La tapa de EL DIARIO de hoy

 Un viaje por el cauce del Atuel desde el puente viejo de Algarrobo del Águila hasta Paso Maroma, donde las familias de los puestos perdieron la memoria del río, corre el velo a un fantasma del que desde hace décadas solo conocen un zanjón desdibujado por arena y tamariscos.

Enviados especiales: Gustavo Silvestre y Adrián Pascual

En la costanera del puente viejo, en Algarrobo del Águila, el primer pueblo por donde pasa el cauce del Atuel en La Pampa, en el lecho del río reinan la arena y los cardos rusos. En la ribera los tamariscos ya tienen manchones amarillos que evidencian el avance del otoño. En noviembre del año pasado corrió por última vez un pequeño hilo de agua.

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Mendoza sigue sin cumplir el fallo de la Corte Suprema que en julio de 2020 fijó un caudal mínimo de 3,2 metros cúbicos por segundo para intentar comenzar a reparar el daño ambiental histórico, por el corte del río a mediados del siglo pasado. El domingo último todavía sonaban en Algarrobo del Águila los ecos del reclamo que expresaron en la cuarta edición de la Fiesta del Río y la Barda los artistas populares, como la santiagueña Roxana Carabajal –que se calzó una remera con la reivindicación pampeana- o el victoriquense Pedro Cabal, que no se olvida de mencionarlo cada vez que sube a un escenario con su guitarra.

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En el centro del pueblo, en la vivienda del puesto de turismo, un cartelón con el pedido de que regrese el río, en grandes letras azules sobre un fondo blanco, da testimonio de la política institucional  de los últimos años de denuncia del despojo de los gobiernos provinciales y el acompañamiento de los intendentes de las localidades del noroeste provincial.

Algarrobo del Águila es una localidad de menos de mil habitantes, a medio camino entre el Puente de los Vinchuqueros –a unos 50 kilómetros, más cerca de Santa Isabel-, punto de ingreso del arroyo de la Barda, el principal brazo del Atuel cuando entra a la provincia. En aquel puente se mide el ingreso de agua y es el lugar obligado para las fotos que ilustran el reclamo, adonde el gobernador Sergio Ziliotto llevó en marzo de 2020 al secretario de Medio Ambiente de la Nación, Juan Cabandié, para que comprobara con sus propios ojos el robo del río.

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Hoy no ingresa una gota de agua a territorio pampeano. Cuando entra, por lo general el caudal se va escurriendo y disminuyendo hasta pasar el puente de Algarrobo y extinguirse un poco más adelante. Hace muchísimos años que no completa el curso de un poco más de 100 kilómetros en suelo pampeano, hasta encontrarse con el Salado.

Un zanjón de arena y tamariscos

Desde Algarrobo, el cauce del Atuel serpentea por un poco más de 50 kilómetros abajo:  es un zanjón arenoso, que se abre en varios brazos, plagado de tamariscos y vegetación achaparrada, un vestigio del río que alguna vez fue.

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Entre las líneas del Atuel y del Salado, que mantiene un curso escuálido y salmueroso bajando desde San Luis, hasta llegar a su unión, en el departamento de Chalileo, se extiende una zona desertificada y solitaria en la que sobreviven las familias de los puesteros que no se fueron, que resistieron criando chivas y soportando adversidades desde hace décadas. Están en las cercanías de Paso de los Algarrobos y Paso Maroma. 

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En la vieja camioneta F100 que Orlando Rosas y María Coria utilizan todas las semanas para ir y volver desde Algarrobo al puesto San Cayetano, un equipo de El Diario se internó el lunes pasado en las entrañas del río seco.

Desde la ruta 151, cerca del pueblo, se baja por la ruta 143, que tiene los primeros 20 kilómetros intransitables, con un pavimento que parece bombardeado y que hace imposible la circulación. Los paisanos van por debajo de las banquinas, una huella emparejada alguna vez con máquinas, que hay que tomar  a baja velocidad y con cuidado. Si llueve, ya no se puede pasar, porque el barro se convierte en una trampa blanda y jabonosa.

