El padre y un hermano de Fernando Adrián Pérez son dos desaparecidos pampeanos. A él le gatillaron en falso en la cabeza, cuando tenía ocho años, el día que los secuestró una patota de la dictadura. El ejercicio de la memoria para evitar que aquello se repita.
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EL DIARIO digital
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“Todo hubiera estado justificado. Pero elegimos pararnos del lado de la vida”, dice Fernando Adrián Pérez Sotelo. El próximo lunes estará en la Legislatura provincial en el marco de la Semana de la Memoria y el miércoles en el acto central del 24 de marzo en Conhello, donde habrá un homenaje a su padre y su hermano.
En ese pueblo de La Pampa nació Ramerio Pérez, su padre. El otro desaparecido de la familia, su hermano Eduardo, creció en General Pico. Allí se ocultaron cuando se desató la represión ilegal antes del golpe. Ambos fueron secuestrados y desparecidos en 1977.
El acto en Conhello se suspendió el año pasado por la pandemia. Su madre, Felisa Nilda Sotelo, integrante de Madres de Plaza de Mayo, iba a participar activamente. Ya no podrá hacerlo porque falleció el pasado 1 de enero a los 82 años.

“En algún punto voy a representarla, era algo que ella tenía previsto hacer”, le cuenta Fernando a El Diario, sobre su presencia en la provincia esta semana. él tiene 52 años, es sicoanalista. Está casado con una pampeana, de Doblas. Viven en La Plata. Y es un militante del ejercicio de la memoria.
“Los juicios no solo tienen el propósito de castigar a los responsables. Favorecen la memoria, la única garantía de que aquello no vuelva a pasar. Es responsabilidad de toda la sociedad y no solo de los que participamos activamente”, reflexiona. Y asegura que “sentirse ajeno a esta historia, creer que solo a las víctimas directas les sucedió algo, es un error que nos pone en riesgo” porque “lo que vivimos del 76 al 83 marcó a cada uno de los ciudadanos de nuestro país”.
Acciones reparatorios
En 2011 Fernando se enteró de que en la laguna Don Tomás de Santa Rosa se inauguraba un monumento y entre los nombres de los desaparecidos pampeanos no figuraban su padre y su hermano. Se comunicó con la Secretaría de Derechos Humanos y lo resolvieron rápido. Incluso él estuvo en la inauguración. “Para nosotros fue un espacio reparatorio. Como muchas otras familias, no tenemos dónde ir a calmar el dolor. No sabemos su destino final. Y saber que allí son recordados, son honrados, que podemos ir nosotros porque están sus nombres, es bien significativo”, confía.
A Ramerio y Eduardo los secuestraron cuando estaba toda la familia en su casa de Villa Celina, en La Matanza, el 17 de octubre de 1977. Estuvieron en cautiverio en el centro clandestino El Atlético tres meses, hasta diciembre de ese año. A partir de que los militares derrumbaron el lugar para construir la autopista, no supieron nunca más de ellos.
él y su madre declararon en 2017 como testigos durante el juicio en el cual condenaron a varios represores, como “El Turco Julián” (Héctor Simón), que encabezó la patota que entró a su casa y secuestró a sus familiares. “Tuvo una trascendencia infinita. Algo reparador después de tantos años de espera y de impunidad, gracias a políticas de estado tan claras como la que marcó Néstor y después Cristina”, recuerda hoy.
“Siempre quisimos saber y aun queremos saber qué fue de ellos, dónde están sus cuerpos, que algún genocida pueda decirnos la verdad, qué hicieron”, aclara.
“Un recuerdo fijo y exacto”
No es casualidad que Fernando creciera y su vocación se inclinara por el sicoanálisis. Gracias a esos conocimientos supo que, ante situaciones traumáticas, los niños pueden olvidar, borrar el recuerdo, como autodefensa. O, por el contrario, “queda fijo el trauma y el recuerdo es exacto”.
Fernando, que tenía 8 años el día del secuestro, tiene aquel momento muy presente en su mente. “Recuerdo todo. Sobre todo el lugar donde estuve ubicado, detrás de mi madre cuando abrió la puerta y entró esa patota. Después, algo tremendo. Ellos me torturaron delante de mi padre, esposado. Eligieron lo más vulnerable de la casa, para generar un efecto”, detalla.
“Me levantaron 20 centímetros del piso tirándome de los pelos. Dos personas. Buscaban generar un descontrol que justificara el asesinato de todos. Cuando empecé a llorar hicieron un simulacro de fusilamiento, me gatillaron en la cabeza”, revela y detiene el relato ahí porque “es muy fuerte volver a contarlo, es volver a pasar la misma situación”.
Militantes de la vida
Ramerio tenía 48 años cuando lo secuestraron, era trabajador gráfico, del sindicato de Raimundo Ongaro. Eduardo Alfredo, de 20 años, trabajaba como técnico de montaje de ascensores. Se habían iniciado en la militancia con el peronismo de base. En la época del secuestro participaban en el Frente Revolucionario 17 de Octubre, que estaba ligado a organizaciones peronistas pero no vinculadas a Montoneros.
Los sobrevivientes de la represión, Fernando y su madre (el hermano del medio, Jorge Luis, fue asesinado en 1980 cuando tenía 20 años y su caso se investiga actualmente como delito de lesa humanidad por las circunstancias sospechosas del hecho) siguieron el camino de la militancia.
“La búsqueda por la verdad y justicia, por saber dónde estaban nuestros familiares, como a muchos, se transformó en una lucha de vida, más allá de que cada uno encontró distintos espacios. Mi madre también era una militante de la salud”, cuenta.
“Siempre estuvimos ligados a la militancia, principalmente de la vida. En términos de esta historia tan trágica que vivimos, todo hubiera estado justificado. Pero pudimos pararnos del lado de la vida, que eso sea el motor y la guía para seguir luchando así como lo hicieron mi padre y mis hermanos, que querían un pueblo con acceso a los derechos, con posibilidades, con justicia social”, rescata.
-¿Cómo eran tu papá y tus hermanos? ¿Qué imagen construiste con el paso del tiempo? –consulta El Diario.
-Construí la misma que viví. Me he encontrado con personas que los conocieron en distintos lugares, y siempre he escuchado cosas muy parecidas a las que recuerdo. Mi padre, por ejemplo, era un luchador por la igualdad de género cuando el feminismo no estaba en la agenda. éramos cuatro varones y el lugar de mi madre era un lugar muy cuidado. Eso marca el perfil. Por ahí iba la cosa. La famosa frase que le escuchamos a Néstor y Cristina “la Patria es el otro”. Eso eran ellos.
“La Pampa nos cuidó”
Fernando se siente “muy pampeano”. Su padre nació en una familia de hacheros de Conhello. En la juventud se marchó a trabajar a Buenos Aires y se radicó en el Conurbano. Allí se casó con Felisa Nilda Sotelo, y tuvo tres hijos: Eduardo, Jorge Luis, y Fernando, el menor.
Le quedan primos en la provincia. Su hermano desaparecido, Eduardo, creció en General Pico. Y con las vueltas de la vida, él mismo se enamoró de una pampeana con la que tiene hijos que también se consideran pampeanos aunque no estén radicados en la provincia.
“En los años en que nosotros escapábamos de los grupos paramilitares como la triple AAA o de la dictadura, ha sido una provincia que nos cuidó. Aquí hubo una etapa corta que nos pudimos esconder. Y nos cuidó La Pampa todo lo que nos pudo cuidar”, reconoce.