El 10 de abril de 1994, Diego Maradona pisó suelo pampeano. Una revolución.

‘¿A dónde me trajeron?‘, fue la frase que resonó en el otoño de la llanura pampeana y quedará para la eternidad. Diego necesitaba un respiro de la ciudad de la furia. El objetivo era llegar de la mejor forma al Mundial de Estados Unidos 1994 con la ilusión de volver a darle un título mundial a su país.‘

A Fiorito te trajimos‘, fue la contestación de su preparador físico, Fernando Signorini, uno de los pocos a los que Diego le aceptaba un ‘no‘. 
‘Yo quería que Diego volviera a las fuentes‘, sintetizó el profe tiempo después, al justificar el viaje a La Pampa.

La estancia El Marito, en la zona de El Tropezón, fue el lugar elegido para la reencarnación. Maradona venía de cumplir 15 meses de sanción (1990-1992). Posteriormente jugó 26 partidos en Sevilla (92-93) y 5 en Newells (1993), además de los dos duelos ante Australia en el repechaje para el Mundial.

Fueron ocho días inolvidables entre las jarillas pampeanas, el gimnasio de boxeo de Miguel Ángel Campanino, en el Tiempo Libre de Omar Lastiri y la pileta cubierta del club All Boys.Diego había llegado en un vuelo de Austral acompañado por su representante, Marcos Franchi, junto a ayudantes, colaboradores y periodistas.

En la provincia ya se encontraba su papá, Don Diego, y el profe Fernanndo Signorini que se habían anticipado para preparar el escenario dónde el ‘10‘ iniciaría su reconstrucción.

Bajo una luna increíble

‘Recuerdo una vez que salimos al campo los dos solos y nos pusimos a correr a la luz de una luna increíble que nunca olvidé. Fuimos hasta la tranquera, hicimos distintos movimientos, hasta que él me dice ’bueno, ya está’.

Había pasado, y a dormir hasta el otro día‘, contó el profe Signorini. Una instantánea memorable: Diego corriendo bajo la luz de la luna llena pampeana.Aquella preparación dio sus frutos porque Maradona llegó al Mundial de Estados Unidos con un estado físico impecable, acompañado por un equipo de ensueño que invitó a la ilusión del pueblo argentino.

Quedaría la imagen del festejo en el gol ante Grecia, con un grito de guerra para la cámara de televisión, como dedicado a aquellos que no confiaban en él, para aquellos que separan al Maradona de las canchas del Maradona de la vida.La estancia Don Marito, en pleno corazón de La Pampa, fue el escenario de una de las tantas resurrecciones que tuvo el más grande futbolista de todos los tiempos.

Con su muerte, se apagó también el niño que cada uno lleva adentro. Ese que solo quiere jugar con una pelota en un mundo de colores, de alegría, sin especulaciones ni preocupaciones. Diego Maradona era ese niño eterno, al que le brillaban los ojos cuando veía pasar un fútbol por delante de sus ojos.