“Humanidad y empatía”

Señor Director:


Tengo el agrado de dirigirme a Usted, solicitándole me permita compartir esta nota con nuestra Comunidad en “Correo del Lector”.

Se trata de un llamado a la reflexión, una propuesta de cambio de paradigmas, una invitación a que pensemos juntos sobre la prestación del servicio médico en general y más específicamente de la atención médica de personas mayores.
Si me lo permite, Señor Director, titularía este pedido como: “Humanidad y empatía”.
Lo que voy a contarle es una historia real que sucedió en la Habitación 114 de la Clínica Modelo de nuestra ciudad Capital de la Provincia de La Pampa, durante el período comprendido entre los días 2 y 11 del mes en curso.
Mi mamá se enfermó gravemente y como es afiliada a la Obra Social PAMI, con cápita elegida en el establecimiento mencionado, concurrimos allí requiriendo sus servicios.
La internaron en una habitación de 5 x 3 metros, en la que hay tres camas, un biombo en el pasillo y una distancia a la enfermería de 50 metros (de tal manera que si necesitábamos avisar algo o pedir ayuda corríamos 100 metros), con un teléfono y timbre para llamar a enfermería que no funcionan, pero esto no es lo peor. ¿Sabe o se imagina para qué es ese biombo? Cada vez que moría una de las compañeras circunstanciales de esa Sala 114, corrían arrastrando ese biombo para tapar u ocultar a la persona fallecida de las otras dos internadas y de sus familiares que estábamos acompañando y ayudando a cuidar y asistirlas, pero solo tapaban a la fallecida de un solo lado.
Señor Director, el biombo solo tapaba parte de esa realidad. Aún resuenan en mis oídos, en mi corazón y en mi alma los gemidos de dolor de las personas internadas allí, también las respiraciones buscando aire detrás de las máscaras de oxígeno y ese zumbido que produce el oxígeno más fuerte y seco cuando no le agregaban solución fisiológica a su envase. Y los llantos de los familiares ante la muerte irreparable, el traslado de la persona fallecida en la camilla que los empleados de la CPE sin otra alternativa- debían hacer desfilando ante las demás personas internadas, con todo el estrés y el miedo que, sin piedad, se transmitía a quienes todavía estaban con un resto de vida, esperando una mejoría en su salud.
Pero, además, el momento del fallecimiento que debiera ser más íntimo, por lo doloroso, era presenciado por el resto de los presentes en la Sala 114.
Cuando algunos familiares preguntaron a su médico si podían evitar que toda la situación descripta afectara a quien tenían internada, solicitando una habitación privada o donde pudiera estar una cama sola, recibieron como respuesta que “es en todos lados igual. Si quiere puede pasar por Administración”. Ahí en Administración nos enteramos que una habitación privada tiene un costo diario de $ 1.250, al que hay que sumarle los honorarios de los médicos, dado que por tratarse de una habitación privada cobran aparte. Es decir, los médicos recorren las salas o habitaciones atendiendo a todas las personas internadas con cobertura de obra social, pero si la puerta que abren es de una sala privada, ahí cobran honorarios diarios. Me pregunto entonces si la medicina es solo un comercio, si solo nos ven a los ojos y ven pesos.
El cambio de paradigma que propongo es que, en razón que las personas ancianas han pagado impuestos durante toda su vida y siempre han aportado a su obra social, los últimos días de sus vidas deberían ser tratadas con más humanidad y empatía, alojándolas en salas individuales que paguen sus obras sociales, o construyan un hospital solo para enfermos terminales, con salas individuales... disculpe por favor, tal vez estoy pidiendo algo imposible, considerando que “pertenecemos al tercer mundo”.
Señor Director, si mi sensibilidad me lo hubiese permitido, hoy sería médica, enfermera como mamá o profesional en alguna rama de la actividad de la salud. Con esto lo que quiero expresar es que una persona común tiene límites internos que le impiden presenciar tanto dolor, sin que esto afecte sus sentimientos y su psiquis, porque la impotencia de no poder ayudar a otro ser humano sufriente genera un dolor difícil de manejar. Es inhumano presenciar tanto dolor ajeno, que irremediablemente se hace propio, se apodera de nuestro ser, nos invade, nos traspasa.
Mi mamá falleció también, a los 90 años de edad, hoy a la mañana la despedimos en el cementerio. La acompañé junto a mi hermana y familia hasta su último respiro, pero tuvimos que ahogar nuestro dolor para no molestar a las demás personas internadas y a sus familiares. ¿Es justo no tener intimidad en ese momento tan único, irrepetible y extremo y final, solo porque no contamos con el dinero suficiente para pagar una habitación privada y honorarios a los médicos, durante su última semana de vida? ¿O las personas ancianas son un descarte, en quienes ya no tiene sentido gastar dinero? Si actuásemos con más humanidad y empatía, podríamos mejorar nuestra calidad de vida.
Por último, mi más sentido agradecimiento a quienes nos brindaron apoyo, contención, calidez humana y profesional en esta circunstancia. Al Dr. Pablo Bruno quiero decirle ahora públicamente que tenemos tanto para agradecerle que la palabra gracias me resulta insignificante, gracias por su profesionalismo y por su calidez humana.
Saludo a Usted muy atentamente.


Alicia Elvira Perdomo
DNI. 12.608.700
12 de agosto de 2016

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