Dussel, la universidad y la educación crítica

Por Eduardo Luis Aguirre

La universidad, según el filósofo Enrique Dussel, es una institución que a través de la historia se ha dedicado a transmitir el saber de un pueblo a las nuevas generaciones para que las mismas aprendan aceleradamente las tradiciones y el conocimiento existente.

Decimos aceleradamente porque el estudiante en muy pocos años los que dura su carrera de grado o de posgrado- debe incorporar el conocimiento acumulado en una región durante miles de años. Durante esa larga historia de transmisión cultural, todas las civilizaciones contaron con sus propios sabios, que conocían las tradiciones de su propio pueblo, el modo de su organización política y los sucesivos descubrimientos que se iban produciendo en los distintos campos del saber.

Desde la geografía hasta los tratados, desde la astronomía hasta la interpretación de los sueños (esto, mucho antes de Freud), desde las matemáticas hasta la filosofía, desde los ritos hasta la medicina más compleja. Como vemos, la tarea, el objetivo de las universidades y del conocimiento crítico que allí debe impartirse no es para nada sencillo.

En todas las grandes culturas del mundo han existido grandes centros universitarios, muchos de ellos descomunales. Dussel recuerda que a la vera del Ganges, en el siglo VIII, ya existía una universidad donde treinta mil alumnos estudiaban los grandes textos del budismo, pero también todos los saberes desarrollados por las culturas china, árabe y bantú. En China, donde llegó a haber una burocracia de 200.000 mandarines que dirigían una sociedad secular, se daba el fenómeno de que a esa condición privilegiada, casi aristocrática, no se accedía por imperio de la religión o del linaje, sino como resultado de estrictos concursos de capacidades adquiridas en instituciones especializadas que se reproducían en las aldeas.

En América, los nahuatls y los aztecas contaban con la “calmécac”, que eran centros de estudios donde dictaban sus clases los “tlamatini”, sabios que enseñaban las tradiciones del pueblo, pero también filosofía, ciencias naturales, religión, cosmogonía y astronomía. Los “siete principios” de la sabiduría tolteca siguen conservando una asombrosa actualidad (*), y lo propio podríamos decir de los incas, los aymara o, sin ir más lejos, los mapuches o los ranqueles.

También entre los griegos surgieron estos centros de estudios, entre los cuales el más conocido es La Academia de Platón, fundada por éste en Atenas, en el año 387 a. de C. Lo sucedió en su conducción Aristóteles, hasta que, por razones políticas fue desplazado de la misma y el gran estagirita debió volver a Macedonia. Allí fue cuando el rey Filipo lo convocó para ser preceptor de su hijo varón Alejandro, que por entonces tenía 14 años.

Aristóteles terminó siendo -de resultas de ese increíble precedente de la vocación expulsiva de las grandes corporaciones académicas- nada más y nada menos que el gran formador de Alejandro Magno. Así, finalmente, pudo volver a Atenas y establecer en plena Acrópolis su propia escuela: el Liceo.
Constantinopla fue, a su vez, el gran centro de estudio de la cultura griega entre los siglos IV y XV. Existía allí una gran universidad a la que durante mil cien años los árabes fueron a aprender esa cultura.

En el siglo VIII se emplaza un fabuloso centro de estudios en Alepo, y durante el siglo IX se establece en Bagdad el centro de estudios más importante del sistema antiguo. Vale decir, China, India, el mundo árabe y el mediterráneo, que duraría siete siglos, hasta el año 1400, aproximadamente. Bagdad, la ciudad martirizada por el imperio, fue el faro del conocimiento y la pujanza durante 700 años, mientras Europa, de quien abrevamos desde siempre en nuestras universidades, era un enclave apendicular y atrasado, muy poco desarrollado y marginal, que denominó edad media a un período histórico de asedio que sufrió a manos de los árabes y que no se replicó, como el feudalismo, en ningún otro lugar de la tierra. Europa no formó parte del centro del sistema mundo hasta hace poco más de un siglo y medio.

