El pampeano que se destaca en el turf nacional y repasa su trayectoria a treinta años de un hito.

Gustavo Scarpello es un santarroseño que hace 40 años emigró a Buenos Aires para estudiar ciencias veterinarias. Y hoy, con el camino recorrido, es posible decir sin lugar a retruques que es un consagrado entrenador de caballos sangre pura, los que pasean en las redondas y atropellan en las canchas de los circos hípicos más importantes de la Argentina: San Isidro, Palermo y La Plata. Lo prueban sus más de seiscientas victorias.
Entrenó, entre otros grandes exponentes del mundo hípico nacional, al mítico Fanatic Boy (ganador del Gran Criterium G-1 y el Gran Premio Nacional G-1) y a As de Pick (9 de Julio).

Es hijo de Salvador Totó Scarpello (fallecido el año pasado) y Egda Chichí Porrini, y hermano de Lito Scarpello. Cursó sus estudios primarios y secundarios en la entonces Escuela Normal Mixta Julio Argentino Roca de Santa Rosa, está casado desde hace 26 años con Daniela y es padre de tres hijos (Luca de 25, Franco de 23 y Agostina de 18).

Un sábado 30 de junio pero de 1990 daba el golpe como cuidador de caballos en el Hipódromo de San Isidro. En ese césped perfecto, en un día de sol y con los rayos tibios atravesando los huecos del paddock, Oscar Conti llevaba a la victoria a ese crack llamado Fanatic Boy en el Gran Criterium, un Grupo 1 en la escala internacional.
“Tal vez Fanatic Boy fue el mejor caballo, por la categoría de carrera que ganó, que tuve”, le cuenta Gustavo a El Diario. En ese sábado de invierno, Scarpello tomaría envión y se haría realmente fanático del sangre pura, como un chico, y buscaría una de las gemas más valiosas del calendario argentino: el Gran Premio Nacional.

El pampeano sacaría así el pasaje al salón de los elegidos al ganar el 30 de noviembre de ese año en Palermo el último eslabón en la cadena para animales de 3 años, el verdadero Derby del turf argentino.

“Después de un tiempo te das cuenta la inmensidad que es ganar un Nacional. Ha habido grandes entrenadores en la historia del turf que no han podido ganar un Nacional. Tal vez era muy joven, a los tres años de haber empezado a entrenar, gané ese Gran Premio. Después tuve una sola oportunidad de volver a participar con Equal Band y salió cuarto” recuerda Scarpello.

Ese día histórico para todos los que llegaron con “La Rosa” en la mano y se acercaron y metieron un billete al enemigo del favorito ‘Valuado’, en el segundo piso de la agencia de la calle 9 de julio en Santa Rosa o en una ventanilla del coloso de arena porteño. Y Fanatic Boy no los defraudó. El hijo de Mat-Boy y Frau Paula, criado en el Haras La Biznaga, tocó el cielo.

“Fue un día más que especial. Me agarró muy joven, fue al tercer año que empecé a entrenar. Hizo parecer que todo era fácil. Fanatic Boy llegaba como ‘enemigo’ de Valuado, que venía de ganar el Casey de punta a punta y por varios cuerpos. Nosotros veníamos de entrar segundos de Algenib en una pista fangosa del Jockey Club. Los dos venían con campañas promisorias. Era casi un mano a mano ese día. Se juntaron faltando 300 metros para el disco y de ahí Fanatic Boy se empezó a despegar y ganó” recuerda, casi como si pusiera los ojos en ese disco, con la fusta de Conti al aire, cortando el aire de felicidad.

Scarpello recuerda que al año siguiente corrió todos los clásicos de G1 con Greek Critic, que ganó el Alzaga Unzué de potrancas, y todo parecía color de rosa. Pero los años buenos fueron años más o menos. Nada comparable con la historia escrita por Fanatic Boy.

“Tuve varios buenos caballos, As de Pick fue otro que ganó grupo 1, Greek Critic, Duvets, Trenzado, Sehgal, Baiaro, y hace tres años saqué al campeón a Touareg, un muy buen caballo”, dice. “Pero Fanatic Boy fue, creo, el mejor. Hay que tener en cuenta que un Nacional es otro tipo de carreras. Y fue un día muy especial. Pocas veces podés llegar a correrlo. Tuve otra posibilidad de volver a correrlo con un caballo que se lesionó faltando 200 metros para el final y entró cuarto. Es muy difícil llegar al Nacional con chances”.

Su historia

Gustavo estuvo por ir a estudiar ingeniería, pero la cercanía de su familia con el ambiente de los caballos, pesó más a la hora de las decisiones y se inclinó por la veterinaria. Así comenzó sus estudios en la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad de Buenos Aires a fines de los ’70.

Su padre compró su primer caballo en el año 67, cuando arrancó como propietario. A los 7 años, ya, Gustavo encontró la pasión por esta vida y sintió un amor a primera vista con los animales.

