11 de Marzo de 2010 a las 20:13
Quizás haya muchos otros casos iguales. Pero el de Silvia Beatriz Frank
no sólo es paradigmático por todo lo que perdió durante las
torrenciales lluvias que arrasaron la ciudad y sus alrededores, sino
además porque afronta una situación personal y familiar que nadie
desearía sufrir: Clarita, su hija de 8 años de edad fue operada hace
dos años de un cáncer de útero. “A ella la vaciaron toda y yo estuve un
mes internada con neumonía... así y todo queremos salir adelante”, dice
con los ojos llenos de lágrimas.
Pero hay un escollo insalvable que tiene que ver con la falta de recursos. En la casa 450 del Barrio Escondido, donde vive con Clarita, otro hijo de 19 años, su marido y un tío, los ingresos monetarios son pocos cuando no escasos. “No tenemos trabajos fijos, vivimos de changas y de una tarjeta alimentaria... la verdad que no te puedo decir cuanta plata entra por mes al hogar porque nunca se sabe”, reconoce ante la consulta de un cronista de El Diario.
Encima, es una de las tantas víctimas de la desidia oficial. “De la Municipalidad me trajeron una frazada y un colchón... ¿qué hago con esto cuando tengo la casa mojada, las paredes llenas de mierda y orín? (sic). Encima cuando me quejé las asistentes sociales me retaron”, lamentó.
Lo único que brilla en la humilde vivienda es Clarita. Está impecable, de punta en blanco como dirían las abuelas. La ropa limpia, el cabello brilloso y las zapatillas sanas y secas. Es todo un contraste con el mundo que la rodea. “Ya me dijo la doctora... ella no puede pasar frío, ni calor, mucho menos estar expuesta a esto”, dice la mamá mientras la abraza contra su cintura.
Igual, Clarita intenta llevar una vida normal. Va al colegio y no se priva de andar en bicicleta ni de jugar con sus amigos del barrio. Por eso, inquieta, interrumpe una y otra vez preguntando si tuvo varicela. Y hace saber el motivo: “Porque Sasha tiene varicela... ¿me puedo acercar a ella?”. Silvia, perturbada por el momento, no lo recuerda e intenta calmarla. La duda incomoda a Clarita que quiere y necesita jugar con su amiguita de todos los días. “Yo quiero ir a verla”, se lamenta y repiquetea con los pies en el piso de cemento alisado descolorido, humedecido y cuarteado por los 60 centímetros de agua que tuvo adentro su casa.
Clarita fue operada cuanto tenía 6 años en el Hospital Posadas en Capital Federal. “Estuvimos un año y dos meses en Buenos Aires, con rayos y con quimioterapia... creo que pagó todo Casa de Gobierno, porque nos atendieron muy bien”, declara Silvia.
Y, confundida, arremete contra el intendente. “Es una mugre este tipo... ¿quién es? es ese Jorge ¿no?”, dice con la cruda sinceridad de no conocer a las autoridades.
Luego de la aclaración de rigor del cronista, retoma la bronca: “Cierto, Torroba (y sonríe)... ese Torroba estuvo acá, yo le mostré la casa, le mostré la historia clínica de Clarita y me dijo que me iba a dar una mano. Pero lo único que hizo fue mandarme una asistente social y todas las veces que fui a la Municipalidad nunca le pude ver la cara para decirle que a él no le importa nada la gente. ¿No tendrá hijos él?... porque una persona que es padre no puede no reconocer estas cosas. ¿Para qué me hizo semejante encuesta?”.
“Acá ahora quedó un polvillo terrible por el barro y Clarita no puede estar en un lugar con polvillo por el aparatito que tiene en el pecho, ni tampoco agarrar humedad... pero no nos queda otra”, dice.
También reniega de la ayuda que, obviamente, fue poca. “Ahora vinieron con un camión, pero es gente que la mandan y no saben nada... me dejaron una frazada y un colchón... por lo menos me tendrían que haber dejado algo de mercadería, porque no tenemos nada”, dice preocupada por el día que le queda por delante.
Silvia sí tiene la memoria fresca de quienes la ayudaron en su momento. “Mirá, los únicos que me ayudaron fueron Cacho Freidemberger y la ministra (Regazzoli)... el Cacho me compró todo el machimbre para el techo por la humedad y el frío después de que operaron a Clarita, y la ministra me consiguió una pensión para la nena, pero son 500 pesos que gastamos en la despensita. Porque Clarita siempre quiere un yogur, una fruta... como cualquier chico, ¿no?”.
A pesar de todos los cuidados que tiene con su hija, Silvia sabe que el lugar donde vive actualmente no es el adecuado. “Lo mejor sería tener una casita de barrio, seca y limpia, sin humedad... pero bueno, yo ya no creo más en nada”, se lamenta resignada.
El cuenco,
sin bombear
La casa de Silvia fue una de las primeras en sufrir el desborde del cuenco que hay en el lugar ya que vive enfrente. Pero no quedó una sola vivienda del barrio Escondido que no sufriera el impacto de la tormenta del pasado lunes.
Los vecinos trinaron ayer de bronca durante la visita de un móvil de El Diario porque -según aseguraron- durante la lluvia no apareció nadie a prender las bombas que sirven para que el agua no se acumule. “Encima también se rompió la zanja que va al lado de la ruta y corrió toda el agua para acá... llamamos a la Municipalidad para que vinieran pero nos contestaron que no podían y que nos arreglemos entre nosotros”, se quejó una vecina que tuvo casi un metro de agua y barro dentro de su casa.
“Nosotros ya le dijimos a la gente de la Municipalidad que lo que tienen que hacer es entubar esa zanja porque sino cada vez que llueva mucho nos va a pasar lo mismo”, apuntó.























