Escuchá esta nota
EL DIARIO digital
minutos
Hay escenas que la política local regala de tanto en tanto y que obligan a refregar los ojos para verificar que no se trata de un espejismo. En el marco de la reciente y legítima movilización popular en reclamo por la situación del bebé de Rancul -una causa cuya nobleza y urgencia no admite dobles lecturas-, entre la multitud apareció un manifestante inesperado, portando su propio cartel y ensayando un perfil de luchador callejero que dejó a más de uno con la boca abierta: Juan Carlos Tierno.
Ver al exintendente sosteniendo una pancarta en plena vía pública es, por lo menos, un ejercicio de justicia poética con dosis elevadas de ironía. El mismo dirigente que edificó su carrera política bajo la doctrina de la tolerancia cero, la prohibición del espacio público y el desprecio visceral hacia cualquier forma de protesta social -mismo temperamento autocrático que le valió en su momento la destitución en la intendencia capitalina-, mutó de golpe en un vecino autoconvocado pancarta en mano.
La postal, como era de esperarse, desató un reguero de comentarios, muecas de incredulidad y reproches en voz baja entre los propios asistentes a la marcha. La legitimidad del reclamo por el pequeño no estuvo en duda en ningún momento, pero la presencia de Tierno fingiendo empatía en el terreno de la protesta social -ese mismo territorio que supo criminalizar con entusiasmo casi religioso- sumó una cuota irremediable de sarcasmo a la jornada.
A la hora de la rosca y de buscar cámara, parece que los viejos dogmas quedan en el olvido. Quien durante años consideró que marchar era un delito contra la paz social, descubrió este fin de semana las bondades de la pancarta y la movilización de protesta. La memoria es larga, pero el libreto del oportunismo político siempre tiene un capítulo dispuesto a reescribirse.