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EL DIARIO digital
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La Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires presentó una guía que redefine la prevención y detección de la conducta suicida en jóvenes, incorporando datos inéditos sobre la magnitud del problema y estableciendo nuevas claves para la intervención clínica inmediata.
El documento, elaborado por un equipo de especialistas locales con respaldo metodológico y legal, revela que en Argentina ocurrieron 22.249 intentos de suicidio en adolescentes y jóvenes entre abril de 2023 y octubre de 2025, según el Sistema Nacional de Vigilancia de la Salud, y alerta sobre los factores de riesgo emergentes que la salud pública debe atender para frenar esta tendencia.
El suicidio, una problemática cada vez más presente en adolescentes
La guía subraya que el suicidio en jóvenes está lejos de ser una excepción: constituye una de las principales causas de muerte a nivel mundial para esta franja etaria. Si bien tradicionalmente se vincula el suicidio con adultos mayores, hoy la evidencia demuestra un aumento llamativo entre adolescentes, sobre todo en países de bajos y medianos ingresos. En términos globales, cerca de tres de cada cuatro muertes por suicidio ocurren en estos países, lo que desmiente el mito de que se trata de un fenómeno propio de sociedades desarrolladas.

En Argentina, el informe advierte que el grupo de 15 a 19 años presenta la tasa más alta de intentos de suicidio, con 124 casos cada 100.000 habitantes, seguido por quienes tienen entre 20 y 24 años, donde la tasa alcanza los 114 por cada 100.000. Además, el 61 % de los intentos corresponde a mujeres. Sin embargo, la letalidad de los intentos en varones es cinco veces superior: mientras que el 10,8 % de los intentos masculinos terminan en muerte, ese porcentaje desciende al 2,1 % en mujeres.
Factores de riesgo: más allá del diagnóstico, una red de vulnerabilidades
La guía sostiene que no existen causas únicas del suicidio, sino un entramado de factores de riesgo que se potencian entre sí, desde los biológicos hasta los socioculturales. El 90 % de los jóvenes que mueren por suicidio tienen al menos un diagnóstico psiquiátrico, como depresión, trastorno bipolar, TDAH, TEA o conductas alimentarias. Pero también pesan los antecedentes de autolesiones, la historia familiar de suicidio, el abuso o la negligencia infantil, y el aislamiento o la falta de apoyo social.

El contexto cobra un rol fundamental. El "bullying", el ciberacoso, la discriminación por orientación sexual (en el caso de jóvenes LGBTQ+), las minorías étnicas, el consumo problemático de sustancias y la exposición a conductas suicidas en redes sociales constituyen factores de alto riesgo. A esto se suman las altas exigencias académicas, dificultades de aprendizaje sin abordar y entornos educativos sin apoyo emocional.
La novedad del enfoque radica en el uso del modelo de red causal compleja: cada joven se encuentra en una dinámica única de factores interrelacionados. "La combinación de varias vulnerabilidades es la clave para comprender por qué algunos atraviesan crisis suicidas mientras otros logran sobreponerse", advierte el documento.

Factores protectores y señales de alarma
Frente a los riesgos, la guía da un lugar especial a los factores protectores: la alta autoestima, la capacidad de regulación emocional, la presencia de redes de apoyo sólidas y un ambiente seguro pueden inclinar la balanza del lado de la resiliencia. Aquí es donde el acceso a la salud mental resulta decisivo.
Uno de los aportes más útiles para el ámbito sanitario es la identificación concreta de señales de alerta. Se consideran de alto riesgo los antecedentes de intentos previos, la agitación extrema, la búsqueda activa de métodos para suicidarse, los cambios abruptos de ánimo, las conductas de despedida, el acceso a armas o sustancias letales, y la explicitación verbal del deseo de morir. En todos estos casos, la guía establece que la acción debe ser inmediata.
Para el riesgo moderado, el foco está puesto en el aislamiento social, la inestabilidad emocional y el abandono de actividades previas, mientras que en el riesgo bajo predominan el malestar emocional y las dificultades cotidianas sin ideación suicida concreta, aunque igual requieren seguimiento profesional.

