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Maternidad, cuidado y carga mental: el debate que desató una decisión cotidiana

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Recientemente, una médica de Córdoba se convirtió en tendencia en redes sociales al confesar que no cocina para su hija, sino que prefiere pedir comida a domicilio. Su motivación: dedicar más tiempo a compartir con ella en lugar de invertirlo en la preparación de alimentos. La declaración generó una ola de reacciones, muchas críticas, pero también abrió un debate más amplio sobre maternidad, roles de género y la organización de la vida cotidiana.

La polémica no solo se centró en la decisión de la profesional, sino en un conjunto de cuestiones estructurales: ¿hubiera generado la misma controversia si quien hablaba fuera un padre? ¿Por qué aún se cuestiona a las mujeres por gestionar el tiempo familiar mientras los hombres reciben menor escrutinio? Y sobre todo, ¿qué tanto ha cambiado la distribución de tareas dentro de los hogares en Argentina?

Daniela, otra madre profesional que combina trabajo y cuidado, comparte su perspectiva: "La semana pasada llevé a mi hija más chica a hacer compras: verdulería, carnicería, almacén. Todo nos llevó alrededor de una hora. Cuando volvíamos, me dijo: 'Siempre tardás tanto'. Creo que por primera vez entendió todo lo que implica mantener la casa y la alimentación diaria", relata.

Este escenario refleja una realidad común: muchas mujeres deben equilibrar trabajo, cuidado y tareas domésticas, mientras que cualquier gesto de liberarse de la rutina tradicional de cuidado suele ser juzgado con dureza. Según datos del INDEC, entre 2013 y 2021, la participación masculina en las tareas del hogar creció 17 puntos, pero aún persiste un desbalance: el 91,7?% de las mujeres realiza tareas domésticas y de cuidado, dedicando en promedio 6,31 horas diarias, frente al 75,1?% de los hombres, que invierte 3,4 horas diarias.

Flavia Gemignani, directora de Comunicación del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), añade que en hogares con personas que requieren cuidado, las mujeres pueden dedicar hasta 8,5 horas diarias a estas actividades. La especialista subraya además que el cuidado sigue estando fuertemente familiarizado: "Casi la totalidad de los hogares resuelve estas necesidades mediante trabajo no remunerado de miembros de la familia; menos de uno de cada diez puede contratar servicios externos".

La carga mental detrás del cuidado

Cuando se habla de cuidado, no solo se incluyen tareas visibles como cocinar, limpiar o acompañar a consultas médicas, sino también toda la planificación, coordinación y supervisión que demandan. "Recordar citas, organizar compras, coordinar quién recoge a los hijos, gestionar trámites: todo esto recae principalmente sobre las mujeres y es la base de lo que conocemos como carga mental", explica Gemignani.

Este desequilibrio genera tensiones familiares. Un relevamiento de ELA junto a Equimundo señala que seis de cada diez personas con hijos consideran que la distribución de tareas en el hogar es fuente de estrés. La situación se ve reflejada incluso en las parejas donde los hombres colaboran: la planificación y la supervisión suelen seguir en manos de las mujeres, manteniendo el peso mental sobre ellas.

Historia, tecnología y roles tradicionales

Natali Schejtman, periodista y docente de la Universidad Torcuato Di Tella, agrega un enfoque histórico: "La tecnología prometía ahorrar tiempo en las tareas domésticas, pero los avances se concentraron en microondas y aspiradoras robotizadas, sin transformar la organización integral del hogar. Además, los estándares de limpieza y cuidado se elevaron, manteniendo alta la carga sobre las mujeres".

La especialista recuerda la influencia cultural de figuras como Mary Poppins o Robotina, que representaban un hogar automatizado, y compara esa fantasía con la realidad: las tareas siguen siendo realizadas mayormente por mujeres, muchas veces no remuneradas.

Eleonor Faur y Beatriz Goldberg destacan cómo la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral aumentó la presión: "Se esperaba que sigan disponibles para las tareas del hogar y el cuidado, a pesar de sus trabajos remunerados. Esta doble carga permanece invisible y genera sobrecarga constante", señala Goldberg, quien advierte que la postergación de la maternidad y la búsqueda de horarios más flexibles son estrategias adoptadas por muchas mujeres para equilibrar trabajo y familia.

Hacia un equilibrio posible

Pese a los desafíos, tanto Goldberg como Schejtman coinciden en que es posible reorganizar las responsabilidades y negociar la carga de cuidado dentro del hogar. La clave está en combinar apoyo familiar, herramientas tecnológicas y decisiones conscientes que permitan compatibilizar desarrollo profesional, bienestar personal y tiempo de calidad con los hijos.

El debate iniciado por una decisión cotidiana —pedir comida en lugar de cocinar— expone tensiones más profundas: la persistencia de roles tradicionales, la invisibilización de la carga mental femenina y la necesidad de repensar la igualdad en la crianza y el cuidado del hogar. Lo que comenzó como una polémica viral refleja, en realidad, un desafío social mucho más amplio y vigente.

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