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Crisis de representación y nuevo mapa político

Desencanto ciudadano y búsqueda de nuevas identidades políticas.

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Por Federico Rodriguez Castro

Los partidos políticos funcionan como formas relativamente claras de entender el mundo. Articulan intereses sociales, ideas económicas, visiones sobre el Estado y proyectos sobre hacia dónde debe ir un país.

Podría decirse que los partidos actuaban como instituciones de mediación entre la sociedad y el poder político. En ellos se organizaban militancias, se ofrecian identidades colectivas relativamentes estables, se canalizaban demandas sociales y se estructuraban debates ideológicos. Si, estoy hablando en pretérito imperfecto porque ese sistema hoy parece estar seriamente debilitado.

El primer síntoma, y que primeramente se refleja en datos es que cada vez vota menos gente.

Las elecciones de los últimos años muestran síntomas cada vez más visibles y una tendencia muy marcada. Participación electoral que cae, votantes cada vez mas volátiles, identidades políticas más débiles y un creciente desinterés por la política institucional.

En cada comicio que pasa, indistintamente del resultado, nos deja la misma señal de alarma.

Y esto por qué pasa? En los próximos minutos de lectura intentaré responder, o más bien dar una visión personal.

Algo no está funcionando. Claramente existe una crisis de representación política, que recae sobre los partidos políticos pero que debería analizarse en el sentido de que el vínculo entre la sociedad y quienes la representan se encuentra roto. Y cuando ese vínculo se rompe, lo demás empieza a tambalear.

Una parte significativa de la sociedad siente que la política dejó de resolver problemas concretos y se convirtió en un sistema que habla un lenguaje cada vez más distante de la vida cotidiana, cada vez más distante del ciudadano común.

El malestar social aparece cuando las necesidades básicas dejan de encontrar respuesta.

Economía. Empleo. Salud. Educación. Seguridad. Pilares fundamentales para cualquier sociedad que, en muchos casos sino en su totalidad, llevan años sin mostrar mejoras sostenidas.

Al no ofrecer soluciones concretas para estos aspectos trascendentales para la vida, la desconfianza en la política en general aumenta. Y eso salpica a todas las ramas. Las personas dejan de sentirse representadas, dejan de identificarse con partidos, dejan de interesarse por la política. Dejan de creer.

Ese tema tan recurrente en las sobremesas, en sentadas de café, en grupos de whatsapp ya es desplazado por otras temáticas, (más banales tal vez). Y no creo que sea porque la política haya dejado de tener relevancia, sino más bien porque pareciera que ha dejado de ser eficaz.

El capital simbólico de los partidos se redujo. La legitimidad social de las instituciones políticas se debilitó. Existe un descontento social, atravesado por el enojo, ira, frustración y hasta sensación de abandono.

Y como todo en este mundo, los sentimientos y las emociones se canalizan y capitalizan.

En ese contexto, el sistema político comienza a reconfigurarse. Aparecen liderazgos personalistas, outsiders políticos económicos, movimientos articulados desde redes sociales y personajes que construyen poder desde su visibilidad mediática y no tanto de estructuras partidarias tradicionales.

Son una solución o simplemente una reacción? Probablemente ambas.

El desgaste de los partidos políticos tradicionales, sumado al malestar social acumulado abren espacio a proyectos políticos que prometen romper con el sistema existente y dar respuesta a las necesidades básicas.

Durante gran parte de este siglo, Argentina estuvo atravesada por discursos políticos vinculados al progresismo, a la expansión de derechos colectivos, a un rol más activo del Estado. Pero hoy el clima cultural parece haberse desplazado hacia otro lugar.

Las ideas liberales, antiestatistas o de derecha comenzaron a ganar visibilidad social y, en muchos casos, éxito electoral.

Y por qué surgen? podemos seguir redundando en la misma cuestión y vamos a estar un largo rato, sino eterno, discutiendo y encontrando cada vez más factores que influyen. Pero hay algo clave, algo vital y considero que es lo más relevante.

Cuando amplios sectores sociales, perciben que el modelo político anterior ya no responde a las expectativas, ya no resuelve los problemas de la gente, ya no están ni cerca de satisfacer necesidades, y tampoco se visualiza un horizonte de mejora. Estos movimientos aparecen.

Pero no hay que obviar, que las sociedades suelen oscilar entre modelos, discursos e ideologías. Siempre al compás de un movimiento pendular, que forma parte del funcionamiento normal de la democracia.

Cuando un modelo político pierde capacidad de respuesta, emerge otro que promete corregir sus errores. Hasta que con el tiempo ese nuevo modelo también comienza a mostrar sus propios límites y errores.

Qué pasará cuando ese péndulo vuelva a moverse? Porque la política es así, siempre vuelve a moverse, y encima es cíclica.

Y cuando eso ocurra, quienes aspiren a representar nuevamente a una parte importante de la sociedad tendrán que hacer algo más que esperar el desgaste del gobierno de turno. Tendrán que empezar por algo que rara vez aparece, una verdadera mea culpa.

Preguntarse con honestidad por qué millones de personas dejaron de sentirse representadas. Por qué amplios sectores sociales comenzaron a desconfiar de los partidos tradicionales, de los ismos. Y sobre todas las cosas, tendrán que preguntarse por qué durante tanto tiempo muchas demandas sociales quedaron sin respuestas.

Ese ejercicio de autocrítica además de ser moral, es político. Porque comprendiendo las causas del malestar social, es como se puede reconstruir representación.

La política que aspire a reconstruir vínculos con la sociedad tendrá que pensar nuevas formas de representación acordes al ciudadano del siglo XXI, al tipo común.

Un ciudadano más informado, más impaciente, más hiperconectado, más perspicaz. Que valoriza otros aspectos que hacen al desenvolvimiento integral como ser humano. Que busca dinámica para no aburrirse pero que también necesita estabilidad. Un nuevo modelo de trabajador.

Un ciudadano que exige resultados concretos. Que compara políticas públicas con lo que ocurre en otras partes del mundo, porque la globalización nos dio la posibilidad de saber bien lo que sucede en otras partes.

Que vive en un ecosistema digital donde la información circula a una velocidad inédita.

Y aquellos partidos que no logren comprender esa transformación cultural, seguirán hablando un idioma que cada vez menos personas están dispuestas a escuchar, y se encontrarán cada vez más alejados del tipo común.

Seguramente estamos atravesando una transición entre un modelo de representación que se agotó y otro que todavía no termina de aparecer.

Entre partidos que ya no logran canalizar el malestar social y nuevas formas de liderazgo que todavía no sabemos si podrán hacerlo.

Mientras tanto, aunque por momentos quieran tambalearla, la democracia sigue funcionando. Pero con ciudadanos cada vez más escépticos.

Y con dirigentes que todavía buscan la manera de volver a representarnos, de satisfacer nuestras necesidades.

O al menos eso quiero creer.-

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