"Lo vendieron como un guerrillero", dijo el hijo del exjuez Uncal

En la audiencia del juicio de la Subzona 14 II declaró el hijo del ex juez federal de Santa Rosa, Juan De Dios Uncal, secuestrado y perseguido durante la dictadura.

“A mi padre lo vendieron como un guerrillero”, afirmó este miércoles Juan Manuel Gerardo Uncal, un abogado que declaró durante la audiencia del juicio de la subzona 14 II, hijo del ex juezfederal de Santa Rosa, Juan De Dios Uncal, secuestrado y perseguido durante la última dictadura militar en la provincia.

Declararon cuatro testigos durante una nueva audiencia del juicio que se desarrolla en el edificio del Colegio de Abogados y que continuará el 12 y el 13. Los jueces del Tribunal Oral Federal de Santa Rosa escucharon con atención a Uncal. Su padre falleció el 18 de diciembre de 2010, a los 76 años, en Mercedes, sin poder declarar en el primer juicio a los represores pampeanos por su delicado estado de salud.

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El secuestro

Uncal recordó que tenía 13 años y llegó con su famiia a Santa Rosa a mediados del 75, para que su padre -que era juez en Capital Federal- se haciera cargo del Juzgado Federal de la capital pampeana, a instancias del gobernador José Regazzolli. Entre el 64 y el ‘66 había sido concejal por el peronismo en su pueblo.

“Subrogaba el cargo (Walter) Lema, que vivía obsesionado por ser juez. Lo espiaba detrás de las cortinas. Pero el gobernador le dijo que no hiciera caso, que no jodía a nadie. Pero estaba equivocado”, reflexionó. Dijo que también un secretario del juzgado se enfrentó con su padre porque pretendía que aplicara “mano dura”. “Una vez vino borracho a querer pelearlo”, recordó.

“A mi padre lo fueron catalogando de subversivo. En febrero del ‘76 me llevó a Mercedes, con 13 años, porque se suponía que algo iba a ocurrir”, rememoró. También le dijo, después del golpe, que “lo más probable es que me peguen una patada en el culo”.

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Sin embargo, el 29 de marzo lo detuvo el Ejército en su despacho. Entonces su madre tomó el tren hasta Santa Rosa, pero no pudo saber dónde estaba detenido. “Lema le dijo que era necesario el golpe y lo que estaba sucediendo porque había que restablecer el orden. Le dio evasivas sobre dónde estaba. Fue al Obispado a preguntar, pero un cura le dijo: ‘váyase que me compromete’. Y le cerraron las puertas”, detalló.

Recién a los cuatro días les permitieron verlo en la Primera. “Estaba demacrado, creo por la situación que vivía”, describió el abogado Uncal. Luego lo trasladaron a la Colonia Penal. El abogado Ciro Ongaro se hizo cargo de su defensa, en junio del ’76 ordenaron la libertad y se fueron a Mercedes. Le “inventaron” una causa por coima, acusándolo de haberla pedido a la madre de Chumbita para liberar a su hijo.

“Siempre habló de interrogatorios, capuchas, gritos y luces fuertes. Pero jamás me hizo saber si lo habían torturado, siempre dije que creo que fue por una cuestión de buen gusto”, señaló.

“Lema lo vendió públicamente como un hombre ligado a la subversión. Cosa que jamás tuvo que ver. De hecho había procesado a Firmenich y Galimberti cuando publicaron en una revista cómo habían matado a Aramburu. Pero para Lema era importante porque quería ser juez federal”, indicó.

La persecución

Dos años después de la liberación, el 19 de julio, en pleno mundial del ‘78, volvían de Buenos Aires en auto, de ver el partido Argentina-Brasil en u cine, y en el cruce de Lujan los interceptó un amigo porque lo habían ido a buscar a las oficinas del Colegio de Abogados de su localidad. El represor Fiorucci encabezó ese operativo. “El amigo lo subió a su auto y se lo llevó, siguió manejando mi mamá. En Mercedes había un auto de la Policía Federal en mi casa. De julio del 78 a octubre del 79 estuvo escondido pensando que lo iban a matar”, explicó el hijo de Uncal.

En otra oportunidad, relató, pudo escapar de una patota encabezada por Fiorucci, que pretendía detenerlo, por la playa de estacionamiento de los tribunales de San Martín.

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En el ’79 egresaba y le dijo al padre que solucionaban la situación o se iban a ir a vivir a otro lado. “Mi padre y tres abogados más irrumpieron en el juzgado Federal de Santa Rosa, y logró de prepo sacar el sobreseimiento definitivo de su causa, el 31 de octubre del '79, y recién ahí empezamos a vivir medianamente tranquilo”, completó.

En el '83, con el advenimiento de la democracia, el padre pidió la restitución al cargo, pero solo se le reconoció "un retiro" hasta que tuvo la edad para jubilarse como juez.

Consultado sobre las consecuencias que padecieron, dijo que a los padres "les tiraron una mochila de 20 años en la espalda". "Mi papá murió en 2010 con 70 años y parecía un anciano, tenía demencia senil. La cana a él le significó un dolor muy grande, como la desconfianza de la sociedad pacata como Mercedes. El escarnio de estar preso o prófugo se nota con amistades y dichos y con un mote que era muy delicado, de subversivo. Había amigos míos que no los dejaban venir a mi casa", confesó.

