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EL DIARIO digital
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El 12 de agosto de 1985, un Boeing 747 de Japan Airlines despegó de Tokio con 524 personas a bordo y jamás llegó a Osaka. Durante más de media hora, la tripulación luchó contra un avión prácticamente ingobernable hasta estrellarse contra una zona montañosa. Murieron 520 personas y solamente cuatro sobrevivieron. Las grabaciones de cabina y sus testimonios reconstruyeron una de las tragedias más estremecedoras de la aviación comercial.
"Virar a la derecha ¿Qué es esto?".
La pregunta del comandante Masami Takahama fue una de las primeras señales de que algo terriblemente grave estaba ocurriendo dentro del vuelo 123 de Japan Airlines.
Era el 12 de agosto de 1985. El Boeing 747 había partido desde el aeropuerto de Haneda, en Tokio, rumbo a Osaka. A bordo viajaban 524 personas.
Nunca llegaron.
Apenas iniciado el vuelo comenzaron los problemas y el comandante pidió regresar. Desde la torre le indicaron las maniobras necesarias para volver a Tokio.
Pero para entonces el gigantesco 747 estaba librando una batalla que su tripulación todavía no comprendía completamente.
Poco más de media hora después, el avión terminó estrellándose en una región montañosa ubicada aproximadamente a 100 kilómetros al noroeste de Tokio.
"¡Levante la nariz!"
Las grabaciones recuperadas después del accidente permiten dimensionar la tensión dentro de la cabina.
Junto a Takahama estaban el copiloto Yutaka Sasaki y el ingeniero de vuelo Hiroshi Fukuda.
La primera alarma fue contundente: había problemas con la presión hidráulica.
A partir de allí comenzó una pelea desesperada por controlar la aeronave.
"Derecha, copiloto Derecha", ordenó Takahama.

Más adelante apareció otra preocupación: la tripulación creyó que el desperfecto podía encontrarse en la zona posterior, concretamente en la puerta R5.
Mientras intentaban comprender qué estaba pasando, continuaron buscando desesperadamente alguna manera de gobernar el avión.
Bajaron el tren de aterrizaje. Evaluaron los flaps. Modificaron potencia. Intentaron levantar y bajar la nariz.
Las órdenes del comandante se volvieron cada vez más urgentes.
"Potencia".
"Levante la nariz".
Hasta que el sistema de proximidad del terreno comenzó a advertir que el suelo estaba peligrosamente cerca.
Después llegó el impacto.
Y el silencio.
520 muertos y apenas cuatro sobrevivientes
El vuelo 123 quedó grabado para siempre como el accidente aéreo con mayor cantidad de víctimas mortales protagonizado por una sola aeronave.
De las 524 personas que viajaban a bordo, 520 murieron.
Solo cuatro mujeres sobrevivieron: Keiko Kawakami, Mikiko Yoshizaki, Hiroki Akawama y Yumi Ochiai, una azafata que viajaba fuera de servicio.
Pero sus testimonios dejaron posteriormente una revelación todavía más dolorosa.
No todos habrían muerto inmediatamente.
Según los relatos posteriores, había pasajeros con vida después del impacto. Algunos fallecieron por las heridas y otros en medio de los incendios.
El lugar donde cayó el avión era extremadamente difícil de alcanzar y los primeros rescatistas llegaron unas 17 horas después.
Aquella demora se transformó en uno de los capítulos más controvertidos y desgarradores de la tragedia.
La azafata que despertó entre los restos
El relato de Yumi Ochiai resultó fundamental para reconstruir lo sucedido dentro de la cabina de pasajeros.
Viajaba fuera de servicio y se había quedado dormida después del despegue.
Un fuerte estruendo la despertó.
Recordó una especie de niebla blanca invadiendo el interior, las máscaras de oxígeno cayendo, gritos y un avión que comenzaba a sacudirse violentamente.
Los tripulantes prepararon a los pasajeros para un posible aterrizaje de emergencia.
Ochiai, pese a estar viajando como pasajera, se levantó para ayudar a sus compañeros.
