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Sobre mundiales, consensos y clamores

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El fútbol es un juego, pero también una suerte de palpitante y riesgosa utopía totalizante

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Por Eduardo Luis Aguirre - Escritor, analista internacional y poeta jubilado. Vive en Toay, en medio de un monte de caldenes y una sinfonía de pájaros, a poquitos kilómetros de Santa Rosa, Capital de la Provincia de La Pampa.

La enorme y descontrolada industria del fútbol nos conmina a analizar el fenómeno en pleno campeonato mundial, cuando el aceleracionismo planetario plantea retóricas, clamores y sentimientos que se parecen bastante a la subjetividad líquida y superflua de los seres humanos en el siglo XXI. El fútbol es un juego. Quizás el más maravilloso y apasionante que conozcamos. En los mundiales, y en éste en especial, se entrecruzan diversidades, tecnologías, corporaciones, intereses, cuestiones de clase que creíamos arrumbadas y millonarios, algunos ubicados entre el público (convengamos que no todos los hinchas pueden acometer semejante erogación lúdica) y otros en pleno terreno de juego.

En medio de ese agitado marasmo, un país de este Sur dirimirá el trofeo con un país del Sur de Europa. Menuda manera de encontrarse para aquellos pueblos que reconocen una matriz histórica común. Los españoles y los que fueron españoles en América. No hay leyenda negra ni leyenda rosa que intervengan en la a veces primaria monotonía comunicacional. Más allá del rol descollante del dinero en la acción comunicativa, lo cierto es que jugaremos la final más amable con un país al que - como al resto de los hermanos de Iberoamérica- seguramente consideramos nuestra segunda casa, a pesar de cualquier ligereza que se diga y de toda subyacencia crematística. Todos hemos pensado alguna vez adónde preferiríamos descansar cuando no estemos. Hay una tierra donde hemos nacido y donde hacemos pie y otras que se le parecen o que hemos aprendido a querer intensamente. Seguramente, ante ese dilema existencial, optaríamos por cualquiera de las dos, porque hemos vuelto siempre a ambas desde la lengua y las creencias. Pues este es uno de los casos más vívidos.

El fútbol es un juego, pero también una suerte de palpitante y riesgosa utopía totalizante. Una recreación de las lógicas binarias, un momento de deplorable proliferación de streamers, redes "sociales" y desbocados. Por ende, no debe asombrarnos que la previa sea también una esperada búsqueda del consenso en países fragmentados, frustrados por la política y lo político. Fue algo más que una justa demanda territorial e histórica la que abigarró las calles argentinas después de una semifinal sin límites emocionales. Hubo además una necesidad de estrechamiento, de estar cerca, de abrazarnos, de cantar, una costumbre perdida por los pueblos en una sociedad que exalta justamente lo individual y desprecia la otredad y el conjunto. Es cierto que Argentina, los argentinos, se sienten cómodos, a veces exultantes y por momentos ávidos en la rumorosa exaltación de su dimensión de nación todavía inconclusa como categoría histórica. Si los poderosos señores tecnofeudales sueñan con insularizaciones megamillonarias, los pueblos del Sur reivindican y preservan -revolucionariamente- lo que todavía existe, lo propio, lo que no nos han podido escamotear o no han conseguido destruir. Los cánticos, los festejos y las canciones futboleras tal vez encarnen un germen nacional y popular en retroceso. Conminado a la derrota frente a la barbarie, necesitado de reinventar su fervor por lo propio, que es lo nuestro. Hay un abismo que separa el nacionalismo de los países desarrollados y el de los países oprimidos. Las semicolonias podemos adoptar jergas inadecuadas y hasta agraviantes, rumbos autoflagelantes, pero en el subsuelo de esa patria sublevada hay un recuerdo colectivo, una memoria del futuro que nos habita. Una nostalgia por lo común y por sentirnos parte. Por ser protagonistas mayoritarios de una futura reversión de lo diabólico. Por dejar de parecernos a la pesada alienación de la portuaria urbe. Por recuperar la densidad de las montoneras de otrora, de un provincianismo al que también peyorativamente se denomina "interior" de la Argentina. Allí habitan, nacen y mueren millones de compatriotas anónimos, que no existen ni en la conciencia de los dirigentes nacionales, que no están presentes en el imaginario que se transmite al mundo, que llegan a Barajas en cuentagotas y que encarnan el ser nacional verdadero. Un nacionalismo de amor, de paz, de buena fe, de trabajo, de solidaridad profunda, de comunidad callada y melancólica. En su imparable deriva, la construcción de pueblo parece un mandato de cumplimiento imposible. Quizás la quimera que habita en estas muchedumbres sean en realidad embrionarias pulsiones de vida en busca de un anhelado destino común. Hasta el lunes. Y suerte para todos.

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