Como se observa, entonces, la preponderancia de Europa en materia epistemológica fue muy posterior y comparativamente muy inferior- al extraordinario desarrollo académico, científico y epistemológico de las culturas árabe, china, africana o americana. Sin embargo, en la mayoría de las universidades latinoamericanas los contenidos curriculares se construyen a partir de una mirada eurocéntrica, ignorando las producciones de otras tradiciones intelectuales y, muy especialmente, el acervo cultural de nuestros propios ancestros. En la Argentina este fenómeno de colonización cultural se reproduce de manera sistemática en todas las áreas del conocimiento y en la mayoría de las universidades.

La lucha por una epistemología del Sur, contrahegemónica, liberadora, decolonial, basada en contenidos curriculares que rompan con las lógicas de dominación eurocéntricas (y norteamericanocéntricas) es un imperativo categórico para los pueblos latinoamericanos. No será posible alcanzar el desarrollo, superar la pobreza, atenuar las terribles desigualdades que nos afligen, lograr la paz, el buen vivir, la preservación de nuestros recursos naturales, de nuestras democracias, sin lograr una verdadera y definitiva emancipación.

Ese objetivo trascendente, que hoy parece sencillamente utópico, no puede -a su vez- dejar de incluir la construcción de una epistemología propia, prescindente de las categorías y las formas europeas de concebir la historia, el mundo, la vida, el ser humano y la filosofía. Algo muy importante han dicho, en este sentido, las constituciones de Bolivia y Ecuador.

Es necesario imitar ese tránsito libertario, también, en materia de conocimiento. Y las universidades son, en ese sentido, un bastión fundamental en aras de obtener la segunda y definitiva independencia. En las últimas décadas -en rigor, desde la aparición de la Filosofía de la Liberación- se vienen generando en el Continente enormes aportes teóricos de los que es posible abrevar utilizando únicamente la voluntad política. A lo largo y a lo ancho de Abya Yala florecen en muchas universidades carreras de grado, de postgrado, diplomaturas, encuentros, cátedras que se suman aluvionalmente en esta cruzada epistemológica emancipatoria.

Comienzan a aparecer universidades que enseñan justamente el enorme conocimiento -acumulado durante siglos- de los pueblos originarios. El paradigma “modernidad/colonialidad/decolonialidad” se ha consolidado con el concurso de grandes pensadores de América, tales como el mismo Dussel, Walter Mignolo, Ramón Grosfoguel, Arturo Escobar y tantos otros. No son elementos menores para sostener una disputa epistemológica que se da en un presente claramente imperfecto.

América Latina empieza a ser intervenida financieramente, su territorio asediado por potencias extranjeras, sus recursos saqueados, sus derechos pisoteados, sus democracias depuestas y sus habitantes confinados a un retroceso social espantoso cuando no directamente reprimidos. Esta lucha democrática y decisiva por la independencia de América, como decía José Martí, hay que darla a puro pensamiento. Las universidades públicas del Continente no pueden permanecer al margen de esta nueva tentativa colonial.

Nuestra suerte como pueblos libres se pone en juego en esta etapa de profunda oscuridad neoliberal. Solo tenemos de nuestro lado el pensamiento crítico decolonial. Las instituciones que tienen la misión histórica de enseñarlo serán decisivas en esta hora aciaga.

(*) https://www.academia.edu/16525445/Los-siete-principios-de-la-sabiduria-Tolteca
Fuentes:
Dussel, Enrique: ‘Introducción a la Filosofía de la Liberación‘, disponible en http://enriquedussel.com/txt/Textos_Libros/28.Intoduccion_filosofia_liberacion.pdf
https://www.youtube.com/watch?v=FgZGOqZEtgE&t=1324s
https://www.youtube.com/watch?v=ztTVXB-ub04&t=104s

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