Después regresó a su asiento, se colocó el cinturón y adoptó la posición de emergencia.

Entonces todo empeoró.
Asientos, equipajes y partes del interior comenzaron a desprenderse.
Hasta que observó algo que le hizo comprender la dimensión de lo que estaba sucediendo: podía ver el cielo a través de una abertura en el fuselaje.
Luego perdió el conocimiento.
Despertó rodeada de cadáveres
Ochiai recuperó la conciencia en plena oscuridad.
Estaba atrapada entre asientos y restos del avión, con una fractura de pelvis y fuertes dolores.
Consiguió liberarse del cinturón y arrastrarse algunos metros antes de volver a desmayarse.
Cuando despertó nuevamente ya era de día.
Entonces vio la dimensión del desastre.
A su alrededor había cuerpos de pasajeros fallecidos.
Había sobrevivido a una catástrofe que prácticamente había borrado del mapa a todos los ocupantes del avión.
Keiko tenía 12 años y escuchó morir a su familia
Todavía más estremecedor fue el testimonio de Keiko Kawakami, que tenía solamente 12 años.
La niña viajaba junto a sus padres y su hermana mayor después de pasar unas vacaciones en Tokio.
Recordó un ruido violentísimo, objetos volando y una abertura en la parte superior del avión.
Después del impacto quedó atrapada junto a su familia.
Su padre dejó de responder primero.
Su hermana le dijo que estaba frío.
Más tarde dejaron de escucharse también las voces de su madre y de su hermana.
Keiko pasó parte de la noche entre los restos hasta que finalmente llegaron los rescatistas.
Su declaración ayudó a confirmar una de las conclusiones más dolorosas: hubo personas que sobrevivieron inicialmente al impacto pero murieron durante las horas posteriores.
Los pilotos buscaban una falla donde no estaba
Dentro de la cabina existía otro drama.
La tripulación llegó a convencerse de que el problema estaba relacionado con la puerta R5, ubicada en la parte posterior.
Con esa hipótesis intentaron regresar a Tokio.
Pero las investigaciones posteriores indicaron que el verdadero problema estaba en otro lugar.
Las pericias determinaron que la emergencia se había originado en la zona de la cola de la aeronave.
Los pilotos estaban intentando controlar un avión cuyo problema real desconocían.
Y esa diferencia resultó decisiva.
Takahama, Sasaki y Fukuda siguieron trabajando hasta los últimos segundos, tratando de modificar potencia, dirección y actitud del Boeing.
No abandonaron la cabina ni dejaron de buscar una salida.
Simplemente estaban luchando contra una aeronave que prácticamente había dejado de responderles.
Las últimas cartas escritas dentro del avión
Entre los restos también aparecieron mensajes escritos por pasajeros que comprendieron que probablemente no sobrevivirían.
Uno pertenecía a Hiroji Kawaguchi, directivo de una empresa naviera.
Con letra temblorosa dejó unas últimas palabras dirigidas a sus hijos y les pidió que cuidaran a su madre.
Era la despedida de un hombre escribiendo mientras el avión caía.
Ese tipo de hallazgos terminó de convertir al vuelo 123 en mucho más que una estadística dentro de la historia de la aviación.
Detrás de los 520 muertos hubo cientos de historias familiares interrumpidas en apenas unos minutos.
Una tragedia que quedó marcada para siempre
Cuatro décadas después, las grabaciones de la cabina continúan siendo uno de los documentos más estremecedores del accidente.
No muestran pilotos dominados por el pánico.
Muestran exactamente lo contrario: tres profesionales intentando hasta el último instante encontrar alguna respuesta de una máquina que ya casi no podían controlar.
Durante más de media hora, el Boeing permaneció en el aire mientras la tripulación peleaba por regresar.
No lo consiguió.
El vuelo 123 terminó contra las montañas y dejó 520 víctimas, cuatro sobrevivientes y una herida imborrable en la historia de Japan Airlines y de la aviación mundial.
La última batalla quedó registrada en una caja negra.
"Levante la nariz Levante la nariz Levante".
Después, solo quedó el ruido del impacto.