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EL DIARIO digital
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El fútbol no siempre avisa cuándo va a parar la pelota. Esta vez, lo hizo de la peor manera. Colombia quedó en shock tras la muerte de Santiago Castrillón, el juvenil de 18 años que prometía futuro en Millonarios FC y que también formaba parte del seleccionado Sub-20.
El drama se desató en pleno partido del Torneo Nacional Sub-20. Sin señales previas que encendieran alarmas, el mediocampista se desplomó en el campo de juego. El silencio reemplazó al ruido habitual. De inmediato, el cuerpo médico actuó contrarreloj: asistencia en cancha, traslado urgente y derivación a un hospital de alta complejidad.
Pero esta vez, no alcanzó.
Desde el club confirmaron que el jugador fue internado en terapia intensiva bajo atención cardiovascular especializada. La pelea fue dura, pero corta. "A pesar de los esfuerzos médicos, Santiago no logró recuperarse", comunicaron, en una frase que resume la impotencia de todo un entorno.
La despedida de Millonarios FC no fue un simple comunicado: fue un grito de dolor. "Hoy el fútbol se detiene. El corazón azul está roto", expresaron. Y no es una metáfora exagerada. En el vestuario, en la tribuna y en cada rincón del club, la noticia cayó como un golpe seco.
Castrillón no era uno más. Usaba la número 10, ese dorsal que no se regala. Era talento, pero también actitud. "No solo jugaba al fútbol, lo vivía", dijeron sus compañeros. Y esa frase, lejos de ser un cliché, hoy pesa más que nunca.
La muerte del juvenil reabre un debate incómodo pero necesario: la salud en el deporte de alto rendimiento, los controles médicos y los riesgos que muchas veces quedan ocultos hasta que es demasiado tarde.
El fútbol colombiano llora a una promesa que recién empezaba a escribir su historia. Y esta vez, no hubo tiempo ni revancha. Porque hay partidos que, simplemente, no deberían terminar así.