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EL DIARIO digital
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Caía la tarde de un domingo cualquiera y la redacción de Ámbito Financiero empezaba a despoblarse. En el silencio naciente, solo se oía el tecleo ligero y constante de una computadora. Allí estaba él, agazapado como en el nido de un francotirador, con los tiradores acompañando las rayas verticales de la camisa y el habano infaltable entre los labios. Navegaba en ese estado de "calentura" creativa que precedía a la entrega de las "Charlas de quincho", el género que reinventó para siempre la crónica política argentina. Al terminar, un tímido corrector se le acercaba: "Roberto, ¿acá qué has querido decir...?". La respuesta era un gesto huraño y un silencio que obligaba al rezagado a rendirse en retirada: "Dejá, yo lo arreglo".
Se ha ido Roberto García, uno de los periodistas más importantes de su generación. Con su partida se desvanece un estilo de ejercer el oficio: desconfiado y suspicaz hacia el poder, implacable en su ambición de construir la realidad desde el teclado, e ingenioso intérprete entre los intereses corporativos y la necesidad de ser la mejor pluma.
Los años de estirpe
García pertenecía a esa estirpe legendaria de los años '70, fogueada en el elíseo de Primera Plana y La Opinión, al lado de mitos como Jacobo Timerman y Tomás Eloy Martínez. Arrancó de joven en la columna "Vida Moderna" y como productor televisivo de la animadora Blackie, pero pronto demostró que su hábitat natural era la calle y la información pura. Conocía el mundo sindical como pocos y llegó a ser enviado especial en Bolivia tras los pasos del Che Guevara.
Fue en La Opinión donde demostró el coraje de publicar las primeras denuncias por desapariciones durante el proceso militar. Allí visibilizó la carta que le envió el dirigente uruguayo Zelmar Michelini, quien le anticipaba que sería asesinado en Buenos Aires; una premonición trágica que terminó ocurriendo poco después junto a su compatriota Héctor Gutiérrez Ruiz.
El salto a la historia
En 1985, una exclusiva mundial lo proyectó definitivamente al olimpo periodístico: el adelanto del Plan Austral del gobierno de Raúl Alfonsín. Cuando sus colegas lo acosaban a preguntas sobre cómo había logrado semejante primicia que torció la historia, él respondía con la modestia de los grandes: "Las grandes noticias no se buscan, se encuentran".
Su madurez profesional coincidió con la transformación de Ámbito Financiero fundado por Julio Ramos de un boletín especializado en economía a un diario general que compitió de igual a igual con los grandes medios tradicionales. García fue el arquitecto de esa transición. Junto a Ramos formó una dupla mítica de opuestos complementarios: si Ramos ejercía el mando como un dictador necesario para que el diario saliera, García compensaba esa dureza desde la redacción. Era de los pocos que lo tuteaba y lo peleaba frente a todos, actuando como un jefe de familia al estilo del mítico James Reston en The New York Times que defendía a sus periodistas y hasta hacía gestiones gremiales por ellos.
Cuando la tragedia golpeó a Ramos a fines de los '80 con la pérdida de dos hijos en meses consecutivos, García asumió el control pleno de la empresa y del diario en un momento crítico, navegándolo con destreza y hombría de bien.
Las leyes no escritas
Como editor, Roberto García fue un maestro severo, exigente y, por momentos, temible. Había días en que era mejor no cruzárselo en el ascensor. Imponía respeto y temor ante presidentes, empresarios y sindicalistas por igual, sosteniendo la dignidad de la tarea a capa y espada. En la redacción, no admitía restricciones empresarias: se lo vio más de una vez levantando avisos comerciales de las páginas del día siguiente para que entraran las notas que consideraba impostergables. Para él, la ley de oro era inquebrantable: importaba qué se escribía y no quién lo escribía.
Pese a su temperamento duro, convivía en él una ternura profunda. No buscaba controlar a sus periodistas, sino darles confianza para que se destacasen. Poseía un olfato político instantáneo, un golpe de vista que le permitía llegar a los rincones más recónditos de la información.
Incluso en el éxito, nunca transicionó palabra que él mismo hubiera tachado con saña a empresario o animador. Siguió siendo periodista. Disfrutaba descender a la crónica de base, como aquella inolvidable contratapa de urgencia sobre la liberación de Mauricio Macri tras su secuestro, donde con maestría literaria comparó la casa de cautiverio en la calle Garay con la Casa Usher de Edgar Allan Poe.
La leyenda y el mito
Tras la era de Ámbito, extendió su vigencia en la televisión con "La Mirada" en Canal 26, como columnista del Grupo Perfil y como un consultor filoso al que acudían políticos y empresarios para escuchar sus análisis imprevisibles. Su ingreso como miembro de número a la Academia Nacional de Periodismo fue el corolario del respeto y afecto de sus pares.
Detrás del analista culto y de prosa compleja, se escondían sus rasgos más humanos: un racinguismo casi enfermizo que disolvía cualquier grieta, una oculta afición por la pintura y la complicidad de su mujer, Mónica, su compañera imprescindible.
Hoy, sus colegas e internautas lo imaginan lejos de estos días grises de invierno, acaso buscando el sol en alguno de esos viajes con los que celebraba sus cumpleaños cada 2 de junio. Lo reclaman las fantasías que alimentan su leyenda: aquella risa suya al recordar cuando cayó a las aguas del Gran Canal de Venecia jugando al fútbol en la plaza de San Marcos, o cuando se sentó en el mismísimo sillón de Ronald Reagan en el Salón Oval.
O tal vez, como aquella noche lisérgica en Ibiza donde un viejo amigo argentino lo reconoció entre los fogonazos de la discoteca, le tomó los brazos y le gritó al oído: "¡Roberto! ¿Al fin terminaste de escribir la novela?".
Aún no sabemos si lo hizo. Lo único certero es que las leyendas no mueren, y la de Roberto García se queda a vivir para siempre en las redacciones argentinas.