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EL DIARIO digital
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En un día normal, con un sol que de a ratos pegaba fuerte, Fernando Miguel Suárez se fue a dormir (o algo parecido a eso) sabiendo que en sus 69 años de vida jamás vivió una sensación semejante.

Junto a sus amigos, se juntó en el campo de golf del Jockey Club para un día más de entrenamiento. Para limpiar la mente en un deporte que te da buenas, pero también malas. Cuando un swing sale perfecto, el sonido del silencio acompaña la bola y la parábola es perfecta. Puede ser un approach divino y hasta la bola puede quedar "dada", a centímetros del hoyo. Pero al otro día, el hierro le pega de refilón a la bola y sale para cualquier lado. Una "papa" que fastidia hasta al deportista más zen del planeta.
Pero para Fernando, con una vida transitada, ya nada será igual en el deporte. Es como acertar la raspadita y compartirla con amigos.
Eligió un hierro 6 para golpear el tiro de salida el hoy 4, un par tres de 170 yardas de distancia a la bandera. Se paró con los pies firmes, hubo silencio y el impacto fue limpio, sedoso, de sonido casi imperceptible.
Fernando mira el vuelo de la bola, que viaja sin peajes hacia destino. Y ese vuelo forma una parábola que corta el aire, llega al pico de altura y comienza su descenso. Desafiando la gravedad -como si fuera la cápsula del Artemis- toma contacto con la tierra, pica a un metro de la abandera y viaja mansa hacia la cueva. Es, formalmente, hoyo en uno. Fernando parece haberla acariciado a la tronera. La soltó como una lágrima.
"Fue una sensación que no se puede reproducir ya que esta situación se da a un 10 por ciento de jugadores aproximadamente" dice Fernando, que juega 16 de hándicap. Los testigos, Daniel Pinna, Fabián Gómez, Adrián Conovaloff, Luis Chacón y Flavio Fleckenstein, lo gritan y se abrazan con él.
Como si fuera "un día perfecto" y la melodía de Estelares acompañando el momento. Una vez que yo te digo "por fin".
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