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Es la tercera vez que el periodista brinda testimonio en los juicios de la Subzona 14. Estuvo varios meses preso en el sur y luego sufrió un exilio interno, durante la dictadura.

 "No existe de ninguna manera justificación para desatar semejante furia sobre esa generación", afirmó este jueves el periodista Nelson Nicoletti, durante su declaración en otra audiencia del tercer juicio de la Subzona 14. Nicoletti aprovechó su declaración presencial en el Aula Magna de la UNLPam para reinvidicar la construcción de la memoria y el rescate del olvido, proceso al que aportan los juicios de lesa humanidad en la provincia y el país.

Nicoletti -exdirector de Canal 3, actual legislador del Parlasur-, fue secuestrado la noche del golpe en el diario La Capital, cuando rehacía la tapa del periódico y redactaba una editorial convocando a la resistencia civil. Era presidente de la cooperativa de trabajo que había comprado el diario un año antes, además de secretario general del Sindicato de Prensa y encargado de prensa en la UNLPam, con 25 años.  También militaba con un grupo de jóvenes de la iglesia.

Estuvo preso en forma ilegal hasta el 16 de noviembre del '76 en el sur del país y recuperó la libertad bajo vigilancia, obligado a un exilio interno en Telén. Ya declaró en los dos juicios anteriores (foto principal), pero en este debate también se le achaca su caso a un nuevo imputado, el militar Jorge De Bártolo, que era una de las autoridades del regimiento de Toay en aquella época.

subzona nicoletti

"Sabíamos que nos querían matar"

 Nicoletti ratificó los dos relatos anteriores en los juicios, donde describió como lo detuvieron en la redacción de La Capital fuerzas policiales y uniformados del Ejército. Lo golpearon y le preguntaban por las armas "que no teníamos en el diario". Se lo llevaron encapuchado en un camión que recorrió la ciudad esa madrugada, subiendo a otras personas secuestradas, que fueron llevados a la Colonia Penal.

A los pocos días lo trasladaron en avión a la cárcel de máxima seguridad de Rawson.  "Algunos queríamos firmar una sentencia a diez años a condición de que nos dejaran salir porque sabíamos que nos querían matar. Yo perdí muchos compañeros, por alguna razón sobrevivimos los seis que fuimos a Rawson. Pero Covella se murió de tristeza, Gil ya no le interesaba nada, el vasco Mendizábal lo vio después en Buenos Aires, desentendido de la vida, Acáttoli y Maldonado nos aferramos a la vida", recordó.

"Salir de Rawson era un milagro, yo fui el primero que salí con vida de ese pabellón", recordó, emocionado. Y dijo que allí los sometían en forma permanente a torturas físcias y síquicas, como bañarlos al aire libre con agua helada y vientos del sur. "A Miguel Maldonado lo pusieron a prender y a apagar un foco hasta que se quemara.... cuando se quemó, lo mataron a palos, porque se había quemado.  Nos trataban como guerrilleros... el problema era que nosotros no éramos guerrilleros", dijo.

 

La "furia" sobre una generación

En los interrogatorios en Santa Rosa los acusaban de haber "apretado" a la familia Gazia para que les vendieran el diario. "Estaban obsesionados con la compra del diario, había dos diarios cooperativos, otro en La Rioja, El Independiente, y en el mismo día y hora que me metieron preso, a mi compañero lo mataron", dijo.

Nicoletti interpretó que las patronales de la época querían evitar que cundiera el ejemplo de la cooperativización de los diarios. De hecho, recordó que sus compañeros luego le contaron que las autoridades militares asfixiaron al diario, que terminó sucumbiendo, cuando lo vendieron a allegados del MoFePa meses antes de la recuperación de la democracia. Cerró poco después.

El periodista dijo que la represión se desató sobre la militancia social y política, reconoció que "tal vez habremos hecho algo mal",  influenciados por la teología de la liberación, el Mayo Francés, o la revolución armada pregonada por el Che Guevara, pero aclaró que  "no existe de ninguna manera justificación alguna, para desatar semejante furia sobre esa generación".

