Polonia, ariete fundamental del avance ultraderechista en Europa

Por Eduardo Aguirre

El resurgimiento de las derechas radicales europeas reconoce en Polonia y Hungría a dos de sus expresiones emblemáticas.

Polonia ha sido gobernada desde hace una década por dos espacios políticos de derecha. La Plataforma Cívica, liderada por el presidente del Consejo Europeo Donald Tusk, y su versión más extrema, el denominado Pis (Partido de Ley y Justicia) -cuyos máximos referentes fueron los hermanos Kaczysk-, ganador de las elecciones de 2015, que consagraron presidente de la República al académico Andrzej Duda (foto) con algo más del 37% de los sufragios, en una compulsa en la que votó apenas el 56% de los polacos.

La mayor cantidad de votos que cosechó la derecha provino de sectores rurales, pero su incidencia en los principales centros urbanos fue igualmente preocupante.

Desde el ascenso al poder de esta expresión conservadora extrema, Polonia fortaleció sus históricos vínculos con EE.UU. y sus aliados (de hecho, la última reunión de la OTAN se realizó en Varsovia hace algunos meses), permitiendo la instalación de misiles en su territorio, en una debacle regresiva que no sorprende, y que se coaliga con otras vertientes de ultraderecha como las que lidera en Hungría Viktor Orban, fundador de la Alianza de los Jóvenes Demócratas (Fidesz) en los años ochenta y hoy xenófobo euroescéptico que lidera las cruzadas antiinmigratorias en la región.

Hace poco tiempo, en esa misma línea ideológica, Varsovia fue testigo de un sugestivo recordatorio conjunto de las luchas anticomunistas de húngaros y polacos en 1956.

El gobierno polaco está acusado, vale destacarlo, de un incremento sin precedentes del espionaje y la inteligencia interna, de intentar una virtual colonización de la burocracia judicial, del establecimiento de formas inéditas de control a sus habitantes, de la prensa, la cultura y las comunicaciones y de perseguir y despedir a todos aquellos que no comulguen con las lógicas nacionalistas binarias del partido en el gobierno (1).

De hecho, analizar el estado de excepción polaco encuentra sentido, precisamente, de cara a la necesidad de comprender la matriz ideológica del nuevo conservadurismo que recrudece en buena parte del mundo, incluida América Latina.

Esa deriva autoritaria genera la preocupación de la propia Unión Europea, temerosa de un “brexit” en estos países “euroescépticos”, mientras se advierte un crecimiento sostenido de las derechas duras y racistas en los países bálticos, Ucrania, Francia, Alemania, Austria, Finlandia y Suecia, por mencionar solo algunos casos.

Como era esperable, la “profundización de estas políticas por parte de la administración polaca comenzó a despertar la alarma de amplios sectores sociales del país, que lograron articular numerosos reclamos y movilizaciones multitudinarias tendientes a recuperar el respeto de las garantías y derechos civiles y políticos amenazados en una nación que, paradójicamente, fue la primera que plasmó una constitución escrita en Europa. Más de 240.000 personas marcharon en mayo pasado por las calles de la capital polaca, y una multiplicidad de protestas se llevan a cabo continuamente en lugares estratégicos de la ciudad, los que son intencionada y sistemáticamente invisibilizadas, cuando no denostadas, por la prensa adicta al régimen.

Polonia se encuentra ahora a merced de una derecha que no necesita de alianzas en un Parlamento al que controla totalmente. El PiS, además, constituye una formación que opera permanentemente sobre la cultura y logra hegemonía en el discurso y el sentido común de gran parte de la sociedad polaca, que goza de una prosperidad llamativa para la región (2), lo que ha llevado a algunos analistas a hablar del “milagro polaco”.

Hábil, extremadamente sutil para las estrategias de autovictimización y dispuesto a borrar a la izquierda del mapa (de hecho, ésta ha quedado sin representación parlamentaria), el Gobierno apela al nacionalismo reaccionario para construir nuevos enemigos, fundamentalmente los inmigrantes.

A este cuadro de situación deben añadirse las posiciones ultraconservadoras de la Iglesia polaca, que se unen a las del PiS y otros movimientos nacionalistas como el MZ o el ONR y constituyen unan evidencia del intento de “reconstruir un nacionalismo y una identidad polaca ‘monoétnica’, que quiere reafirmar la independencia política de Polonia”, tal como lo advierte el analista Lucasz Jurczyszyn. En esto juega también un papel fundamental el episcopado, porque “la Iglesia en Polonia es omnipresente, como el padre eterno” (3).

Esta situación plantea una cuestión para nada menor, ya que Polonia, además de poseer una ubicación geopolítica trascendental, es la sexta economía de la Unión que no ha parado de crecer en los últimos diez años. Un valor agregado que la distingue, por ejemplo, de la mayoría de los países del este europeo que integraron los socialismos reales. Un dato complementario: el desempleo ronda el 10%, una cifra mucho menor a las que registran países europeos occidentales como España o Grecia.

Y supone, además, otra evidencia de la emergencia de un nuevo formato derechista al que no se puede denominar ligeramente “neoliberal” sin asumir el riesgo de incurrir -también en este caso- en un grave error teórico. La xenofobia, el racismo, el nacionalismo extremo y la construcción sistemática de un “otro” desvalorado, tal vez nos estén advirtiendo que algo nuevo se está gestando en el interior de las derechas transmodernas.

(1) Polo, Higinio: El fantasma del mariscal Pisudski, disponible en https://www.rebelion.org/noticia.php?id=208435.
(2) El salario medio de los polacos supera los 900 euros.
(3) Spocci, Constanza: Polonia: cuando para hacer proselitismo se bendice la xenofobia, disponible en http://www.espacio-publico.com/el-ascenso-de-la-extrema-derecha-en-europa#comment-5771


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Comentarios  

+6 # cacareo 08-01-2017 12:28
espero que no vuelvan los abogados defensores de delincuentes.
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