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EL DIARIO digital
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A 50 años del golpe de Estado de 1976, la frase "Nunca Más" no es solo un eslogan de derechos humanos, sino el pilar fundamental sobre el cual se reconstruyó la identidad democrática de la Argentina. Lo que comenzó como el título de un informe técnico se transformó, con el paso de las décadas, en un contrato social innegociable que hoy resuena con especial fuerza en cada rincón de la provincia y del país.
El origen de esta expresión se remonta a finales de 1983, con el retorno de la democracia de la mano de Raúl Alfonsín. Mediante un decreto, se creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), integrada por personalidades de diversos ámbitos como el escritor Ernesto Sabato y la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú. Su misión fue titánica y dolorosa: recolectar testimonios, pruebas y documentos sobre el plan sistemático de desaparición de personas ejecutado por la última dictadura militar.
Tras meses de investigación, la CONADEP entregó en septiembre de 1984 un informe de miles de páginas que detallaba el horror de los centros clandestinos de detención. Sin embargo, fue el título de ese legajo, "Nunca Más", el que logró sintetizar el sentimiento de una nación que despertaba del silencio. La frase no fue una invención azarosa; tenía una carga histórica profunda, inspirada en el lema de los sobrevivientes del gueto de Varsovia tras el Holocausto, adaptada ahora para jurar que el terrorismo de Estado no volvería a repetirse en suelo argentino.
La verdadera consagración del término como símbolo absoluto ocurrió durante el histórico Juicio a las Juntas en 1985. El fiscal Julio César Strassera cerró su alegato con una frase que quedó grabada en la piedra de la historia: "Señores jueces: Nunca más". En ese instante, el concepto dejó de ser propiedad de una comisión para pertenecer a la ciudadanía entera.
Con el tiempo, el "Nunca Más" trascendió las fronteras de los tribunales. Se convirtió en bandera de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, en consigna de las marchas cada 24 de marzo y en una lección fundamental en las escuelas de La Pampa y de todo el territorio nacional. Su potencia radica en su doble función: es un recordatorio del pasado, pero sobre todo es una advertencia hacia el futuro, una brújula que marca el límite de lo tolerable en una sociedad civilizada.
Hoy, la vigencia de este símbolo demuestra que la memoria no es un ejercicio estático. El "Nunca Más" se renueva con cada generación que entiende que la democracia, aunque consolidada, requiere de una vigilancia constante sobre el respeto a los derechos humanos y la identidad. Es, en definitiva, el compromiso compartido de que el horror no tendrá una segunda oportunidad.