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Después de ese tramo, la ruta es de tierra y arena, que se convierte en talco con la sequía y guadales traicioneros para los autos modernos. Las máquinas de Vialidad se encargan de mantenerla apenas transitable. El camino está jalonado de guardaganados y tranqueras, que hay que abrir y cerrar para seguir viaje con los campos pobres y desérticos a los costados. Las entradas a los puestos empiezan a aparecer a los costados.

A la derecha del camino aparece la huella que lleva al puesto. Una casa de material, con una aguada y molino, y paneles para tener energía eléctrica. No toman el agua del molino, una vez por mes un camión de la municipalidad de Algarrobo o de Santa Isabel pasa por los puestos para llenarlos los tanques con agua potable. No hay señal en la zona para hablar con celular.

Por su campo pasan tres zanjones, brazos secos del Atuel. Crían chivas, tienen una majada de 200, algún caballito, conejos y gallinas. No tienen ganado vacuno porque estos campos no tienen pasto para que se alimente y mantenerlos con fardos o alimento balanceado es demasiado caro.

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“Que venga el río, sí, está bien. Pero para nosotros es un lío. Nos quedamos sin campo si viene.  Desde arriba de un avión no se sabe lo que pasa acá abajo. Queremos río, pero primero soluciones, que nos hagan puentes porque nos quedamos aislados y se canalice el río”, dice María.

El cauce sucio y desdibujado de los brazos del Atuel es una amenaza latente para los veinte puesteros de la zona. Las bondades del río, cortado a mitad del siglo pasado, no las conocen, porque nunca las tuvieron.

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María cuenta que en los campos van quedando solo personas grandes. Los jóvenes se van al pueblo, quieren estudiar, como su hijo, Mario, que va al secundario en Algarrobo y sueña con ser abogado, o buscan trabajo en la zona petrolera, en las ciudades.

De todos modos, las familias de los puestos resisten. Venden chivos a clientes que tienen de años, entre octubre y noviembre. Casi ninguno le vende al frigorífico de Santa Isabel, porque pagan menos. Aunque parezca irracional, en el frigorífico se abastecen de chivos desde Chos Malal, Mendoza o Neuquén.

Del puesto de María y Orlando la camioneta sigue la travesía unos kilómetros más, hasta Paso de los Algarrobos, donde hay un mástil con una bandera argentina, una placa recordatoria y restos de lo que fue la escuelita que demolieron los militares durante la dictadura.

El camino en ese punto se encuentra con el curso del río Salado y se bifurca. Hacia la izquierda, cruzando el puente, se dirige hasta Árbol de la Esperanza, a 30 kilómetros –hay una posta con una enfermera- y hacia la derecha rumbea hasta Paso Maroma, donde otro puente pasa por encima del cauce del Atuel. Ambos ríos, más adelante, ya en el departamento de Limay Mahuida, se juntan y formaban el Chadileuvú.

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Hace pocos días, los técnicos de Recursos Hídricos de la provincia estuvieron en Paso Maroma. Instalaron una estación de monitoreo de caudales. La posibilidad de medir el flujo a lo largo del cauce es una de las condiciones que impuso el último fallo de la Corte, que estableció que debe mantenerse un caudal mínimo para reactivar el río y comenzar a mitigar el daño ambiental que produjo tanto tiempo de corte.

Canales y puentes, antes que el agua

A pocos metros metros de Paso Maroma se encuentra un puesto con una pequeña iglesia evangélica al lado, dónde ya están preparando un quincho con postes y una media sombra para un encuentro, estos días de semana santa.

Entre mate y mate,  uno de los pastores que está con los preparativos en el lugar, recién llegado desde Alvear, la primera población limítrofe en territorio mendocino, muestra el discurso oficial de Mendoza. “Los pampeanos piden por el río, pero agua no hay. Yo quisiera que vayan para que vean. Cada vez tenemos menso regantes. O no hay agua, no se qué pasa, o se la roban los poderosos de río arriba, que eso también puede ser”, dice.

A pocos metros de distancia, se llega al puesto La Rondana, de Silvestre “Tolo” Pinedo, el puestero que se hizo conocido porque resistió un intento de desalojo, hace más de una década, cuando el entonces diputado del ARI, Juan Carlos Scovenna, mudó quince días su banca, para no permitir el despojo de la tierra.

