Por Nilda Redondo*

En uno de los centones de El Mito en armas o anunciación de Castelli Inca (2014) Edgar Morisoli cita Raquel Gutiérrez Aguilar a para definir el Pachacuti:

“Situación social de trastocamiento de lo que hasta entonces había sido admitido como normal y cotidiano: la prerrogativa de unos hombres y mujeres, de cierta condición social y adscripción étnica, a mandar y decidir sobre el destino y suerte de todos los demás; la facultad, admitida como legítima hasta entonces, de usufructuar y gestionar la riqueza social de manera depredadora, selectiva, y sobre todo, privada; es decir, sólo para beneficio de unos cuantos, de esos mismos que durante décadas se han regodeado en su capacidad de mando y en su díscola posibilidad de disfrute” (92).

Todo El Mito en armas es un homenaje lírico y épico al levantamiento de los indígenas quechuas y aymarás en 1812, en Huánuco, Perú, en nombre de la esperanza de la llegada de Castelli, “un hombre que luchaba, quinientas leguas al Sur, contra la in-Justicia y la muerte más cruenta” (2014: 11). Es una revolución – así la llama- derrotada y que concluye con una feroz represión, esa que los españoles imperiales y colonialistas tan bien supieron llevar adelante; es una revolución que surge de las palabras, de los sufrimientos ancestrales y de la capacidad colectiva de imaginar. Es una revolución violenta, como sólo violento puede ser el despertar de los pueblos oprimidos por siglos:

Un Huracán, un ímpetu
surgido desde el poso del oprobio, desde las cicatrices indelebles
de muchas vejaciones y olvidos. (…)(45).


Aquí el mito es tomado como una obra de arte que expresa algo profundo, que va por caminos y ríos subterráneos y que no puede acallarse jamás. En este descubrimiento periódico aquellos que portan las palabras tienen un papel central: los revolucionarios, los Castelli, los Morenos, los Monteagudos, los Artigas. Esos que fueron derrotados en el proceso de la historia, ahogada la revolución de Mayo, pero que vuelven y vuelven como en este mismo poema dice en su final:

Volverán los poetas, los mitos, los pueblos, a sentarse al telar de la Historia
y tejer una matra irisada, cuya gama reúna los sueños pendientes y concite los
más allá de la pena o del duelo que toda la existencia también sobrelleva,
más allá de las incertidumbres y la soledad develada. Volverán los poetas,
los mitos, los pueblos, a abrir las compuertas matrices, las amplias ventanas hacia la
común aventura
(…) (95).

Está presente en su escritura una tradición marxista heterodoxa: la marcada por José Carlos Mariátegui, el poeta vanguardista peruano que en 1927 escribió el artículo La heterodoxia de la tradición y en 1928 publicó su libro Siete ensayos para interpretación de la realidad peruana. En el segundo venía a enseñarles a los marxistas eurocéntricos que había que tomar ese fenomenal instrumento de interpretación teórica para mirar en lo profundo a nuestra América: el comunismo estaba aquí en aquella experiencia de tierra comunitaria de los ayllus. No se podía pensar en la revolución ignorando a los indígenas, su cultura, su amor a la naturaleza, ni tampoco los sufrimientos infligidos por la conquista y la colonización, y más luego, los dominios feroces de las oligarquías nativas.

En el artículo, Mariátegui nos decía que el que no conoce el pasado no puede imaginar el futuro o a la inversa, no se puede conocer el pasado si no se puede soñar el futuro. Una manera de comprensión no racionalista sino poética y surrealista.

El otro rasgo de Edgar Morisoli es la fe en la voz. Se podría decir que por eso escribió tanto y no paró de decir, paradito y enérgico a la vez, cada poema ante cada recordación de nuestros muertos y masacrados recientes, los de los sesenta. Supo además que se trata de una construcción colectiva, que la voz del poeta no es única, que siempre se recrea, se reorganiza en las voces de otros que siguen la posta; además, muchas veces, esas voces son clandestinas y se ocultan a la vista de lo superficial, pero insurrectan:

¿Cómo, cuándo y de dónde nació el Mito? ¿Fue obra
de aquellos mensajeros sigilosos, de ocultos
correos portadores de la prensa insurgente,
de fugaces encuentros en postas olvidadas
y de algún propio que arribó furtivo antes de que raye el día,
o fue el eco del eco de aquel fasto de mayo en Tiahuanaco,
repetido sin fin de cerro en cerro, de ayllu
en ayllu, de runa en runa hasta tornarse sueño,
sustancia de quimera, ráfaga empecinada,
piedra que vuelve a hablar? (90)

“Sustancia de quimera, piedra que vuelve a hablar” recupera unos poemas de Obra callada (1994) que recoge poemas escritos entre 1974 y 1986: “A Juan Carlos Vita, recordando los viejos días en que escuchábamos juntos/ la fabulosa historia del Animal-de-Agua” y “ Visones/ textos de medio sueño/I”. En el primero, tomando la voz indígena mapuche, se cuestiona el “ridículo deslinde” entre el animal, la planta, la piedra y el hombre. En el segundo cada una de las piedras que el poeta guarda son seres vivos que tienen su propia densidad, su propio tiempo-ahora, su instante de peligro, de duda, su momento de amor:

…bueno, piedritas
sin importancia, escoria, morralla del desierto
que el visitante pisa o arroja sin saber, que grandes máquinas
trituran sin saber, pero que a veces
resplandecen de pronto como resplandecían,
se estremecen de pronto como se estremecieron,
susurran, gimen, cantan, ordenan y suplican,
pararrayos tendidos al vértice del cielo,
paradioses, antenas, membranas palpitantes tejidas de infinito en infinito,
trémula red abierta frente al pavor o el júbilo de la intemperie austral,
capaces de vibrar perpetuamente, interminablemente,
-como vibraron, como vibrarían-.
y recoger en su ápice, en su erecto capullo la señal más recóndita que titila
el paisaje,
así como ahora tiemblan tus pezones nocturnos en el íntimo cuenco de mi
mano y mi vida! (1994: 285).

Esta también es la singularidad de este poeta revolucionario: la palabra es sustancia como Alberto Szpunberg también piensa; la revolución es un sueño eterno como dice Andrés Rivera; la revolución está hecha de pequeños destellos de vida que anda por allí esperando aparecer en algún momento que nadie percibe, pero irrumpe luego como un Pachacuti.

Es cabalmente un poeta que caminó en la política, la ética y el arte como sólo él pudo deslizarse: organizando, hablando, escribiendo, yendo redundantemente a la vital fuente de los irredentos, del amor de la vida y de la muerte.

* Investigadora y docente en Literatura Argentina en la Facultad de Ciencias Humanas de la UNLPam y directora de la Cátedra “Ernesto Che Guevara”.