“Yo iba a estudiar ingeniería, pero finalmente decidí estudiar veterinaria, no porque me gustara la clínica sino porque me gustaban los caballos, y por supuesto los caballos de carreras que han sido a lo que me he dedicado toda la vida. Hago veterinaria de mis caballos nada más y me dediqué al entrenamiento desde el 86, 87, luego de haberme recibido, con una yegua llamada Gouanda. Con ella gané mi primera carrera” recuerda.

Al poco tiempo le arrimaron otros caballos hasta el gran impacto del 90 con Fanatic Boy. “Tuve la suerte de tener varios caballos, muchos buenos, ganadores de G1, y otros que están dentro de mi corazón como Comuna, una yegua que nos dio grandes satisfacciones, criada por nuestra familia en Santa Rosa, con la que ganamos la Polla de Haras Pampeanos. Esa yegua se exportó a Francia” confiesa. “En años muy difíciles para el país, tuve la oportunidad de mudarme del departamento en que vivía a una casa. Y siempre todo lo que conseguí, me lo dieron los caballos. Así que soy un eterno agradecido a ellos. No te podés olvidar de ellos nunca”.

El cuidador pampeano siempre entrenó en San Isidro con la excepción de haber arrancado en el campo vareando algunos caballos. “Algunas veces fui a Santa Rosa a correr en la Polla de Haras Pampeanos, que ganamos en dos oportunidades, pero llevo muchos años ya en Buenos Aires”.

Condiciones de crack

En el turf, como en el fútbol, los caballos son como los jugadores. Hay de los buenos, de los muy buenos y aquellos que están en otra escala, en un peldaño tallado en bronce por reunir varias aristas: estética, porte, condiciones, carácter y, la más importante e intangible y es la que preferencia del público que en algunos casos hasta se convierte en idilio. Ahí, cuando caminan sin obstáculos al salón de la fama, es cuando los cracks pasan a ser mitos.

“Son muchos los factores que intervienen para sacar un crack. Gracias a Dios he tenido la oportunidad de cuidar muy buenos caballos que llegaron a correr carreras de Grupo, algún otro que no llegó a correrlos por problemas de sanidad y ahí sí empieza a jugar el factor suerte. Por ejemplo Duvets el día que se fracturó venía ganando por varios cuerpos en San Isidro. Ese hubiera sido un caballo de Grupo 1 seguro, tenía un potencial enorme” recuerda el cuida pampeano.

“Por estadística hay un lote de padrillos que por tener buen pedigree y buenas madres, dan  caballos ganadores, son los que ganan más y son un determinado lote. Después siempre se mezcla algún otro caballo que no tiene tanta genética, y ahí a lo mejor un padrillo que no tiene tanto renombre  o tanta sangre se puede llegar a destacar como reproductor” aporta.

Gustavo remarca que "con el tiempo” también se va haciendo “el ojo”. “Muchas veces también dependés de los propietarios que te puedan apoyar, para poder elegir un caballo que puede llegar a ser de primera línea. Pasa que vas a un remate o una presentación de un Haras y te gustaría comprar determinado potrillo y no podés porque escapa al presupuesto. A un gran cuidador lo hace un gran caballo también. Nunca hubo grandes cuidadores que hayan cuidado caballos que genéticamente no tengan el potencial para ser grandes caballos. Si no tenés herramientas, difícilmente puedas competir. Por eso a veces ves a cuidadores que tuvieron mucho éxito en determinado momento y después desaparecen. Si no tenés ‘material’, es difícil que tengas un gran caballo. En la familia, el haras nació como una ilusión de papá, por los 70. Siempre quiso tener un pedazo de campo con la idea de criar potrillos, tener una yegua para madre… fue un pequeño emprendimiento familiar y hemos tenido bastante éxito. South Kissing y Dali Fitz nos fue bastante bien”.

El interior

Scarpello se crió entendiendo el valor del sacrificio que implica vivir en el interior y soñar en grande. Sabe cuál es la escalera a la fama y conoce, desde adentro, el esfuerzo que se necesita para hacerse un lugar en la hípica grande de Argentina.

“En el interior del país hay buenos entrenadores en el interior, que tienen ventajas y desventajas. En el interior se le puede dar más tiempo a un caballo para que desarrolle su potencial por razones de costo y si lo parás, uno o dos meses, no es tan costoso como puede serlo acá en Buenos Aires. La desventaja es que no todos tienen un equipo de personal y tal vez a veces se atrasan por eso. Pero hay, hubo y seguirá habiendo buenos entrenadores en el interior” dice y agrega: “Lo que veo es que ha cambiado mucho la calidad de caballos. Años atrás era muy difícil ver un animal con buena genética en el interior pero hoy en día, hay propietarios que invierten en genética y en buenos entrenadores. Hay una genética superior a lo que podías encontrar 15 o 20 años atrás y eso hace a que haya también buenos caballos”.