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Un volante suelto, el Estado ausente y la violencia que viaja en colectivo

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La escena parece salida de una película de acción de bajo presupuesto, pero ocurrió en plena noche porteña, arriba de un colectivo de línea y con pasajeros reales a bordo. Un chofer de la línea 113 abandonó el volante en medio del recorrido para agarrarse a piñas con un pasajero, mientras la unidad seguía circulando sin control. No fue una metáfora del desorden: fue literal.

El episodio, registrado en una serie de videos que se viralizaron en las últimas horas, ocurrió el domingo 25 de enero, pasadas las 23, en un colectivo que une Barrancas de Belgrano con San Justo. Las imágenes muestran una secuencia tan absurda como peligrosa: una discusión en el pasillo que escala rápidamente a violencia física y un conductor que, fuera de sí, suelta la dirección para pelearse a trompadas.

El resultado fue un colectivo convertido en proyectil. Sin nadie al mando, la unidad cruzó semáforos en rojo, realizó maniobras erráticas y se desplazó varios metros poniendo en riesgo la vida de peatones, automovilistas y de los propios pasajeros. En medio del pánico, algunos optaron por saltar del vehículo antes de que se detuviera por completo. No fue una reacción exagerada: fue instinto de supervivencia.

Las cámaras de seguridad y los celulares de los pasajeros dejaron constancia de escenas que podrían haber terminado en tragedia. Un transporte público sin conductor, avanzando de noche, es la postal perfecta de un sistema que se descontrola cuando la violencia reemplaza a la responsabilidad.

La empresa de transporte reaccionó con rapidez. Tras la difusión de los videos, decidió despedir al chofer de manera inmediata e "irrevocable". Según trascendió, no sería la primera vez que el conductor protagonizaba episodios de comportamiento agresivo durante su servicio. Un dato que abre una pregunta incómoda: ¿cuántas señales hacen falta antes de que ocurra algo peor?

El colectivero, por su parte, intentó ensayar una defensa en un audio enviado a sus compañeros. "Me defendí, la medida es injusta", sostuvo. La frase resume una lógica peligrosa: justificar el abandono del volante —y la vida de decenas de personas— en nombre de una pelea personal.

Hasta el momento, no hay información oficial sobre el estado de salud ni el paradero del pasajero involucrado. Tampoco sobre eventuales responsabilidades más allá del despido. Porque el problema no termina con un telegrama laboral.

Lo ocurrido no es solo un hecho policial ni un escándalo viral. Es una alarma. Cuando la violencia se naturaliza, cuando los controles fallan y cuando un transporte público puede quedar a la deriva por una trompada, el riesgo deja de ser individual y se vuelve colectivo. Literalmente. En este caso, la tragedia no ocurrió. Pero pasó demasiado cerca como para mirar para otro lado.

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