Hacer agricultura no es hacer minería

 Mariano Fava (*)

Ya estamos iniciando la ventana de siembra de trigo en la zona, motivo por el cual los productores están ultimando detalles logísticos a tal efecto. Por estar situados en una región semiárida, el empresario pampeano es muy prudente a la hora de asumir compromisos, motivo por el cual la adopción de tecnología, que es necesaria pero que a veces requiere una inversión monetaria que puede comprometer la salud financiera de una empresa, debe ir acompañada de un criterio económico, de manera que le signifique a la empresa una solución y un avance hacia la supervivencia de la misma y no lo contrario. En este aspecto se encuadra la cuestión del fertilizante. Si bien nadie pone en duda la eficacia de este insumo, el empresario se ve obligado a llegar a un nivel de eficiencia tan alto para permanecer en el mercado que muchas veces descuida los objetivos de largo plazo, por resolver una coyuntura cortoplacista.

Los objetivos del uso de los nutrientes los podemos diferenciar en el corto plazo (un solo año) y en el largo plazo. En cuanto al primero (corto plazo), podemos enumerar los siguientes:

1. Maximizar el retorno de la inversión en fertilizantes.
2. Mejorar la efectividad de otros insumos.
3. Cumplir con los objetivos de producción en el corto plazo.
4. Y agregamos seguramente un esquema de agricultura tradicional.

Mientras que los objetivos a largo plazo representan:

1. Mejorar la productividad del suelo.
2. Aumentar el valor de la tierra.
3. Maximizar la efectividad de otros insumos.
4. Cumplir con los objetivos de producción en el largo plazo.
5. Y agregamos un esquema de siembra directa con las ventajas que ello conlleva.

Como vemos, la estrategia de fertilización de corto plazo obedece más bien a un tema de mercado, netamente vinculado con el retorno de la inversión hecha en fertilizante. Mientras que los objetivos de largo aliento representan un círculo virtuoso, que además de incrementar la producción por hectárea, provoca por efecto derrame un sinnúmero de beneficios al sistema, a los que brevemente nos referiremos. Un manejo adecuado del recurso suelo requiere un equilibrio entre la incorporación de residuos de cultivos y la descomposición de materia orgánica. He aquí el meollo de la cuestión. No debemos olvidar nunca que la columna vertebral de un sistema conservacionista es la cobertura. Así, más producción de grano por hectárea producto de un correcto uso de tecnología, representa un mayor aporte de residuos de cosecha al suelo, lo que contribuye al mencionado equilibrio.

Hacer agricultura no es hacer minería, por lo tanto un proceso sistemático de reposición de nutrientes (los cuales son exportados del sistema vía cosecha de grano) debe estar contemplado en el esquema mental de todo agricultor. Ello representa un verdadero desafío producto de la inversión que supone, siendo una barrera de entrada para nuevos productores al sistema de siembra directa, a la vez que se corre el riesgo de que muchos productores decidan abandonar este sistema (al menos circunstancialmente), o permanezcan en él sin capturar todo su potencial por no estar adecuadamente nutrido (fertilizado). Lo expuesto se sustenta en que, sobre todo en los primeros años de siembra directa, se debe fertilizar a un nivel más alto que en una siembra convencional, debido a que hay una menor descomposición de residuos. Sin embargo, esa menor descomposición inicial de materia orgánica en un sistema de siembra directa nos permite, en el largo plazo, elevar la calidad del suelo. Para quienes ya están en siembra directa desde hace varios años, aumentar el aporte de nutrientes permite elevar la calidad de sitio, generando más estabilidad en la producción. La contracara, como mencionamos antes, está dada por la alta inversión que ello supone y el riesgo de no recuperarlo si el clima finalmente no acompaña.

Para finalizar diremos que está claro que cultivos como maíz, trigo, sorgo y girasol son fuertemente dependientes de la fertilidad inicial de un suelo para lograr buenos resultados. La soja, debido a su capacidad de fijar nitrógeno atmosférico y de generar un suelo ácido entorno a su rizósfera (área de suelo que rodea a la raíz), le permite acceder a más nutrientes en un mismo suelo que los otros cultivos antes mencionados, permitiéndole producir bien en suelos un poco más degradados en cuanto a fertilidad química se refiere. Entrando a una siembra de trigo y cebada, con un contexto hídrico adecuado como el actual, debemos evaluar junto a nuestro ingeniero de confianza todas las estrategias posibles para hacer una nutrición adecuada del cultivo en siembra directa. Para ello, el análisis de suelo es fundamental, pues nos permite conocer desde dónde partimos y en qué nutrientes concentrar los esfuerzos; ya que debemos tener una nutrición balanceada de todos los elementos químicos. De lo contrario, podemos correr el riesgo de gastar dinero en un nutriente, como por ejemplo el nitrógeno, no obteniendo la respuesta esperada porque puede ocurrir que la producción se vea limitada por la escasez de otro macro elemento como puede ser el fósforo.

(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) - Posgrado en Agronegocios y Alimentos - @MARIANOFAVALP

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