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EL DIARIO digital
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Para cualquier exalumno del Instituto Domingo Savio, la identidad no se define por un título, sino por el "espíritu del patio". En el marco de los cien años de la institución, las memorias de quienes transitamos sus galerías permiten reconstruir la evolución de un colegio que nació para formar "buenos cristianos y honrados ciudadanos" en una Santa Rosa que recién empezaba a crecer.
"Recuerdo los inviernos de formación en el patio central, cuando el frío de La Pampa calaba hondo, pero el fervor por las canciones de Don Bosco nos mantenía activos", rememora un exalumno de las décadas de oro del colegio. En aquellos años, el instituto era un mundo de varones, donde la disciplina y el deporte, especialmente el fútbol en los recreos, eran el lenguaje común. "El colegio era nuestra casa; muchos pasábamos más tiempo allí que en nuestros propios hogares, entre las clases, el oratorio y las actividades deportivas", añade.
La transformación de los años 90
El cambio más profundo llegó en la década de 1990. La decisión de convertir al instituto en un colegio mixto no fue solo un trámite administrativo, sino una verdadera transformación cultural. "Fue romper con décadas de tradición masculina. Al principio hubo un poco de resistencia de los más antiguos, pero la llegada de las chicas trajo una normalidad necesaria. El colegio se volvió más representativo de la vida real y la convivencia se enriqueció", relata sobre aquel hito que marcó a la generación de los 90.
A la par de esta apertura, el colegio debió adaptar su infraestructura y su pedagogía a los nuevos tiempos, modernizando laboratorios y aulas sin perder la esencia del sistema preventivo de Don Bosco. La integración permitió que el espíritu salesiano se diversificara, sumando nuevas miradas y formas de participación en los tradicionales campamentos y grupos juveniles.
Un legado de valores para la vida
La formación cristiana, lejos de ser algo meramente litúrgico, es recordada por los exalumnos como un sistema de valores para la vida. La figura de los sacerdotes y directores salesianos, que compartían el juego y la charla informal en el recreo, dejó una huella imborrable. "Lo que te queda del Savio es el acompañamiento. No eras un número; el preceptor o el padre director sabían quién eras y qué te pasaba. Ese carisma, cien años después, es lo que nos hace volver al colegio a llevar a nuestros hijos y nietos", concluye con emoción.
Este vínculo intergeneracional se manifiesta hoy en las reuniones de exalumnos, donde las anécdotas de las antiguas "buenas noches" salesianas se mezclan con la realidad de una institución que sigue siendo pilar educativo en la capital pampeana. El centenario no solo celebra el pasado, sino el compromiso renovado de una comunidad que sigue viendo en su patio el mejor lugar para crecer.
Un exalumno