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Un brazo del Atuel pasa por la entrada de su campo, a 100 metros de la casa. Pinedo reconoce que si se recuperara el río, mejorarían las condiciones del campo y los animales tendrían agua para tomar. "Si estuvieran corriendo permanente nos sirve para siempre a nosotros y para el campo también porque se mantendría más verde a las orillas”, dice.

Pero tampoco oculta los reparos que comparte con el resto de los puesteros. “Si viene el río me corta la entrada, tengo que dar toda la vuelta y salgo por Paso Maroma, o si no por la barda, pero es un vueltón”, cuenta. “Hace rato que no viene agua acá. A mí no me perjudicaría, lo único que corta los caminos, desparrama el agua. Se pidió hace un montón de años que se canalizara el río, pero eso no se hace. Si el río estuviera canalizado no desparramaría tanto. Estamos esperando eso. Si llegara a venir el río yo quedo en una isla”, lamenta hoy.

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“Lo que estaría bueno es que el gobierno de una vez por todas canalizara el río. Así no tendríamos problemas nosotros”, insiste.

“Cuando corría el río, en ese tiempo en el paso se pasabas con una maroma, que es como se le dice a un alambre para pasar al otro lado del río, se pasaba caminando, con nada, agarrado a un alambre. Después tenían una lancha”, rescata de sus recuerdos Pinedo.

Un poco más cercana en el tiempo,  la inundación de la década del ’80, que afectó a varios puntos de la provincia, dejó una marca indeleble en la memoria del puestero. “En el ’80 se vino el agua en cantidad, se llenó todo. Vino del Salado y el Atuel creció. Se unieron los dos ríos. Donde estamos parados estaba seco, pero salías para allá, o para allá, y era agua, agua y agua. Se inundó todo”, relata.

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“Muchos puesteros habían quedado aislados. Teníamos caballos, pasábamos a caballo, con carritos o sulkis, para ir a buscar mercadería y esas cosas. Con el vehículo era imposible, porque te quedabas en cualquier lugar. Estaba la tierra tan blandita, penetrada con agua, se te enterraban”, dice. “La corrimos bastante fule…. el Atuel no es correntoso, es manso, el Salado si es bravo”, completa.

Pinedo en esa época dejaba la camioneta fuera del campo. Y con un bote cruzaba hasta su puesto, que está en una loma. “Era un sacrificio para ir a buscar las cosas al pueblo”, confía.

Un fantasma del pasado

 Pinedo apura el último mate amargo con tortas fritas y hay que desandar el camino antes de que caiga la tarde. Se siente entre las familias de los puestos la desconfianza por las  extraordinarias e intempestivas que algunas veces hizo Mendoza, cuando el agua se desparramó por los campos y  produjo pérdidas y dificultades, principalmente a los puesteros de más arriba, cerca de Santa Isabel, en la parte de los bañados.

Tienen aún abierta también la cicatriz de la inundación de la década del ’80, cuando la mayoría de los puestos alrededor de Paso Maroma quedó aislada, con lotes bajo agua, y tuvieron que salir a caballo para  buscar mercaderías y víveres en el pueblo.

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Los puesteros anteponen el reclamo de que se realicen obras para canalizar el río, limpiar el cauce y conducir el agua que podría venir, a la histórica demanda del regreso del Atuel.

La generación de los abuelos, que lo vivió, ya no está y quedan retazos de los relatos y recuerdos de ese pasado. Los puesteros actuales y la siguiente generación creció sin el agua, se acostumbró a sobrevivir de esa manera. En tensión con el discurso oficial del despojo y el reclamo que sostienen los gobiernos y  las asociaciones que activan la causa desde centros poblados o desde Santa Rosa,  suelen asociar las viviencias del Atuel a ciertas calamidades o épocas de sufrimiento.

Como alguna vez dijo el exsecretario de Recursos Hídricos, el escritor Juan Pablo Morisoli, "es un río fantasma".  En los puestos, casi ya no guardan memoria del río.

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