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EL DIARIO digital
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En una reciente entrevista por streaming, Mauricio Macri dejó una definición que rápidamente se volvió viral y despertó fuertes críticas en el arco académico y social. "El mundo está cada día mejor: un pobre de hoy vive igual o mejor que un rey de hace 100 años", sentenció el expresidente, argumentando que el acceso a cloacas, transporte y educación pública (donde funcionan) nivela la balanza histórica.
Sin embargo, para especialistas consultados, la frase no es una simple curiosidad estadística, sino una declaración de principios ideológicos.
"Es una muestra de ignorancia"
El historiador Felipe Pigna fue tajante al desarmar la comparación. "Es una falacia. Para 1926, los reyes de Europa vivían en palacios suntuosos, con banquetes para quinientas personas y séquitos de mil sirvientes", recordó.
Pigna señaló que comparar esas excentricidades con la vida de una persona que hoy no cubre sus necesidades básicas es un error conceptual. "La gente no quiere 'tenerlo todo', quiere vivir dignamente y educar a sus hijos. El deseo de 'tenerlo todo' es, irónicamente, más propio de sectores de poder como el de la propia familia Macri", analizó.
El fin del "M'hijo el dotor"
Por su parte, el historiador y periodista Sergio Wischñevsky vinculó los dichos con un viejo anhelo de la derecha conservadora: frenar la movilidad social.
"Argentina siempre se diferenció por la idea de que, aunque nazcas pobre, podés ascender. Macri viene a romper eso: el mensaje implícito es que si naciste pobre, tenés que aceptar tu lugar", explicó. Wischñevsky comparó el discurso con la mentalidad de la Revolución Libertadora de 1955, que buscaba que "el hijo del barrendero muera barrendero".

¿Consumo o derechos?
Finalmente, la politóloga Pilar Arcidiácono advirtió que estas frases buscan "bajar las expectativas" de los sectores populares. Recordó declaraciones previas de funcionarios del PRO que criticaban que un empleado medio "creyera que podía comprarse celulares o irse al exterior".
Para los analistas, el "sincericidio" de Macri apunta a la madre de todas las batallas culturales: lograr que los sectores postergados dejen de cuestionar a las élites y acepten su realidad material actual basándose en una comparación abstracta con el pasado, en un contexto donde las condiciones de vida presentes sufren un deterioro brutal.