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Plaza de Mayo colmada y tensión política: el 24 de marzo a 50 años del golpe revive la grieta más profunda

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A medio siglo del golpe militar de 1976, la calle volvió a hablar. Y lo hizo con fuerza. Miles de personas coparon la Plaza de Mayo en una jornada que mezcla memoria, emoción y —como ya es costumbre— una fuerte disputa política sobre el pasado y su interpretación.

Desde temprano, las columnas comenzaron a avanzar por Avenida de Mayo, Diagonal Norte y Sur, en una postal que ya es parte del ADN argentino: bombos, carteles, pañuelos blancos pintados a mano y una multitud que no dejó ni un metro libre en el centro porteño. A dos horas del acto central, previsto para las 16, el corazón político del país ya estaba desbordado.

La escena es potente. La avenida se transforma en un río humano que avanza lento, casi en cámara lenta, marcado por el pulso de la movilización. Los bares colapsan, las veredas desaparecen bajo la marea de gente y el tránsito queda completamente absorbido por la manifestación.

Pero hay símbolos que siguen atravesando generaciones. Uno de los más impactantes volvió a aparecer: la histórica bandera con los rostros de los desaparecidos. Larga, azul, imponente. Cuando asoma, el clima cambia. Primero, un silencio que pesa. Después, el estallido: aplausos, cánticos y una consigna que resuena con fuerza incómoda.

Entre la multitud, también hay lugar para la memoria cultural. La figura de El Eternauta, ese héroe colectivo creado por Héctor Germán Oesterheld —también víctima de la dictadura junto a sus hijas— se levanta como recordatorio de una historia que sigue abierta.

Memoria, pero también disputa

El dato político no pasa desapercibido. Mientras las organizaciones de derechos humanos y sectores ligados al kirchnerismo encabezan la movilización, el Gobierno nacional marcó distancia y volvió a instalar el concepto de "memoria completa", una consigna que apunta a ampliar el foco hacia la violencia política previa al golpe.

Esa tensión se siente, aunque no siempre se vea. Porque el 24 de marzo, lejos de ser una fecha neutral, se convirtió en uno de los campos de batalla simbólicos más intensos de la Argentina contemporánea.

De un lado, la reivindicación histórica del Nunca Más, con eje en el terrorismo de Estado. Del otro, una narrativa que busca revisar el contexto previo y cuestionar lo que considera una memoria parcial.

La calle como termómetro

Lo concreto es que, 50 años después, la convocatoria sigue siendo masiva. La Plaza de Mayo vuelve a llenarse y confirma que la memoria no es un tema cerrado, sino un debate vivo, incómodo y profundamente político.

Mientras se acerca la hora del acto central, la escena deja una conclusión difícil de ignorar: el pasado no pasa. Y en la Argentina, cada 24 de marzo, vuelve a discutirse no solo lo que ocurrió, sino también cómo debe ser contado.

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