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EL DIARIO digital
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Por Federico Rodriguez Castro
Carlos Alberto Solari es una de esas cosas.
Durkheim describió alguna vez un estado que llamó efervescencia colectiva. Ese preciso momento en que un grupo reunido alrededor de un símbolo compartido dejar de ser una suma de individuos y se convierte en un organismo. Cuerpos sincronizados al compás de una melodía, de un tarareo, generando emociones amplificadas. Momento en el cual las estructuras sociales quedan en pausa y todos los partícipes encuentran un sentido de pertenencia. Pertenecía al mundo ricotero.
Habitamos tiempos en donde todo es rendimiento y soledad organizada alrededor de pantallas. Pero esos espacios, esos rituales, esos recitales, valen más de lo que sabemos reconocer mientras los vivimos.

Cuando el Indio o los Redondos te entra de chico, va primero por la melodía. Alguna frase suelta te queda dando vueltas, pegadiza seguramente, alguna canción que parece más fácil de descifrar. Pero pasan los años y algo raro ocurre, como si las canciones maduraran dentro de uno, o uno madura dentro de ellas o con ellas.
Hay algo de todo ese mundo, de su enigma, de su prosa, su imagen y forma de transmitir ideas que seduce con letras que no se explican del todo.
Su marca más profunda, son justamente esas letras abiertas, polisémicas, que cambian de significado según el momento en que se las escucha. Si estás enojado, escuchas una canción de rabia, de protesta. Si llegas roto escuchas algo sobre dolor y nostalgia.
Para todo momento de nuestra vida podemos encontrar una canción de él. Todos cantamos la misma letra, todos interpretamos de múltiples formas, todos tenemos razón, y nadie se equivoca. De esa manera también reflejamos algo colectivo. Algo que la sociedad necesita y no siempre sabe nombrar.

Pero ¿Qué hizo para generar semejante convocatoria? Para trascender tantas generaciones, tantos estratos sociales. Para terminar en tantas remeras, tantas paredes, banderas, tantos tatuajes? Porque seguramente en todas las ciudades del país debe haber una frase suya pintada, y conocemos a más de una persona que tiene impregnado en su cuerpo alguna frase de él.
No se sabe bien cómo responder esas preguntas, pero de lo que se está seguro es de que es un fenómeno cultural social y colectivo. Con acervo nacional.
Al Indio lo sentimos muy cercano, como si fuese un amigo, un familiar, pero a la vez mantenemos distancia, esa distancia necesaria para seguir manteniendo a los ídolos en ese escalón.
Los símbolos que perduran son los que una comunidad elige porque en ellos se reconoce. El Indio es bien nuestro, Argentina lo eligió por su rebeldía sin pose, sus letras que incomodan porque obligan a pensar, su política de éxtasis, su contracultura, y su idea de mantenerse firme más allá de los pesares.
Gracias por todo Carlos Alberto, pero por sobre todo por nombrar de forma ingeniosa el dolor, y por poner palabras a los momentos que merecen festejo.
Salud Indio, festejemos.-