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EL DIARIO digital
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En Guatraché, los sábados tienen un sonido particular: el golpe seco de un hueso contra otro, la tierra que se levanta apenas y un murmullo que mezcla competencia, risas y memoria. Allí, en el parque recreativo Samuel Novick, una tradición que cruzó siglos y continentes volvió a encontrar su lugar. Se llama kosser, aunque algunos lo nombran simplemente como "el juego de los huesos".
La escena parece sencilla: una cancha de tierra, delimitada con piolines, dos parejas enfrentadas a unos doce metros de distancia y una hilera de pequeñas piezas que, vistas de lejos, recuerdan a soldaditos en formación. Pero detrás de esa postal hay una historia larga, que empieza en Europa medieval y se reescribe hoy en la llanura pampeana.

La semana pasada se presentó el Relevamiento Provincial del Patrimonio Cultural Inmaterial Pampeano, una herramienta pública que reúne prácticas, saberes y memorias de comunidades de toda la provincia y que ya se encuentra disponible en la web culturapampeana.ar. Entre otras, en esa página está la historia del resurgimietno del kosser.
Un juego con raíz de guerra
El kosser tiene un origen tan inesperado como antiguo. Luis Fetter cuenta que se remonta a la Guerra de los Cien Años, cuando soldados europeos comenzaron "a jugar a al guerra como entretenimiento" con huesos de caballos caídos en combate. Aquellos restos la falange proximal de la pata no fueron elegidos al azar: su forma les permitía mantenerse en pie, como pequeñas figuras en guardia.

Con el tiempo, el juego viajó hacia el este, se hizo popular entre los alemanes del Volga en Rusia bajo el nombre de "Koser" y, más tarde, cruzó el océano con la inmigración. En Canadá se lo conoce como "Bunnock". En Argentina, echó raíces en colonias de Buenos Aires y La Pampa, donde la tradición sobrevivió puertas adentro, en ámbitos familiares.
La liturgia del lanzamiento
El kosser se juega de a cuatro: dos parejas que alternan lanzamientos para derribar los huesos del rival. Cada equipo dispone de piezas especiales, más pesadas rellenas con plomo, que funcionan como proyectiles. El objetivo es simple en apariencia: tirar abajo primero a los "centinelas", ubicados en los extremos, y luego avanzar sobre el "pelotón".

Pero la dinámica exige precisión, cálculo y paciencia. Cada ronda se juega tiro a tiro, con pausas para "pedir mano" un gesto que detiene la acción para evitar accidentes y reordenar el terreno y con la tensión acumulándose a medida que los huesos caen o resisten. Si hay empate, el desenlace se define con un único centinela y lanzamientos alternados, como un penal extendido en el tiempo.
De la sobremesa al torneo
Durante décadas, el juego fue casi invisible: se practicaba en reuniones familiares, sin reglas estrictas, "a ojo", según cuenta Edgardo Ruppel. La distancia se medía en pasos y el reglamento era más una intuición que una norma. Pero eso empezó a cambiar en los años 2000, cuando comunidades de descendientes de alemanes del Volga especialmente en Coronel Suárez comenzaron a organizar torneos y a fijar reglas.
En Guatraché, el punto de inflexión llegó el 3 de septiembre de 2022, con el primer torneo organizado por la agrupación Kosser Pampa. Desde entonces, la cita se repite cada año y suma participantes de distintas localidades de la región.

Los sábados son días de competencia. La inscripción arranca después del mediodía y las partidas se extienden hasta entrada la noche. Hay premios, sí, pero también algo más difícil de cuantificar: el reencuentro con una práctica que combina juego, identidad y comunidad.
Tres generaciones, un mismo juego
El renacimiento del kosser también es una historia de transmisión. Los más grandes de 70 u 80 años lo recuerdan como parte de su infancia. Una generación intermedia lo había oído nombrar, pero sin saber bien de qué se trataba. Y los más jóvenes lo descubrieron recién ahora, en medio de torneos y encuentros.
Ese cruce generacional es, quizás, su mayor fortaleza. No exige habilidades extraordinarias: cualquiera puede aprender, cualquiera puede competir. La diferencia la hace la práctica, el pulso, la repetición.
Más que un juego
El kosser no se juega solo. Alrededor de las canchas aparecen mesas, mates, asados y comidas típicas de la colectividad alemana: tortas, kreppel, riwwel kuchen. La jornada se transforma en una fiesta donde el deporte es apenas una excusa.
En tiempos donde muchas tradiciones se diluyen, en Guatraché ocurre lo contrario. El juego de los huesos no solo resiste: crece, se organiza, se proyecta. "Es como volver a las raíces. Es un homenaje también a todos los ancestros que se animaron a cruzar y venir a estas tierras", dice Fetter. "Desde que arranqué juego con mi hijo. Asi que es lo mejor que me puede pasar", apoya Ruppel.
Sus impulsores hablan de llevarlo a ciudades más grandes, de lograr reconocimiento provincial o incluso nacional. Por ahora, alcanza con mirar la escena: un grupo de jugadores, la tierra marcada, los huesos alineados y el silencio previo al lanzamiento. Después, el golpe. Y otra vez, la historia en movimiento.