"Mi madre no se olvida jamás del tema del Obispado, fue tremendo. La echaron porque los comprometía", acotó. Finalmente, dijo que él no le perdona “a los que se encarnizaron con mi papá, que me hicieron crecer de golpe a los 13 años”. “Mi adolescencia fue entre recursos y abogados. Yo crecí viejo, adquirí una seriedad en el tratamiento de las cosas. Parecía un viejo a los 15 años. Nos hicieron sufrir sin sentido. Eso nos marcó", finalizó.

 

"No había que darles agua porque las picaneaban"

“No había que darles agua porque la picaneaban”, confió Mirta Alzamendi, una celadora que comenzó a trabajar en la Primera durante la dictadura. Le tocaba llevar a las detenidas hasta la escalera que iba a la planta alta, y recibirlas luego de sufrir torturas y golpes, en el mismo lugar.

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La testigo, en la audiencia, reconoció que de noche subían a detenidas para interrogarlas en la planta alta. "Cuando las buscábamos no había que darles agua porque habían sido picaneadas. Las aislábamos unas horas para cuidarlas. Algunas comentaban, otras no, lo que le hacían... que las picaneaban, las golpeaban, las quemaban con puchos", admitió.

También recordó que atendió a la detenida Ana María Martínez Roca. “Fue una de las personas más complicadas que ingresó, la recibí yo. Estaba en estado deplorable, de salud y anímicamente”, contó.

-¿Estaba golpeada y maltratada? -le preguntó el querellante Maximiliano Corroinca.
-Si. Estaba muy mal.

La celadora dijo que la mujer llegó en una camioneta que metieron marcha atrás en el garage de la comisaría: “Me la entregaron, como que me daban un bulto, la agarré como si fuera un bebé, estaba esposada y vendada”. La primera noche no la revisó un médico. Pero que luego tuvieron que cuidarla mucho, la revisaban el imputado Máximo Pérez Oneto y Savioli en sus recorridas diarias. “Ni hablaba ni caminaba. De a poquito, pasó mucho tiempo, cuatro meses, se fue recuperando”, contó. No supo en aquel momento que la mujer estaba embarazada y perdió su bebé durante la detención.

 

Un encargado de campo detenido

Felix  Ramón Hurtado contó que el 19 de abril del 76 lo fueron a buscar porque trabajaba en el campo del coronel peronista Adolfo Phillipeaux, en el oeste provincial. Lo detuvo Fiorucci junto al comisario de Santa Isabel y otros efectivos.

“Como él no estaba me llevaron a mí, dos días en Santa Isabel y después me trajeron a Santa Rosa, incomunicado, me hicieron declarar dos o tres veces ante el juez. Y después me soltaron sin explicarme nada el 29 del mismo mes”, relató. “Me preguntaban por mi patrón, qué sabía, qué vínculo tenía, pero yo era encargado y eso era todo. A mí no me pegaron ni torturaron. Sí pasé hambre y frío”, dijo.

Hurtado confió que durante la noche, en la Primera, sentía golpes y gritos de dolor que provenían de la planta alta del edificio.

 

Cena para secuestradores

En primer lugar, Emilia Haita, por videoconferencia desde Victorica, relató que era cocinera de Paso de los Algarrobos y la directora, Lidia Fiorucci –hermana del represor Roberto Fiorucci-, le pidió a la una de la mañana que preparara una cena, la madrugada en la que secuestraron a la maestra Zulema Arizo. La mujer observó el vehículo estacionado, parecido a una ambulancia, en el patio esa noche. 

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Como dijo no recordar demasiados detalles, le leyeron el testimonio del juicio anterior, en el cual señaló que la directora le dijo que la policía se llevó a Arizo. En aquel momento, señaló a Fiorucci, Marenchino y Lucero, como participantes del operativo. Sin embargo, ahora insistió con que había olvidado esos detalles.

 

Acusados

Cabe recordar que en el segundo juicio de la Subzona 14 II quedan 14 imputados en el banquillo de los acusados. Salvo Reinhart -aún cumple la primer condena-, el resto está en libertad o con domiciliaria. Son el excoronel y exsecretario general de la Gobernación Néstor Omar Greppi, el exmayor del Ejército y exjefe de la Policía de La Pampa Luis Enrique Baraldini; Carlos Roberto Reinhart, oficial del grupo; Antonio Oscar Yorio, oficial; Néstor Bonifacio Cenizo, oficial; Hugo Roberto Marenchino, oficial; Oscar Alberto López, oficial; Athos Reta, oficial; el exagente Orlando Osmar Pérez; el exoficial de la Seccional Primera de Santa Rosa Miguel Ángel Ochoa; el exoficial de la Primera Jorge Osvaldo Quinteros; el exoficial de la Comisaría de Toay y de la Primera de Santa Rosa Juan Domingo Gatica; el exoficial del Departamento de Informaciones Policiales Luis Horacio Lucero; y el exmédico policial Máximo Alfredo Pérez Oneto.

El tribunal está compuesto por los jueces Mario Triputti, Marcos Aguerrido y Pablo Díaz Lacava. La querella está formada por Franco Catalani, quien patrocina a la UNLPam, Juan Carlos Pumilla, Élida Rodríguez Jara de Perna, Rafael Guardia, Guillermo Quartucci y Graciela Bertón, y Maximiliano Corroinca como abogado del Movimiento Popular Pampeano de Derechos Humanos, y Juan Resia (patrocinante de Raquel Barabaschi).

Como defensores actúan los abogados Pedro Mercado y Omar Cayre (Luis Baraldini), Máximo Pérez Flores y Gerardo Ibáñez (Máximo Pérez Oneto), la defensora oficial Laura Armagno, el letrado porteño Hernán Vidal y Luciano Rodríguez.

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