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Son todos iguales

Son todos iguales Por Federico Rodriguez Castro
Son todos iguales. Por Federico Rodriguez Castro
Hay una frase que los argentinos pronuncian con la naturalidad de quien describe el clima social: "Son todos iguales." No hace falta contexto. No importa de quién se hable. Funciona como una sentencia, como punto de llegada de cualquier conversación política que dure más de tres minutos. Y lo más revelador es el tono, sin sorpresa, como desahuciado, como si fuese una fatiga de quien confirmó algo que ya sabía.

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Por Federico Rodriguez Castro

Ese tono es el verdadero estado de ánimo político de la Argentina de 2026.

La famosa grieta sigue, habrá cada vez más polarización o no, depende de la etapa del año, de los berretines o supuestos logros económicos el entusiasmo y su contrapunto el rechazo, van variando en el termómetro social.

La antipolítica se fue construyendo con cada promesa rota, con cada escándalo, con cada dirigente que diagnosticó la corrupción del sistema desde adentro sin modificar nada. La antipolítica no apareció de golpe.

Fue sedimentandose en capas hasta que el escepticismo dejó de ser una reacción ante un hecho puntual y se convirtió en la lente con que se mira cualquier hecho.

Allí creció Milei. Siendo un fenómeno no accidental, sino más bien la expresión más coherente de lo que una gran parte de la sociedad pensaba. Que la política era un negocio cerrado, que cada uno tenia su kiosco. Que el Estado se las pasa hablando de redistribuir hacia abajo cuando pareciera que solo lo hace hacia arriba. Claramente la sociedad en todo su desencanto lo materializa votando en contra de todo lo anterior. Pero el problema de los votos que son contra algo es que llegan al poder sin saber bien que construir, porque solo saben qué destruir.

Y destruir, durante un tiempo, puede que alcance. Tiene su propia satisfacción, su propia legitimidad emocional. La motosierra corta. Da la sensación inmediata de que algo está cambiando. Mientras esa sensación dura, el costo se tolera. Pero cuando se agota, solo queda el costo, y al parecer se está agotando.

El problema le corresponde a una clase política entera que hace décadas perfeccionó el arte de explicar por qué no puede hacer lo que prometió. Ese relato de impedimento se volvió el género discursivo dominante de la política argentina. Pareciera que antes de gestionar, se administra la excusa. Y antes de resolver, se construye el argumento de por que no era posible resolver.

Indistintamente de la bandera, del partido político que sea. Cada uno con su propio repertorio, pero todos con la misma estructura de que el problema siempre viene de afuera, el mérito es propio, y el ciudadano que escucha aprende, con los años, que el discurso político es esencialmente un sistema de producción de coartadas.

Una sociedad que escucha durante décadas a sus dirigentes explicar por qué no pueden hacer lo que prometieron termina creyendo que nadie puede hacer nada. Y esa creencia es, en sí misma, una profecía que se cumple sola.

Cada vez que un dirigente construye un relato del impedimento en lugar de hacerse cargo del fracaso, le enseña a la ciudadanía que la responsabilidad política es negociable, que el poder y la rendición de cuentas son cosas separadas, que gobernar y excusarse son la misma operación con distinto nombre. Después se sorprenden de que la gente diga que son todos iguales.

Con elecciones presidenciales en el horizonte de 2027, el escenario tiene una geometría que debería incomodar a todos por igual. El gobierno que llegó montado en el desencanto con lo anterior empieza a generar su propio desencanto, sin que ninguna alternativa logre convertirse en destino creíble. La aprobación de Milei cae, la de los opositores no sube considerablemente. La economía acumula presiones y los escándalos siguen sumando sin que ninguno termine de resolverse. Es un empate por lo bajo.

Una política que hizo del mínimo su techo, tiene como consecuencias el surgimiento de un mercado de relatos políticos de venganza donde siempre hay alguien dispuesto a vender el próximo enemigo, la próxima casta, el próximo responsable de todo. Y la sociedad agotada de creer y más agotada de no creer, termina comprando otra vez.

Qué queda entonces? La política de verdad. La aburrida, la que no promete venganza ni destrucción ni refundación. La que consiste en hacer lo que se dijo que se iba a hacer, reconocer cuando no se pudo, y no pasarle la cuenta al vecino. Esa política no tiene épica ni vuelve viral ningún discurso. Pero es la única que no produce, como efecto secundario, más antipolítica.

El problema es que en Argentina, en este momento, nadie sabe bien quien la representa. Y mientras esa pregunta queda sin respuesta, la frase sigue circulando con su tono de cansancio definitivo, confirmándose a sí misma.

Son todos iguales.

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