Escuchá esta nota
EL DIARIO digital
minutos
Palabras que construyen realidades políticas.
Por Federico Rodriguez Castro
"¡Hijo de p##a! ¿qué cobrás?" grita alguien en la tribuna. Otro replica lo mismo. Se amplifica. En cuestión de segundos, la tribuna entera se transforma en una horda de insultos dirigidos a quien imparte justicia en un partido de fútbol.
Supuestamente fue un foul mal cobrado. No importa. La jugada ya pasó, pero el enojo se quedó. Circulando. Contagiándose. Ya no importa si tuvo razón el árbitro. Si el VAR confirma o no la decisión. La emoción ya se activó. El clima de ira ya está instalado.
Esa escena no habla solo de fútbol y de que somos pasionales. Habla de algo más profundo.
Habla de una forma de funcionamiento emocional que hoy también organiza la política.
Un clima donde el enojo no se contiene, se expresa, se amplifica y, cada vez más, se legitima a través de un lenguaje directo, agresivo y muchas veces vulgar.
La política contemporánea ya no se explica solo por las ideas que circulan, sino por cómo esas ideas se dicen.
Por el tono, por la forma, por la intensidad.
Las palabras construyen realidad, ordenan, activan y sobre todo estimulan.
Y en ese marco, el lenguaje dejó de ser un medio para convertirse en una herramienta central de construcción política.
No todo puede decirse de cualquier manera (o asi creiamos que era). Existen formas disponibles, registros, códigos que organizan lo decible y funcionan algo asi como una guía.
Los actores políticos, incluso aquellos que se presentan como outsiders, no crean desde cero. Se insertan en posiciones que ya existen. Lugares que vienen con tonos, estilos, gestualidades y formas de enunciación predefinidas.
Por eso, muchas veces, discursos que parecen opuestos terminan compartiendo algo, la forma.
Hoy la política sigue discutiendo soluciones, pero se define cada vez más por quién interpreta mejor el clima de época.
Identificar el malestar. Nombrarlo. Canalizarlo y hasta capitalizarlo.
Ese es el núcleo.

Un mecanismo claro que primero detecta el enojo, después se le asigna una causa reconocible, y finalmente se lo orienta hacia una dirección concreta.
¿Estamos frente a una política que interpreta el malestar o frente a una que lo necesita permanentemente encendido y por eso lo estimula?
Porque ahí el lenguaje cumple un rol decisivo. Se vuelve más directo. Más tajante. Más cargado. Más emocional. Tal vez no más profundo. Pero sí más eficaz.
Aparece con fuerza un rasgo cada vez más visible de esta época, la vulgaridad como forma de discurso político.
Un lenguaje más filoso, más crudo, más confrontativo. Un lenguaje que busca impactar. Que termina persuadiendo, pero mucho mas activando emociones.
En un escenario donde muchos discursos tienden a parecerse, romper las formas tradicionales también construye poder.
Y la vulgaridad, la verborragia, funcionan en ese sentido como señal.
Señal de ruptura.
Señal de autenticidad.
Señal de supuesta cercanía con una sociedad que está enojada y ya no quiere filtros.

Pero ese corrimiento, ese desplazamiento de las formas de comunicarse, de hablar a la sociedad tiene efectos. La confrontación ya no viene encubierta sino que pasó a ser explícita. Lo que antes podia ser una chicana encubierta hoy ya es un misil direccionado denigrando al otro.
Ahi mismo la descalificación reemplaza al argumento, y el cuánto impacta, el cuanto resuena en la sociedad empieza a valer más que la propia construcción.
En ese contexto la vulgaridad lingüística y la agresión discursiva bloquean la argumentación compleja, reduciendo el intercambio político a reacciones inmediatas. De a poco, el lenguaje pierde densidad de sentido y se orienta más a generar efectos de alineamiento afectivo, operando como una forma de violencia simbólica.
Lo que aparece entonces es un dispositivo que desactiva el pensamiento crítico, que sustituye el conocimiento y que encima naturaliza la degradación del debate público.
La utilización del grito, de la humillación del adversario, de la obscenidad reiterada no parecen ser improvisaciones, ni recursos fuera de lugar causados por la emoción de la situación y el contexto. Son estrategias comunicativas que tienen eficacia. Que activan respuestas emocionales primarias y que desplazan la reflexión, y hasta en muchos casos reemplazan la evidencia.
El receptor deja de ser interpelado a pensar políticas, para pasar a reaccionar y nada mas.
Ira.
Desprecio.
El dolor social se convierte en espectáculo, y lamentablemente la burla pasa a ser una estrategia.
En ese marco aparece también una teatralidad del pensamiento político.
Ahi el discurso empieza a escenificarse, junto a la transmisión de ideas. Pero el gesto, el tono y la forma pesan más que el contenido.
La política se transforma en un teatro del pensamiento, donde muchas intervenciones públicas funcionan más como performances que como instancias reales de deliberación. Actos pensados para generar impacto, momentos diseñados para ser replicados, recursos que antes parecían ajenos a la política y hoy aparecen con naturalidad. Música, escenografía, incluso dirigentes que sacian sus ganas de cantar frente a la multitud canciones que suenan mientras se bañan, como parte de esa construcción.
Todo ello generando el desplazamiento a una política más superficial, más preocupada por el impacto y buscando la reacción inmediata. Corriendose de la discusión de ideas, y quedándose más con la lucha moral, ética y axiología.
El discurso configura la realidad política. Ordena lo que se ve, lo que se entiende, lo que entra en discusión, lo que se siente.

Ahora bien ¿La vulgaridad de esos discursos, la agresión que contienen, permiten realmente discutir ideas? ¿Abren alguna discusión real, o la cierran antes de que empiece?
Lo que está en juego no es solo el tono del debate si es que todavía hay debate.
Es la posibilidad misma de construir una conversación. De pensar. De exponer. De defender ideas, soluciones, alternativas. De argumentar con fundamentos.
Porque ahí el problema no es solamente de los que hablan, los dirigentes.
Es nuestro, como sociedad.
De qué escuchamos, qué repetimos, de qué estamos dispuestos a validar.
Y sobre todo, de qué estamos dispuestos a debatir y como .-