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Malvinas, otra vez, Malvinas

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Cuando la macro no cierra y el humor social empieza a pesar, todos los gobiernos argentinos terminaron en la misma causa disponible, capaz de tocar fibras emocionales en el pueblo y lograr empatía. Malvinas está siempre a mano.

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Por Federico Rodriguez Castro

Ya lo habíamos visto en julio, en el Mundial cuando le ganamos a Inglaterra y en la cancha apareció esa bandera, la de siempre, "Las Malvinas son Argentinas". Esta vez fue Javier Milei el que decidió activarla desde el Estado.

El pasado jueves 3 de septiembre, en cadena nacional, anunció sanciones a las petroleras que operan cerca de las islas, una base naval en Tierra del Fuego y un flamante Consejo de Seguridad Nacional. Realmente nada nuevo en el fondo, porque todo eso ya lo hicieron gobiernos anteriores de distintas ideologías.

Hasta ahí, nada que un argentino no haya visto otras veces. Lo raro aparece cuando uno recuerda que en julio, cuando los jugadores desplegaron la bandera, el mismo Milei avisó que hacer política de Estado con el envión del Mundial sería algo así como un "error garrafal". Dos meses después hizo una cadena nacional.

Para entender el porqué de este cambio en su retórica y porque es tan difícil atribuirle una convicción genuina para con la causa, hay que revisar un poco el archivo.

Es sabido que Milei, tiene una admiración por Margaret Thatcher, la elogió en reiteradas oportunidades. Y hasta el ex primer ministro británico, Boris Johnson, dijo que Milei era un anglófilo, que no busca ninguna confrontación real con Londres, pero tiene una reeleción difícil por delante y puede necesitar agitar el sentimiento nacional para sostenerla.

Un mes antes del discurso, el oficialismo tuvo una derrota legislativa con la "Ley de Tierras", que buscaba borrar el límite a la compra de tierras rurales por extranjeros. Se terminó archivando ese capítulo horas antes de la sesión por falta de votos. El clima que dejó el Mundial jugó ahí en contra, dado que en la sociedad se había despertado ese sentimiento de soberanía y esa misma emoción que un mes después iba a bajar el proyecto, en septiembre el oficialismo iba a intentar capitalizar con esta idea de malvinización.

Hay también una cuestión geopolítica que colabora con esta estrategia. Trump se encuentra enojado con los ingleses por otra guerra, les reprocha no haber mandado barcos al estrecho de Ormuz, cuando se lo pidió durante el conflicto con Irán. Le preguntaron por Malvinas y esquivó el respaldo a Londres, y con eso alcanzó para sacar la cadena nacional.

Y por último, está lo que verdaderamente explica el timing. La imagen de Milei viene golpeada como pocas veces y no repunta. Más allá de los escándalos sucedidos en el primer semestre, el humor social se encuentra muy tocado, cansado del ajuste. Aunque el electorado blando -quienes decidirán las elecciones el próximo año- todavía se entusiasma con algún gesto de nacionalismo tradicional. A ese es al que le habla en cadena nacional. Al que se bajó del barco -o está por- y todavía puede volver por algo que no sea la economía.

La cadena nacional funcionó. Porque logró correr de la agenda, aunque sea un rato, la morosidad record, la caída del consumo, y el balance incómodo de los mil días de gobierno. Pero la empatía es otra cosa, en redes aparecieron inmediatamente comparaciones con Galtieri y recordatorios para nada amables de los elogios a Thatcher.

Se puede leer una encuesta todas las semanas. Se puede hasta acertar el momento justo para subirse a una causa histórica y por demás emotiva del pueblo argentino. Pero es muy difícil que alguien crea que va en serio cuando lo que anuncia como propio es reglamentar una ley de 2011, una base naval que la empezaron otros y las notas a las empresas las manda Cancillería hace años.

Malvinas va a seguir ahí, disponible esperando al próximo que la necesite.-

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