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EL DIARIO digital
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El desarrollo de robots humanoides ha alcanzado una nueva frontera con la presentación de Moya, un modelo que destaca por su capacidad para caminar de forma natural, mantener contacto visual y replicar microexpresiones faciales.
Su aparición marca un precedente en la carrera por crear máquinas capaces de integrarse de manera convincente en entornos humanos. Moya podría salir a la venta a finales de 2026 y, según los primeros ensayos, es el robot más realista hasta la fecha.
El interés que genera Moya responde al notable progreso en biomimética y diseño robótico. Su capacidad para moverse, gesticular y reaccionar con naturalidad despierta tanto fascinación como inquietud entre quienes lo observan. El creciente enfoque mundial en crear humanoides que logren interactuar emocionalmente encuentra en Moya uno de sus ejemplos más avanzados y realistas.
Cómo son las características de Moya
Moya mide 1,65 metros y pesa 32 kilogramos, proporciones similares a las de un adulto promedio. Su superficie, recubierta de silicona suave y ecológica, mantiene una temperatura corporal de entre 32 y 36 grados Celsius, lo que contribuye a una sensación táctil muy cercana a la piel humana.
La cabeza incorpora 25 actuadores capaces de simular expresiones faciales sofisticadas, mientras que su cuerpo cuenta con 16 articulaciones, logrando un 92% de similitud en el movimiento al caminar.
Entre las características más avanzadas de Moya destaca su habilidad para realizar contacto visual sostenido, sonreír, asentir y mostrar emociones a través de gestos. Durante la presentación, reporteros y asistentes al evento describieron la experiencia de interactuar con el robot como sorprendente y, en ocasiones, perturbadora por su nivel de realismo.
El cerebro de Moya está alimentado por un modelo de lenguaje avanzado, lo que le permite recordar el contexto de las conversaciones y adaptar sus respuestas en función de las emociones detectadas en su interlocutor.
Este procesamiento sofisticado permite interacciones personalizadas y memorables, superando el enfoque tradicional de los asistentes digitales.

En materia de seguridad y adaptabilidad, el robot humanoide incorporó sensores 3D, sistema anticolisión y materiales elásticos que reducen el impacto físico hasta en un 90%. Su diseño modular facilita la personalización del aspecto exterior sin modificar la estructura mecánica, permitiendo que el robot se adapte a diferentes contextos, desde entornos sanitarios hasta oficinas, comercios o espacios educativos.
La precisión en la marcha, la estabilidad postural y la capacidad de mantener contacto visual hacen que Moya sea apta para interactuar en escenarios donde la presencia física y la comprensión emocional suman valor.
La empresa desarrolladora ha enfatizado que su ambición va más allá de crear un robot doméstico; el objetivo es que Moya sea útil como acompañante emocional, asistente de alta gama o herramienta en ámbitos donde la interacción humano-robot aporte beneficios concretos.
El precio de partida estimado ronda los 1,2 millones de yenes japoneses (unos 6.500 euros), aunque la disponibilidad final y el costo exacto aún no han sido confirmados.
El realismo de Moya ha generado opiniones encontradas. Algunos asistentes al evento de lanzamiento reconocieron sentirse incómodos ante la similitud entre el robot y una persona real, un fenómeno conocido como "valle inquietante".
Este debate no es nuevo, pero ahora cobra fuerza ante la posibilidad de que humanoides como Moya comiencen a integrarse en la vida cotidiana.
Aria: otro polémico ejemplo de robots contra la soledad

La tendencia a crear robots que acompañen y comprendan a las personas no se limita a Moya. En California, el desarrollo de Aria, una figura humanoide con inteligencia artificial, ha abierto un debate existencial sobre la posibilidad de cubrir vacíos afectivos con tecnología.
Aria combina sensores, reconocimiento facial y software avanzado para simular conversaciones y relaciones continuadas, pero su estética y su historia generan preguntas sobre los límites entre compañía artificial y soledad real.
Aria, diseñada originalmente como compañera emocional, ha tenido que distanciarse de su pasado como muñeca sexual para enfocarse en el bienestar y la asistencia. Sin embargo, su recepción social sigue marcada por el escepticismo, el alto costo y la dificultad para desligarse de estereotipos previos.
El caso de Aria, como el de Moya, ilustra el desafío de equilibrar innovación tecnológica, ética y aceptación cultural en la era de los robots sociales.
El lanzamiento de Moya y la evolución de proyectos como Aria evidencian el avance de la inteligencia artificial integrada en cuerpos cada vez más realistas. La pregunta central no es solo tecnológica, también social: ¿pueden estas máquinas aportar compañía, empatía y valor sin acentuar el aislamiento humano?