Por Juan Galo Santamarina*

Escribir hoy me cuesta más que nunca, con su partida tan cercana. No quiero hablar de Morisoli, porque Morisoli es inmortal. Quiero hablar de Edgar. “Prefiero la ternura a la ambición, prefiero la solidaridad al egoísmo, prefiero la lealtad a los objetivos personales” (1).

Mi abuelo era un hombre de a pie. “Un gran tipo, honrado. Siempre humilde, sencillo, charlaba con cualquiera, un buen amigo. Digno de imitar, nunca te dejaba con la mano estirada”, me dijo Don Pineda cuando sus nietos, mis amigos, le acercaron la noticia de su internación. Y elijo esas palabras porque lo definen en su más honda humanidad.

Mi abuelo se hizo pampeano por su gente y sus paisajes, por sus paisanes de los puestos, por la sabiduría baqueana que se mueve con sapiencia por la homogénea llanura pampeana; de los yuyos aprendió con el balsero de 25 de mayo, de la cocina con las cocineras de campaña monte adentro. Atesoraba sus nombres y sus enseñanzas con memoria de elefante. Y allí radicaba su fe, su amor y sus esperanzas: en los pueblos.

La lección de la diuca es un ejemplo de ello. Juan Huelches, paisano amigo le dijo: “La diuca no canta porque esté por amanecer… canta para que amanezca”.

En los años 60, durante el gobierno de Frondizi y el plan CONINTES, lo andaban buscando, el comisario de La Adela, Don Silvano Álvarez, recibió la orden y le avisó a mi abuelo, dándole, a la vez, un lugar para guardarse en un campo hasta que pasara. Y allá fue, con el encargado del campo, un hombre callado. Como estaba de gusto, una noche decidió hacer una sopita y en su torpeza hogareña se le cayó el paquete entero de orégano en la sopa. El paisano, respetuoso, reservado, no dijo nada y cenó tranquilo. Al otro día, almuerzo mediante le dijo, “muy rica la sopita de orégano de anoche don Edgar”.

Herencias.

Mi prima hacía 3 años que vivía en Estados Unidos y en este quilombo de la cuarentena fue repatriada, puesta en aislamiento 14 días. Al enterarse de su arribo dijo “pensé que no iba a verla más”. Valentina llegó a ver su abuelo, el último día que él tuvo energías fue para ella. Ayer mientras hablábamos ella me contaba que lleva consigo una constante curiosidad que fue heredada, la necesidad de aprender y aprehender constantemente. Y que entendía eso como la herencia de Edgar y Margarita.

Edgar vivía el amor con la más profunda pasión, con la más absoluta entrega. Largas llamadas nos conectaban en la distancia. Sendos abrazos y caricias nos esperaban en los encuentros. Lecturas de cuentos, las aventuras de Asterix y Obelix, Lucky Luke y cuantas otras más nos acompañan hasta el día de hoy. Cuando llegaba de visitas mi hermano José junto a Cintia y les peques Uma y Simón, mi abuelo los recibía al grito de “llegaron los chiripitiflaúticos”, onomatopeya que resumía la algarabía de les bisnietes.

“El amor en un sentido amplio e integral es la única riqueza verdadera de la vida... Y además el amor tiene un rasgo que lo distingue de todo lo demás, la gratuidad... El amor se da entero porque sí, sin condiciones, sin preguntar incluso si va a haber respuesta, el amor se brinda, se ofrece, cuando la encuentra mucho mejor porque entonces la vida empieza a cuajar en otras instancias” (2).

Cuenta mi madre (Moira) que en sus primeros tiempos de noviazgo con el Sangre (Oscar), un día decidieron ir al cine. Al contarle a Edgar sobre la cita, él contestó “Moirita, él es un estudiante capaz que no tiene plata”, preocupándose por las condiciones socioeconómicas del candidato.

Moira fue criada en total libertad, tan así que en plena dictadura fue a un congreso de estudiantes universitaries, bajo un alias, junto a otres compañeres que ni conocía. “Ni yo los críe a ustedes con tanta libertad”, dice mi madre hoy.

Alguien me dijo alguna vez, “pensé que tu abuelo vivía en un castillo”. Y a mi me molestó bastante. Mi abuelo nunca acumuló riquezas materiales. Hoy celebro esa metáfora. Sí, mi abuelo vivía en un castillo. Con una atalaya disfrazada de olmo, murallas de libros y donde las cartas aún se escriben a máquina. Por corazón la cocina. En ese corazón nos encontramos siempre. Mis primos Facundo y Juan Cruz recuerdan llegar y que de la salamandra salieran humeantes batatas al rescoldo camino a la mesa para ser cuchareadas brutalmente por ellos. Yo más de grande venía a cocinarle sus platos preferidos: Costeletas de cerdo con estragón, morrones asados en aceite de oliva. Salpicón o ropa vieja, nombre que varía según la familia.

Pero no era sólo un lugar para nosotros. Durante las épocas tristes de la colimba obligatoria, muchos veinticinqueños se sentaban en esta mesa los domingos. Ayer nos escribía y lo recordaba Pepe Pereyra.

"El amor va a triunfar".

“No hay más que dos alternativas: o triunfa el amor o triunfa este mundo en deterioro, este mundo que nos rechaza, que hace cada vez más difícil la vida. Pero yo sé, sé profundamente, sé en lo más íntimo que el amor va a triunfar. A lo mejor ese triunfo no lo veo yo… lo ven los más chicos, los bisnietos pero va a triunfar porque en particular los pueblos no se suicidan” (3).

Cuenta mi tío Raúl Aguirre, su sobrino, hijo de Hebe Monges, que atesora el recuerdo que cuando su madre estaba muy mal y fue diagnosticada con depresión, mi abuelo dejó todo y partió rumbo a Buenos Aires, haciéndose cargo de la situación, buscando la mejor solución, ayudando. Y que para él fue un gesto de amor tan inesperado como profundo, “como era él, solidario”.

Juan Pablo su hijo, de mozo supo ser bastante aventurero, salía a hacer recorridos en moto y de vez en cuando algún que otro problema surgía. Y allá iba Edgar, al auxilio y rescate de su hijo.

Y con Margarita qué contarles. Su amor fue tan intenso como indescriptible. Pero un día cuando Dulcesombra ya estaba enferma, sufría de algunos cambios bruscos de temperamento. Estábamos presentes con Juan Cruz, cuando en uno de esos momentos, mi abuelo pasa a su lado y le dice suavemente “Qué pasa Coneja” y ella giró acariciándole una mejilla y sonriendo le dijo “Conejo”, que nos hizo explotar en llanto a ambos primos.

“En circunstancias casi diría mundiales, que propician más el escepticismo, propician más el desencanto y el desencantamiento del mundo yo sigo apostando, por el hombre, por los pueblos, por la esperanza” (4).

* Productor de televisión en el Instituto Universitario Patagónico de las Artes (IUPA) y nieto de Edgar Morisoli.


1. Edgar Morisoli en “Morisoli, un hombre que escribe versos”, de Roberto Ramonda.
2. Ídem.
3. Ídem.
4. Ídem.