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EL DIARIO digital
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Por Santiago Ferro Moreno (^)
La universidad pública argentina atraviesa uno de los momentos más exigentes desde la recuperación democrática. El Consejo Interuniversitario Nacional advirtió una caída real acumulada del 45,6% en las transferencias a las universidades entre 2023 y 2026, junto con una pérdida del 32% del poder adquisitivo de los salarios universitarios entre noviembre de 2023 y febrero de 2026. No se trata solo de números. Se trata de instituciones más frágiles, equipos más tensionados, docentes y nodocentes más exigidos, expectativas deterioradas, recambios generacionales débiles y un deterioro de capacidades futuras sin precedentes.
En un contexto así, una universidad pública fuerte no puede definirse solo por su capacidad de resistir recortes. También debe medirse por su calidad institucional, su densidad democrática y su capacidad de dar el ejemplo. La UNLPam no se debe a sus oficialismos circunstanciales, que hoy, agrupados bajo la bandera de defensa de la universidad pública, juegan a la unidad para mantener personas y personajes, y las mismas dinámicas de poder. Se debe a la sociedad. Y, justamente por eso, debería cuidar con especial celo sus espacios de construcción plural, la circulación de representaciones y la posibilidad real de debatir proyectos de universidad.
Desde la pandemia se activó un comité de crisis que centralizó poder y, al calor de la coyuntura, abonó proyectos personales, quitándole discusión y capacidades de cogobierno a los consejos. Lo que entonces pudo leerse como excepcionalidad hoy deja otra marca: una universidad con menos músculo institucional, menos deliberación y menos construcción colectiva. El escenario electoral actual es expresión de esa deriva. Hay lista única para el Rectorado, encabezada por personas que hace mucho están en el poder y lo quieren seguir ostentando. En buena parte de las facultades también hay una fuerte concentración oficialista y ausencia de competencia y espacios para canalizar voces disidentes. Esto expresa un estrechamiento de canales, voces y representantes. Las elecciones existen, pero la vida democrática hace rato que viene perdiendo espesor. Una universidad pública no se debilita solo cuando la atacan desde afuera, también se debilita cuando, hacia adentro, están las mismas personas, con proyectos personales, jugando al juego de la silla.
Ese problema sería menos grave si la concentración política viniera acompañada de una plataforma robusta, capaz de justificar por qué esa continuidad sería necesaria y qué proyecto superior propone para una etapa crítica. Pero la plataforma presentada no está a esa altura, desde el inicio se apoya en la idea de continuidad, estabilidad institucional y consensos. Habla de pluralidades, inclusión política y fortalecimiento del debate. Todo en tonos correctos, con más marketing político que realidad. El problema es que, para el momento que atraviesa la universidad, suena claramente insuficiente.
Se advierte una monotonía de análisis bastante típica de espacios demasiado aferrados al poder, donde la continuidad termina reemplazando a la capacidad de reinterpretar el contexto. De allí surgen diagnósticos débiles, reactivos y poco sistémicos. Falta una lectura dura de la crisis presupuestaria, del conflicto salarial, del desgaste institucional y del riesgo de pérdida de capacidades. Falta también una visión estratégica sobre los desafíos que ya están reconfigurando la educación superior: desarrollar capacidades dinámicas, responder a nuevas demandas socioproductivas, incorporar inteligentemente tecnologías emergentes, comprender los cambios en los perfiles sociodemográficos estudiantiles y rediseñar formatos, trayectorias y dispositivos de acompañamiento acordes a esa nueva realidad.
En ese marco, tampoco hay priorización bajo restricción. No se dice qué se va a defender primero, qué se va a postergar, dónde se concentrará el esfuerzo político ni con qué herramientas concretas. Tampoco aparece una propuesta consistente para ensanchar la democracia universitaria en un contexto en el que la propia oferta electoral está hegemonizada por una sola corriente. Lo que aparece, en cambio, es un repertorio de verbos institucionalmente aceptables: fortalecer, promover, impulsar, robustecer, optimizar. Hay agenda de continuidad, pero poca estrategia y escasa imaginación institucional.
Hay, además, mucho ruido político, titulares grandilocuentes y marketing para un momento que exigiría más densidad programática y más capacidad de anticipación. Mucha capacidad para ordenar oficialismos y muy poca ambición transformadora en la propuesta. La plataforma enumera temas razonables, pero no los convierte en un verdadero proyecto institucional ni en un programa de gobierno. Para una propuesta única del conjunto de oficialismos, sostenida por varios años de conducción y con el actual rector detrás de la fórmula, el documento dice bastante menos de lo que debería.
Sin embargo, la discusión no es solo electoral. Una universidad pública necesita estabilidad, sí. Pero no una que desplace a la pluralidad bajo un eslogan simpático. Hay que ver el proceso y el contenido de la propuesta: la experiencia reemplaza a la renovación, la continuidad se vuelve casi la única gramática posible del poder universitario, la institución empieza a cerrarse sobre sí misma. En este marco, la defensa de la universidad pública corre el riesgo de confundirse con la preservación de un esquema de poder y de personalismos.
Ese cierre no fortalece a la UNLPam, la vuelve más vulnerable. Porque los sistemas que angostan de manera persistente su vida democrática no solo producen apatía. También incuban reacciones y pérdida de espacios, capacidades y vivencias. Y esas reacciones, en un clima nacional ya atravesado por discursos antiestatales y antiinstitucionales, pueden darle justificativo a la idea de que se forme un frente avalado por el hartazgo (algo similar a lo que viene sucediendo en el país). Ese sería un escenario gravísimo que dañaría la institución de manera mucho más profunda. Entiendo que este escenario no está en la mesa, porque cada uno busca cuidar su quinta. Pero es necesario pensarlo en una dinámica más amplia.
La UNLPam necesita más construcción colectiva, más pluralidad efectiva, más debate real, más transparencia en el uso de recursos públicos y una plataforma de gobierno bastante más audaz que una suma de consensos generales. En el momento más delicado del sistema universitario, una universidad pública no debería ofrecer menos democracia y menos proyecto. Debería ofrecer exactamente lo contrario.
(*) Docente-investigador UNLPam; Doctor en Ciencias Económicas; Licenciado en Administración de Negocios Agropecuarios.