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El alumno que molesta: ¿y si antes de corregir intentamos comprender?

-ÂQué nos està mostrando ese estudiante con su comportamiento que todavía no estamos pudiendo comprender
:¿Qué nos está mostrando ese estudiante con su comportamiento que todavía no estamos pudiendo comprender?
Hay estudiantes que parecen poner a prueba todos nuestros recursos.

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Interrumpen, se levantan, contestan mal, no terminan las actividades o parecen no escuchar ninguna indicación. A veces, una jornada escolar puede volverse agotadora cuando sentimos que debemos intervenir una y otra vez ante las mismas conductas.

 Por María Laura Riboyra* - Aula Interna: La educación que nos habita 

 Suena el timbre. Mientras algunos estudiantes guardan sus útiles, otro vuelve a levantarse, interrumpe a un   compañero y no comienza la actividad. El docente ya le llamó la atención varias veces. La paciencia       empieza a agotarse y la misma pregunta vuelve a aparecer: ¿qué hago para que esto cambie?. 

  Y es comprensible que aparezca el cansancio. Enseñar requiere atención, paciencia, planificación y   energía. Cuando una situación se repite, es natural que nos preguntemos qué más podemos hacer. 

Pero hay una pregunta que vale la pena incorporar a nuestra mirada cotidiana:¿Qué nos está mostrando ese estudiante con su comportamiento que todavía no estamos pudiendo comprender? 

No se trata de justificar cualquier conducta ni de renunciar a los límites. En la escuela, los límites son necesarios: organizan la convivencia, protegen a los demás y ofrecen referencias para aprender a vivir con otros. 

Pero poner un límite y comprender a quien lo necesita no son acciones opuestas. Podemos intervenir con firmeza sin humillar. Podemos señalar una conducta sin convertirla en una identidad.   

Porque un estudiante no es "el problemático", "el que nunca trabaja" ni "el que siempre molesta". Es mucho más que aquello que vemos en un momento determinado. 

Basta con imaginar cómo suena, para quien lo escucha todos los días, un "otra vez vos" al entrar al aula, o un "con vos no se puede" frente a los compañeros. Son frases dichas por cansancio, casi sin pensar. Pero se repiten tanto que pueden terminar influyendo en la imagen que ese estudiante construye de sí mismo. 

A veces, detrás de una conducta hay frustración, dificultades para expresar emociones, necesidad de atención, conflictos vinculares o situaciones que desconocemos. 

Otras veces, hay que revisar las propuestas, los acuerdos de convivencia o las estrategias que estamos utilizando. 

No siempre vamos a encontrar una explicación sencilla. Tampoco nos corresponde interpretar por nuestra cuenta todo lo que le sucede a un niño o adolescente. Comprender requiere observar, escuchar, dialogar con las familias cuando corresponde y trabajar con los equipos de apoyo disponibles.  

Por eso, lo importante es no confundir una conducta con la totalidad de una persona. Cuando un adulto logra mirar más allá de la dificultad, puede abrir una posibilidad diferente: construir un vínculo desde el cual enseñar, acompañar y establecer nuevos acuerdos.  

Pero aquí hay algo fundamental: comprender al estudiante no puede convertirse en otra responsabilidad que el docente deba resolver en soledad.  

No podemos pedirle que sea, al mismo tiempo y sin apoyos, quien enseña, contiene, interviene en todos los conflictos y encuentra respuestas para cada situación. La comprensión necesita condiciones institucionales, trabajo compartido y herramientas concretas: acuerdos entre los adultos, espacios para analizar lo que sucede y equipos que puedan acompañar las situaciones que lo requieren. 

Cuando una dificultad se repite, no alcanza con preguntarnos qué debe cambiar el estudiante o qué debería hacer diferente el docente. Hay que mirar también el entorno, revisar estrategias y definir qué apoyos hacen falta para sostener el aprendizaje y la convivencia. 

Esto no significa que todo se resuelva con una conversación ni que existan respuestas inmediatas. Significa reconocer que cada intervención educativa puede abrir o cerrar posibilidades. Observar antes de etiquetar, escuchar antes de concluir y poner límites sin descalificar también es enseñar: enseña a convivir y a hacerse cargo de lo que uno hace sin perder el respeto por la persona. 

Quizás ese estudiante que hoy nos desafía necesite mucho más que una nueva advertencia. Y quizás nosotros necesitemos otra manera de acercarnos, sin dejar de enseñarle lo que tiene que aprender y sin descuidar al resto del grupo.  

Educar no consiste en aceptar todo ni en evitar los conflictos. Consiste en sostener límites, construir vínculos y generar condiciones para que cada estudiante pueda aprender y tener un lugar en el aula. 

Tal vez la pregunta no sea solamente cómo hacemos para que un alumno deje de molestar, sino qué necesitamos comprender, qué podemos cambiar y cómo acompañarlo sin dejar a nadie solo. Porque la conducta que vemos es apenas lo visible de algo más grande, y la intervención que elegimos es siempre una oportunidad de enseñar, no solo contenidos, sino también formas de convivir.  

¿Qué cambiaría en nuestras escuelas si dejáramos de buscar respuestas individuales para problemas que también necesitan una respuesta colectiva? 

* María Laura Riboyra: Docente, autora y creadora de Aula Interna, un espacio dedicado al bienestar emocional, los vínculos y la dimensión humana de la educación.  

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