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EL DIARIO digital
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Por Santiago Ferro Moreno (*)
Hay dos discusiones que en la Argentina suelen transcurrir por carriles separados y que deberíamos abordar juntas. Una es la del financiamiento de las universidades y del sistema científico. La otra es la de sus resultados, prioridades y calidad de gestión. Separarlas simplifica el problema; enfrentarlas, como si hubiera que elegir entre presupuesto o eficiencia, lo empobrece todavía más.
Los datos presupuestarios son preocupantes. Según el análisis del CIICTI sobre el Proyecto de Presupuesto Nacional 2027, la Función Ciencia y Tecnología representaría apenas el 0,178% del PBI, frente al 0,298% de 2023: una caída del 40,3% en su participación relativa. El mismo informe proyecta nuevas restricciones para universidades y organismos científicos. Son estimaciones sobre un proyecto todavía sujeto al trámite presupuestario, pero describen una trayectoria de varios años que condiciona seriamente la capacidad científica y universitaria del país (CIICCI).

Quienes trabajamos desde hace años en la universidad y en ciencia conocemos lo que esto significa más allá de las planillas presupuestarias. Formar investigadores, consolidar grupos, sostener laboratorios, construir bases de información o desarrollar relaciones estables con escuelas, municipios, productores, empresas e instituciones lleva años. Cuando esas capacidades se debilitan, no se reconstruyen automáticamente cuando vuelve a aparecer presupuesto. En una provincia como La Pampa, donde buena parte de la infraestructura científica y profesional se concentra en pocas instituciones públicas, cada capacidad que se pierde es especialmente difícil de sustituir.
Pero defender el presupuesto no debería impedirnos mirar hacia adentro. También tenemos que discutir qué hacemos con los recursos disponibles, qué priorizamos, cuánto demoramos en decidir, cómo distribuimos oportunidades, qué resultados obtenemos y qué capacidades tenemos para modificar estructuras que van perdiendo pertinencia. Defender la universidad pública no puede equivaler a defender acríticamente cada procedimiento o práctica existente.
Los resultados educativos hacen todavía más necesaria esa discusión. PISA 2025 mostró que en Argentina sólo el 24% de los estudiantes de 15 años alcanzó al menos el nivel básico en Matemática, el 40% en Lectura y el 41% en Ciencias. En las tres áreas los desempeños fueron inferiores a 2022 y también a 2018 (OECD). En La Pampa, Aprender 2024 aporta un dato más próximo: el 62,7% de quienes finalizaban la secundaria alcanzó niveles satisfactorio o avanzado en Lengua, pero apenas el 19,6% lo hizo en Matemática; en esta última área, el resultado está 25,6 puntos porcentuales por debajo de 2013. No estamos ante un deterioro uniforme de todo el sistema, pero tampoco ante una señal que podamos naturalizar. Esos estudiantes son, además, quienes poco después ingresan a nuestras universidades.
La discusión sobre articulación entre niveles educativos lleva décadas y demasiado frecuentemente termina señalando que el problema comienza en el nivel anterior. Mientras tanto, cambia el mundo para el cual estamos formando. La inteligencia artificial, nuevas formas de producir conocimiento, transformaciones del trabajo y problemas crecientemente interdisciplinarios avanzan a una velocidad muy superior a muchos de nuestros mecanismos institucionales. Podemos cumplir correctamente los procedimientos y, aun así, llegar tarde.
Ahí encuentro uno de los desafíos principales de la gestión universitaria. Eduardo Balbi, en su última obra, lo plantea en términos de pasar de una universidad predominantemente adaptativa a otra capaz de construir anticipación institucional: observar transformaciones, explorar futuros posibles, detectar brechas de conocimiento y relacionar esa información con decisiones presentes. No se trata de adivinar qué ocurrirá, sino de ganar tiempo para prepararnos. Una universidad que sólo responde cuando los cambios ya están consolidados corre permanentemente detrás de la realidad.
En la UNLPam, esta discusión debería incorporar algunos temas concretos y transversales. Uno es la previsibilidad y transparencia en el financiamiento de la investigación, extensión y otras funciones estratégicas. En un contexto de recursos escasos, resulta todavía más importante que docentes, investigadores y unidades académicas conozcan oportunamente qué recursos existen, cómo se distribuyen, con qué criterios se priorizan y qué resultados se esperan. La restricción presupuestaria externa es real, pero también exige mejorar internamente la equidad en la asignación y la rendición de cuentas.

