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El Cigala en Bahía Blanca: cuando la voz sangra belleza

El Cigala deslumbró en Bahía Blanca
El Cigala deslumbró en Bahía Blanca.
En el Gran Plaza Teatro de Bahía Blanca, el cantaor madrileño cerró su gira argentina "Flamenco y son" con un concierto atravesado por la emoción, el oficio y un imprevisto técnico que puso a prueba su temple. 

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EL DIARIO digital

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El Gitano va y viene. Hace una reverencia y se sienta en la banqueta con un impecable traje verde azulado y mocasines negros de gamuza, tacón bajo, con hebilla. Hace girar los hielos en el vaso de bebida blanca y, con los dedos llenos de anillos, deja caer unas gotas sobre el escenario. Luego se los pasa por la frente, como un padre que bendice una noche que promete ser mágica.

Su "agua bendita" es, ni más ni menos, que el combustible para cantar durante dos horas y cerrar, en el Gran Plaza Teatro de Bahía Blanca, su gira por Argentina, que incluyó presentaciones en Mar del Plata, Rosario, Mendoza, Córdoba, Buenos Aires y La Plata.

Diego Ramón Jiménez Salazar es El Cigala. Un artista singular que se animó a romper los moldes del cante jondo y llevar esa voz rota, de lamento casi desgarrador, hacia otros territorios. Nómade de los géneros, se permitió cruzarse con Bebo Valdés en 2003 y firmar Lágrimas Negras, el disco que lo empujó definitivamente a otro plano. Allí, lo caribeño —salsa, son, bolero— se funde con el flamenco en una síntesis que lo volvió masivo sin perder identidad.

Un puente entre géneros y emociones.

En esta nueva visita al país, con el espectáculo "Flamenco y son", la noche se abre con "Si te contara", del disco Dos lágrimas (2008). Todo encaja: el inicio de la noche y ese puente emocional que empieza a tenderse desde el primer acorde.

No hay guitarras ni palmas sincopadas como en una reunión gitana a pleno día, pero el cuarteto está dispuesto a pasarla bien. Demasiado bien.

No es un desafío menor. El madrileño es exigente, incluso imprevisible. Pero está en su noche. Está con ganas de construir una atmósfera donde el público no solo escuche, sino que se entregue.

Llega "El día que me quieras" y el auditorio suspira por primera vez —no será la última—. En esa búsqueda, Cigala se permitió abrazar el tango, grabar con Néstor Marconi y quedarse con la espina de no haber podido encontrarse con el Negro Juárez, "el más gitano de los tangueros".

La selección es de elite: el maestro Jaime Calabuch al piano —un director gitano catalán, inmenso, con todo el jazz en su alma—; Marco Niemietz en contrabajo, hijo de padre argentino; e Israel Suárez, "El Piraña", en percusión, dueño de unas manos que parecen adelantarse al tiempo cuando golpean el cajón.

"Lágrimas negras" cae como un gol de mitad de cancha. Y el público lo celebra como tal. Es un himno, casi, en la carrera artística de este español que se animó a desafiar estándares establecidos.

El corte, la tensión y la vuelta.

La noche entra en calor y, cuando el cuarteto parece atravesar una frontera hacia lo surreal, en el último compás de "Nostalgias", el sonido desaparece. Se corta.

Cigala se levanta y se va tras bambalinas buscando respuestas. Los músicos se miran. No las hay. Hasta que un asistente irrumpe con disculpas.

La vuelta cuesta. La cara del Gitano ya no es la misma. Es lógico cuando la inspiración se corta y las pulsaciones se rompen. El momento se quiebra. No vuelve igual.

Pero el profesionalismo se impone. "Pipo, gracias, no sé qué haría sin ti", dice El Cigala. Pipo es el ingeniero, el que convierte la magia del sonido en algo que apenas roza el oído. Todos lo saben. Y cuando cada cosa vuelve a su lugar, lo que suena es un disco en vivo.

El corazón del concierto.

Llegan "Ay cariño", "Garganta con arena" —otra bomba— y "Canción de las simples cosas", con el recuerdo a Mercedes Sosa, con quien grabó "Hay un niño en la calle". No llegaron a encontrarse, pero, como él mismo dice, fue como si su espíritu lo hubiera atravesado.

A los sesenta minutos de transitado el concierto, Jaime vuelve a ser el amo del piano. Conmueve. En cualquier tempo, en cualquier clima. En un momento, el cantaor lo pincha ("¿A dónde vas?") y marca el compás golpeando con su puño derecho la mesita de madera donde tiene su bebida espirituosa. Eso alcanza. La nave vuelve a flotar.

Entonces quedan mano a mano. Juegan con los boleros. Y lo que sucede ahí es de una belleza desgarradora. Amor, dolor, olvido, perdón, nostalgia. "Te quiero vida mía", "Cóncavo y convexo", "Vete de mí" y una versión profunda, dramática, de "Se nos rompió el amor". Diego dice que es "un cantante esencialmente flamenco" que siempre se acerca a otros géneros. Y eso lo pinta entero.

Volver al origen.

"Adoro", de Armando Manzanero, aparece en la lista en la antesala de "Nieblas del riachuelo" y "Corazón loco". Y entonces llega el momento más Cigala de la noche: vuelve a su raíz y frota las palmas como quien invoca un genio. Frasea "San Migueles" y se cuela "Como el agua", en tributo a Camarón de la Isla y Paco de Lucía. Puro, hondo, gitano. 

El concierto —y la gira— entra en su epílogo y "Dos gardenias" clausura la noche de un auditorio casi al cien. Música. Profundidad. Belleza.

El Gitano se pone de pie y recorre el borde del escenario mientras escucha aplauso y gritos y hasta algún 'ole' paisano. Tiene la camisa afuera. Pisa las lágrimas que dejó sobre el escenario bahiense y ofrece el cuerpo a la ovación. Saluda con sus compas de selección. Da un trote en el piso, como si fuera "Farruquito" y hace la reverencia final, la de la despedida. Para volver en canción, alguna vez, como siempre, en una tierra que también supo conquistar.

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