Nicoletti mencionó el sufrimiento de su familia y sus hijos, reivindicó la "militancia sin darse cuenta" de su esposa, que se ocupó de la supervivencia. "Quedó una sociedad desconfiada, deshilachada, los servicios habían sido amigos nuestros. En esa sociedad vivíamos, era tan absurdo, tan perverso", confió.

Mencionó el rol de espías de periodistas de la época, como Feliciano Losada -pariente de Baraldini- y el periodista Omar Dominicci, la inteligencia que acumuló carpetas sobre los perseguidos. Recordó la anécdota de que allí figuraba que le quería poner Fidel a su primer hijo varón, dato con que lo relacionaron con la revolución cubana, sin percatarse de que su padre tenía ese nombre.

Tampoco olvidó la "complicidad" de la jerarquía eclesiástica, con el obispo Adolfo Arana a la cabeza. "Mi familia tiene profundas raíces católicas. Y a mí me metió preso el obispo Arana. Cuando mi mujer salió a buscar referencias para solicitar mi libertad, el obispo solo dijo que me conocía de haberme dado la comunión. El capellán del Ejército Celso Valla les dijo que se iba a hacer cargo de mi y que yo no ida a dar más problemas", detalló.

"Fue un golpe eclesiástico también, aunque yo durante mucho tiempo me negué a aceptarlo", agregó. Nicoletti remarcó que también colaboraron con "esa tragedia para el país" que fue el golpe sectores empresariales y de los medios periodísticos.

 Por otra parte, relató que el día de su liberación fue "memorable" porque cuando alguien salía le hacían "el velorio" en el pabellón porque cuando salían aparecían muertos en combates fraguados. Un habeas corpus presentado por su mujer, dijo, lograron que lo liberaran al mediodía y no a media noche, como era habitual. "El trayecto del pabellón a la última guardia me hicieron varios simulacros de fusilamiento", contó.

"Cuando estuve afuera, que pude estar con mi familia, y emprender el viaje a Santa Rosa, también fue una tortura llegar. En la ruta había retenes, y mi suegro era sometido  a requisas", apuntó.

En Santa Rosa, el militar Favio Iriart -jefe del regimiento de Toay- le hizo saber a través de un soldado que "no querían subversivos en la ciudad".  Le pidieron que se fuera del país, pero él fue a Campo de Mayo enviado por ese jefe militar y propuso -y le concedieron- trasladarse a Telén, con su madre, y mantenerse en un exilio interno, en libertad vigilada. "Fueron tiempos difíciles", dijo. Sobrevivió atendiendo un botiquín. "Quedarme fue una osadía, una irresponsabilidad, que me perdonaron", confió.

En 1982, con la guerra de Malvinas, la oficina de Inteligencia del Ejército, que funcinonaba en la calel Quinantana -frente a ATE- le permitió reintegrarse al diario La Capital. "Nunca mentí tanto, nos mandaban los comunicados con algo que no tenía nada que ver con la verdad.... que bajábamos aviones y barcos.... con nuestro diarito fuímos instrumentos de ellos. Qué daño hicieron...¿nunca van a pagar por eso?", se preguntó.

Nicoletti interpretó que el peronismo perdió a nivel nacional en 1983 porque Italo Lúder había firmado antes del golpe el decreto para aniquilar a la subversión. Reconoció con dolor que el peronismo no integró la CONADEP que creó el entonces presidente Raúl Alfonsín en aquel momento. En cambio, reivindicó "la tremenda valentía" del  entonces gobernador Rubén Marín que "en soledad" ordenó investigar las violaciones a los derechos humanos en la provincia. Y recordó cuando le enviaron una nota a Alfonsín porque tenía de edecán a "un repesor en La Pampa", Greppi.

"Estos juicios permiten construir una memoria contextualizada, y aunque somos tan criticones, tengamos la inteligencia de reconocer buenos momentos institucionales, como ese momento de Marín, y este momento brillantemente ejecutado por este tribunal, que nos permite a nosotros estar en un tribunal, que nos escuchen, y hasta que se haga justicia, porque debemos ser honestos, no llegamos al fondo del hueso, pero lo que se está haciendo es mucho más de lo  que muchos soñamos", reflexionó.

