la heterogeneidad de los sabores están los gustos. Y en esas reducciones, casi como filtradas en una zaranda o vertidas en decantadores, se produce la magia.

El encuentro en sí es la Biciperegrinación al Santuario de San José. Unos casi 90 kilómetros desde la Rotonda del Avión, con dos paradas en Anguil y Colonia Inés y Carlota para recorrerlos en una mañana.

La salida. Por ahí está Angélica con su rodado 26. Es una de las más saludadas cuando llega con el rompeviento naranja fluorescente de La Roseta. En la grupeta que se dispone a viajar en esta procesión de fe hasta el santuario, las preguntas son más que las respuestas. Es decir, quedan a l suerte de Dios (hablando de fe). ¿Lloverá? ¿El camino estará con lagunas? ¿Se tardará mucho? Y más.

A las 7 puntual se arma la fila y el viaje de fe se mueve en una caravana de muchos colores, sobre un piso muy húmedo, en casos demasiado pesados por los achaques del agua.

El tránsito. En ese camino hacia la bendición, el patrullero marca el camino mientras el día empieza a hacerse día y el sol parece con ganas de seguir escondido.

El pelotón de unos ochenta ciclistas se hace largo y el límite de velocidad es 15, 16 kilómetros. Nadie puede quedar rezagado y de eso se trata el viaje. De una aventura de colores, edades y géneros unidos. En el principio y en el final.

En las clásicas europeas de ciclismo el sterrato es ese escenario de tierra que con lluvia se torna lodoso y le agrega épica a cada carrera. Porque solo son capaces de afrontarlos los valientes. Eso un poco pasó este domingo de biciperegrinación, en caminos con lagunas, con tierra suelta y también con asfalto.

Estación inicial. La primera parada es en Anguil, en la capilla. Y allí esperan los colaboradores de la parroquia con mate cocido, te y la camioneta de apoyo manejada por Hugo aporta bananas y mandarinas. Todos están bien y la despedida, del primer stop tras 20 minutos, es con un aplauso.

El silencio de un domingo de mañana en una localidad se interrumpe con las sirenas del auto guía. Anguil queda atrás y el pelotón entra en un nuevo camino vecinal con una especie de cañadón a la derecha. Raúl y Martín charlan de la profundidad y otros dicen que es obra del Acueducto. Las piernas van bien, la gente siente que le responden y hay aire para charlar.

Rodrigo se lamenta porque en su Go-Pro hay poca batería como para registrar el viaje y armar un resumen audiovisual. El dirigente va y viene de punta a punta del pelotón. Está "pedaleado" y le cuesta nada el viaje. Aunque falle en sus predicciones climatológicas, imagina el final feliz de comer un choripán y cerrar el círculo de la biciperegrinación.

Vivi concluyó una semana atrás, un exigente Rally Endurance. Pero no se quiere perder lo que para muchos es parte de una cita obligada en el calendario cicloturístico impulsado por La Roseta. Se siente muy bien una vez que el grupo está en la ruta 7 camino a Inés y Carlota, la segunda parada. Va en el grupo de mujeres en mitad de pelotón.

Intermedia. La llegada a IyC empieza a pasar algunas facturas. Se completaron 60 kilómetros, los dos tercios de la aventura. Fernando, que busca una vuelta de rosca a su programa radial y que también corrió el Endurance, tiene los primeros dolores. Su mujer le dice si quiere ir al auto. La respuesta, que es una prueba de su valentía, es contundente: "No".

Hay mate, membrillo, galletitas, bananas, agua y buena energía. Los cuerpos están, sobre todo, embarrados. Lo mismo que las bicis. El barro, que se mete entre el pedal y la cala de la zapatilla, forma una costra que complica el destrabado normal para poner pie en tierra. Algunos lo pueden resolver bien, otros no.

Rony hace un repaso como aquel empleado de micro de larga distancia. Mira que estén todos y pregunta si están listos para el último tramo. Su ok, es el motor que impulsa a los ciclistas a ese episodio final.

Promesas. Ya es pasada la media mañana y el cielo se cierra de nuevo y caen unas gotas. Pocas, pero que mojan. Así y todo, el grupo mantiene la derecha de la calzada y los auxilios, que cada vez son más (entre familiares y colaboradores) hacen una fila interminable. Es un espectáculo visual de casi mil metros de ciclistas y coches con sus luces encendidas.

Un gigante de casi dos metros va en silencio montado en su bici. Es Rolo, ex jugador de básquetbol de All Boys. El lleva una promesa interior que quiere cumplir ahora, después de la frustración de la pandemia.

"Cuando vi que se hacía, quise contactarme para sumarme. Yo salgo en un grupo que conocía de esta iniciativa y me contactaron para tener información. Me gusta mucho y definitivamente volvería a hacerlo", cuenta ahora que tiene más frecuencia de entrenamiento ya que por recomendaciones médicas para preservar su salud visual no puede jugar baloncesto. "Es una experiencia hermosa", relata.

Adelante, como casi siempre en el tramo final, viajan Laura, Ana, Mónica y Nicolás. Parte del Mula's Team en cabeza de carrera, y otra parte en mitad de pelotón. Esta vez Guillermo, creador del grupo de salidas MTB, no pudo estar. Pero su omnipresencia se sintió en cada rincón de la ruta.

El objetivo. Ya es mediodía y la lluvia fuerte está por el centro de la provincia. Por fortuna los deseos íntimos llegan hasta San José y, como por obra de la divinidad, no hay agua a la vista. Unas llamas (que no son las que llaman de la propaganda de Telecom de fines de los 90 pero se parecen mucho) interrumpen la vista de un paisaje dominado por vacas y caballos. Y algunas promesas individuales con niños se materializan a poco del final.

El grupo, al fin, completa los 90 kilómetros y recibe el aplauso y la bienvenida de la hermana que hace la locución. Santa Rosa es la delegación que se suma a la de General Pico, Quemú Quemú, Eduardo Castex y Winifreda.

El evento se acaba con la bendición del cura a las bicis y a los participantes en el ingreso a la hermosísima capilla. La yapa está al lado, para cerrar el capítulo, cuando la familia comparte un choripán, un pastel o una porción de torta rusa.

La bicicleta como conectora de momentos únicos de actores con los mismos libretos, impulsados por eso otro denominado entusiasmo. Lo que sea por dar pedales y recorrer distancias con la fe como motor de arranque.

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