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Por qué el entrenamiento de fuerza no siempre se refleja en la balanza

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El inicio del año suele venir acompañado de nuevos propósitos vinculados a la actividad física: volver al gimnasio, entrenar con pesas y sostener una rutina más activa. Sin embargo, tras varias semanas de constancia, muchas personas se enfrentan a una situación desconcertante: se sienten más fuertes y activas, pero el número de la balanza no baja e incluso puede aumentar. Lejos de ser un fracaso, este fenómeno tiene una explicación clara desde la fisiología.

El entrenamiento de fuerza es una de las herramientas más eficaces para mejorar la composición corporal, acelerar el metabolismo y proteger la salud a largo plazo. No obstante, sus beneficios no siempre se traducen de inmediato en kilos menos. Comprender este proceso resulta clave para evitar frustraciones y abandonos prematuros.

Uno de los factores centrales es el aumento de la masa muscular. El músculo es más denso que la grasa: ocupa menos volumen, pero pesa más. Por ese motivo, es posible reducir tejido adiposo, verse más firme y notar cambios en el cuerpo sin que la balanza refleje una baja de peso.

En ese sentido, la médica Amy Lee explica que el entrenamiento de fuerza favorece el desarrollo de masa muscular magra, lo que mejora el metabolismo. "Un metabolismo más eficiente implica que el cuerpo quema más calorías y grasa, incluso en reposo", señala. Durante ese proceso, el peso puede mantenerse estable o subir sin que eso signifique un retroceso en la salud.

Desde la nutrición deportiva, la dietista Avery Zenker coincide en que el peso corporal no siempre es el mejor indicador de progreso. Según advierte, se puede perder grasa corporal sin que el peso total disminuya de manera significativa, ya que el músculo ganado compensa esa pérdida.

Por ese motivo, los especialistas recomiendan observar otros indicadores más confiables que la balanza: cómo queda la ropa, los cambios en el contorno corporal, la fuerza ganada y el rendimiento físico general.

La alimentación también cumple un rol determinante. El entrenamiento por sí solo no garantiza resultados si no está acompañado por una dieta equilibrada. La dietista Kimberly Gomer advierte que levantar pesas sin prestar atención a lo que se come puede frenar cualquier objetivo de mejora corporal.

Uno de los puntos más sensibles es la ingesta de proteínas. Zenker señala que una cantidad insuficiente dificulta la recuperación muscular y reduce la eficacia del entrenamiento. Además, quienes entrenan fuerza suelen necesitar un aporte proteico mayor que el recomendado para personas sedentarias.

A esto se suma otro error frecuente: comer demasiado o demasiado poco. El aumento del apetito posterior al ejercicio puede llevar a consumir más calorías de las que se gastan, mientras que una restricción excesiva genera fatiga, pérdida muscular y menor adherencia a la rutina. El equilibrio vuelve a ser clave.

Los hábitos diarios también influyen de manera decisiva. La irregularidad en los entrenamientos, alternar semanas intensas con períodos de inactividad o no respetar los tiempos de recuperación puede frenar el progreso. El dietista y entrenador Albert Matheny remarca que el cuerpo no se fortalece durante el entrenamiento, sino durante la recuperación. Dormir poco o mal altera hormonas vinculadas al hambre, como la grelina y la leptina, favoreciendo los antojos y dificultando la pérdida de grasa.

En la misma línea, la dietista Jessica Cording subraya que el proceso requiere tiempo. El descenso de grasa, especialmente cuando se busca preservar o aumentar masa muscular, es gradual. Pretender resultados rápidos suele ser incompatible con cambios sostenibles.

Si después de varias semanas no se observan cambios visibles, los especialistas coinciden en que no se trata de abandonar, sino de revisar la estrategia: ajustar la intensidad del entrenamiento, mejorar la calidad de la alimentación, priorizar el descanso o incorporar actividad cardiovascular puede marcar la diferencia.

Reducir el progreso a un solo número puede llevar a conclusiones equivocadas. La energía diaria, el rendimiento en el gimnasio, la fuerza ganada y la forma en que responde el cuerpo al entrenamiento son señales tan válidas como la balanza. Entender los tiempos y efectos reales del entrenamiento de fuerza permite sostenerlo sin frustración y aprovechar sus beneficios a largo plazo.

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