Herramientas de tamizaje y criterios para la intervención
La guía introduce el uso sistemático de instrumentos como la Escala Columbia (C-SSRS) una herramienta internacional validada para registrar la gravedad de la ideación suicida y otras escalas adaptadas para adolescentes argentinos, como la Escala Argentina de Suicidalidad para Adolescentes y la escala DERS para evaluar dificultades en la regulación emocional.
Entre las recomendaciones prácticas, se destacan las siguientes frases para una entrevista inicial: "¿Sentiste que vos o tu familia estarían mejor si estuvieras muerto?", o bien "¿Pensaste en cómo te quitarías la vida?". Si ante estas preguntas surge una respuesta afirmativa con detalles de plan o acceso a medios, la guía ordena derivación inmediata a salud mental y acompañamiento continuo. En palabras del documento: "Ante riesgo grave o inminente, comunicarse inmediatamente con el servicio de urgencias de su cobertura médica o con el servicio público de emergencias No dejar sola a la persona, mantener un acompañamiento continuo y limitar el acceso a medios potencialmente letales".
El fenómeno de la autolesión y el bullying como riesgos crecientes

Un aspecto que sobresale del análisis es la distancia entre la frecuencia de la ideación suicida y la consumación. "Por cada persona que muere por suicidio, hay un promedio de 25 intentos", cifra que muestra el margen que ofrece la prevención. Y entre los principales riesgos actuales, el documento destaca el aumento de autolesiones en jóvenes: entre el 13 % y el 25 % de los adolescentes se ha autolesionado al menos una vez, fenómeno que sube al 40 % de prevalencia en quienes también presentan ideación suicida.
En cuanto al bullying, la guía refiere investigaciones que muestran que quienes lo padecen tienen hasta 2,5 veces más probabilidades de intentar suicidarse. El ciberbullying agrava el panorama, ya que puede ser más anónimo, constante y difícil de detectar inicialmente.
Cómo actuar tras un caso: la posvención como parte de la prevención
Uno de los capítulos menos abordados habitualmente es el de la posvención: las estrategias posteriores a una muerte por suicidio. La guía advierte sobre el peligro de la "transmisión social del acto suicida" y establece que las intervenciones deben proteger del "efecto Werther", es decir, la imitación de la conducta tras su difusión pública, especialmente si se trata como un hecho heroico o se comparten detalles del método. En contraste, la comunicación responsable y la validación de alternativas de ayuda constituyen el llamado "efecto Papageno", que puede salvar vidas.
Para comunicadores y entornos institucionales, la guía insiste en no romantizar, ni detallar métodos o circunstancias, y en resaltar siempre recursos de ayuda y alternativas positivas. La propia guía recuerda la existencia de leyes que regulan la publicación de noticias sobre suicidios, instando a una estricta observancia de estas normas.
Mitos frecuentes y errores institucionales
El documento desmonta mitos muy arraigados: "El que lo dice, no lo hace"; "Hablar sobre suicidio puede inducirlo"; "Los que intentan suicidarse solo quieren llamar la atención". Reafirma que preguntar abierta y respetuosamente no aumenta el riesgo, sino que puede servir para ofrecer contención y activar redes de ayuda. Además, subraya la importancia de evitar errores como minimizar lo que relata la persona, quedarse en silencio ante el riesgo o derivar sin acompañamiento.
La Guía enfatiza en todo momento que la prevención y el tratamiento de la conducta suicida en jóvenes demandan una acción colectiva: involucrar a la familia, a la escuela, a los equipos de salud, a otros adultos significativos, y mantener canales de comunicación directa, sin estigma ni dramatización. "El abordaje del suicidio es una tarea colectiva, no individual", concluyen los autores.
El último dato destacado del informe es que cada señal de alerta amerita una respuesta inmediata, y que la protección de la vida prevalece por sobre cualquier temor a la reacción de la persona afectada o al enojo de su entorno.