Otro problema es el de los tiempos institucionales. Revisar carreras, modificar planes de estudio, crear nuevas ofertas, actualizar regulaciones o incorporar innovaciones puede demandar períodos demasiado largos frente a transformaciones tecnológicas, profesionales y sociales que avanzan mucho más rápido. La Universidad ha generado experiencias valiosas de innovación, formación y actualización, pero el desafío es que no dependan de iniciativas aisladas, coyunturales y financiamiento externo (que pone las reglas de juego y altera las dinámicas internas: interinos, falta de concursos, asignación de recursos, etc.). Necesitamos mecanismos más permanentes que permitan detectar cambios, convertirlos en decisiones y evaluar sus efectos con mayor agilidad.
La calidad de la gestión la debemos evaluar más allá de las fotos y publicaciones en redes. Hay que evaluar cómo se están fortaleciendo las carreras de grado y posgrado, cómo se forman a docentes y nodocentes para los desafíos actuales y futuros, cómo se adecua la infraestructura de manera equitativa, cómo se mejora la calidad e integración de los programas, proyectos y acciones, entre otros aspectos vinculados a las funciones inherentes a una universidad pública de calidad. Pero también hay que evaluar cómo se definen prioridades con claridad, se distribuyen los recursos con criterios transparentes y equitativos, se evalúan los resultados y articulan mejor las capacidades existentes.
La Pampa reconoce entre sus prioridades la incorporación tecnológica, el fortalecimiento del capital humano y una mayor coordinación entre actores públicos, privados y académicos (PDEP La Pampa). Resulta difícil imaginar una provincia más innovadora, diversificada y basada en conocimiento si la universidad sigue siendo gestionada por las mismas personas, con las mismas formas de reaccionar ante la realidad, construir capacidades institucionales y gestionar los recursos escasos. Estamos en una institución reactiva, liderada por personas que piensan en la coyuntura y no construyen miradas colectivas de largo plazo que generen sinergias internas e impactos anticipatorios en el territorio.
Los principales cimientos de la universidad son su autonomía, su pensamiento crítico y su capacidad para investigar problemas que todavía no tienen demanda. Esto es parte importante de su valor público. La Universidad debería poder mirar más lejos que la coyuntura. Ser faro de nuevos procesos, generar preguntas antes de que sean obvias y contribuir a construir capacidades tecnológicas, humanas, disciplinares, relacionales, temporales y éticas.
Esto es especialmente importante en la formación de graduadas y graduados, y más aún de docentes. Muchas de las personas que estamos formando hoy trabajarán durante las décadas de 2030, 2040 y 2050. El conocimiento disciplinar seguirá siendo indispensable, pero tendrá que convivir con capacidades para aprender continuamente, trabajar con otros campos, utilizar críticamente nuevas tecnologías, interpretar información, reconocer cambios y tomar decisiones bajo incertidumbre.
Hay que sostener presupuestariamente aquello que llevó décadas construir. Pero también debemos administrar mejor, priorizar mejor, evaluar mejor y anticipar mejor. Cuanto más escasos son los recursos públicos, mayor es nuestra responsabilidad de transparentar decisiones, explicar prioridades y demostrar que cada capacidad disponible contribuye a sostener o construir otras nuevas.
Defender la universidad y la ciencia pública requiere discutir ambas cosas al mismo tiempo. Evitar que el deterioro presupuestario destruya capacidades estratégicas, pero también impedir que nuestras propias inercias nos conviertan en furgón de cola de transformaciones que deberíamos ayudar a anticipar. En La Pampa tenemos una ventaja: una escala que permite conocernos, articular y construir agendas comunes. Aprovecharla exige recursos, pero también una Universidad capaz de preguntarse, permanentemente, no sólo qué hace y cómo administra lo que tiene, sino para qué realidad está preparando a la sociedad que la sostiene.
(*) Emprendedor agro | Asesor y consultor | Formador | Docente, investigador y extensionista | Saliendo de la zona de confort.