Finalmente, Nicoletti contrastó la reinvindicación de la actuación del tribunal con otros aspectos negativos de la justicia actual. En ese sentido, reclamó por la libertad de Milagro Sala, que sigue presa "por un acampe". "Si fuera condenada, le sobra cárcel para prestar", ironizó. También consideró una "injusticia" que Simón Pepin continúe prófugo en Uruguay o que no se haya investigado quién le pagó la coima de los bolsos a Jose López.

 

El juicio, los testigos

Además, este jueves declararon Juan Domingo Lucero (vecino del Prado Español), María Nelly Echegaray (de la escuela de Paso de Algarrobos), Felix Hurtado (peón del campo de Phillipeaux) y Eduardo Nelson Nicoletti. 

La jornada anterior, el miércoles, brindaron su testimonio Arturo Echavarria y Enrique Fernández (detenidos en Alpachiri porque tenían armas en una barraca), el profesor Guillermo Quartucci (perseguido en el copamiento del Colegio de Aráuz, se fugó y se exilió del país) y el militante humanista Alejandro Andrada (detenido en una de las primeras razzias, antes del golpe).

En el juicio quedan cuatro acusados: De Bártolo, los exmilitares Luis Baraldini y Néstor Greppi, y el torturador Carlos Reinhart. El tribunal está integrado por los jueces Pablo Díaz Lacava, Marcos Aguerrido y José Tripputi.  Tomarán declaraciones durante el debate a 140 testigos.

En este tercer juicio se ventilan 197  casos, la mayoría ya fueron incluidas en los dos juicios anteriores, pero en este debate se agregaron más acusados a los que se les atribuye participación en esos hechos. Del total de víctimas, 72 ya fallecieron. Hay 11 víctimas nuevas, personas secuestradas en forma ilegal durante la dictadura que por primera vez obtendrán justicia.

 

Detenido en el Prado

En primer lugar, este jueves declaró Juan Domingo Lucero en forma presencial. Era amigo de Héctor Aguirre, y el 8 de junio de 1.976, estaba en la casa de cuidador en el Prado Español. Hubo un allanamiento de policías y militares bajo las órdenes de la Subzona 1.4 -secuestraron armas que habían dejado cazadores marplatenses-, quedó detenido por haber tomado una caja de municiones. Le apuntaron en la cabeza con un arma en condiciones de disparar y se hizo encima. Fue trasladado luego a su casa, que allanaron sin orden judicial alguna y luego conducido a la Primera. Lo largaron tres días después.

juicio sub zona l

 

"Mucho miedo"

 Desde la municipalidad de Santa Isabel, en forma virtual, declaró María Nelly Echegaray, una mujer que en 1978 trabajaba como "celadora" en la escuela de Paso de los Algarrobos. Recordó que cuando la Subzona 14 secuestró a la maestra Zulema Arizo -fue detenida y torturada en la Primera de Santa Rosa- le dijeron que "se había ido". "Zulema no estaba, no nos dijeron nada y a los chicos tampoco. Era como que se había ido", dijo.

Aunque después se enteró de que se la había "llevado" la policía. "Teníamos mucho miedo", confió. También mencionó que antes de la detención fueron a comer con la directora -hermana del represor Roberto Fiorucci- una comitiva entre quienes estuvo el policía Hugo Marenchino.

subzona nelly echegaray

 La mujer recordó que al poco tiempo se fue porque tuvo una discusión con la directora, que era "autoritaria", y al tiempo se enteró de que habían "demolido" a la escuelita. "Mucha gente lo lamentó mucho", cerró.

 

Peón secuestrado

En tercer término, declaró en forma virtual desde Santa Isabel, Félix Hurtado, un peón que fue detenido en el campo donde trabajaba por policías de la Subzona 14. El campo era propiedad del militar retirado Adolfo César Phillipeaux ((líder del levantamiento peronista del '56), cerca de Algarrobo del Águila. Lo mantuvieron detenido una semana en Santa Rosa.

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Hurtado declaró que los policías -entre los que mencionó a Fiorucci- lo detuvieron a él porque no lo encontraron a su patrón. Lo interrogaban por el vínculo con el militar, pero no lo golpearon. También lo llevaron a declarar ante un juez "como encubridor, como que no quería decir dónde estaba" el militar peronista. En la Primera de Santa Rosa, recordó, escuchaba los gemidos de las personas que torturaban.