El Abecedario de Deleuze y las sociedades de control

Por Eduardo Luis Aguirre

“El servicio de venta se ha convertido en el centro o el “alma” de la empresa. Se nos enseña que las empresas tienen un alma, lo cual es sin duda la noticia más terrorífica del mundo. El marketing es ahora el instrumento del control social y forma la raza impúdica de nuestros amos. El control es a corto plazo y de rotación rápida, pero también continuo e ilimitado, mientras que la disciplina era de larga duración, infinita y discontinua”.

“El hombre ya no es el hombre encerrado, sino el hombre endeudado. Es cierto que el capitalismo ha guardado como constante la extrema miseria de tres cuartas partes de la humanidad: demasiado pobres para la deuda, demasiado numerosos para el encierro: el control no solo tendrá que enfrentarse con la disipación de las fronteras, sino también con las explosiones de villas-miseria y guetos” (Gilles Deleuze).

“El Abecedario” se denominó el recordado documental sobre Gilles Deleuze (1925-1995) realizado por Pierre-André Boutang. Fue difundido póstumamente, a petición del mismo pensador, y está constituido por largas entrevistas con Claire Parnet que datan -y éste es un dato relevante para entender su importancia y su capacidad de anticipación- de los años 1988 y 1989.

El entrevistador le presentaba al filósofo palabras cuyas iniciales respetaban un orden alfabético, y Deleuze, que no conocía previamente las preguntas, desarrollaba sobre las mismas su pensamiento. Uno de esos desarrollos es la diferenciación conceptual que Deleuze hacía durante ese diálogo entre “sociedades disciplinarias” y “sociedades de control”, recuperando conceptos analizados previamente por Michel Foucault. Es necesario estar atentos a esas reflexiones, porque en ellas se encuentran explicaciones que guardan un sorprendente parecido con las formas que asumen los dispositivos de control en la actualidad.

El autor de “Derrames. Entre el capitalismo y la esquizofrenia”, que fuera considerado uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX, decía -apoyándose en estudios foucaultianos- que las sociedades disciplinarias se caracterizaban por la construcción y utilización de lugares de reclusión totales: cárceles, hospicios, escuelas, talleres, hospitales.

Y las sociedades disciplinarias necesitaban esos dispositivos para asegurar determinadas condiciones de sojuzgamiento y orden social. Esta diferenciación ha provocado -señala en su Abecedario este profesor de La Sorbona- algunas perplejidades en los propios lectores de Foucault, que llegaron a pensar que ese era el pensamiento último de su referente. Ha quedado claro, asegura Deleuze, que eso no formaba parte de las caracterizaciones finales del autor de “Vigilar y castigar”.

Por el contrario, Foucault no solo no pensaba que las sociedades disciplinarias fueran eternas, sino que intuía que en un futuro no demasiado lejano -acaso 50 años desde su formulación realizada durante la década de los años sesenta y setenta del siglo pasado- entraríamos en un tipo de sociedad nueva, que conservaría instituciones de aquellas formas disciplinarias previas, pero a su vez exhibiría formas de control diferentes. Justamente lo que Borroughs (a quien Foucault remitía) denominaba “sociedades de control”, que ya no necesitarán (solamente) lugares de encerramiento y secuestro oficial. Y esta superación no podrá ser explicada por una mayor laxitud de las formas de dominación, sino porque los lugares de reclusión son siempre espacios de discusión, de debate.

Absolutamente disfuncionales, por inconvenientes, para quienes detentan el poder o las distintas formas de poder en estas nuevas sociedades. Claro que seguirán existiendo cárceles, campos de concentración, hospitales y escuelas. Porque el poder disciplinario se impone gobernando los parámetros y límites del pensamiento y las prácticas sociales, prescribiendo y castigando los comportamientos normales y/o desviados, administrando los usos, las costumbres y los tiempos de los sujetos.

La superación de la sociedad fabril habilitaría la creación de nuevos mecanismos de control social por fuera de los grandes establecimientos públicos cerrados, aunque sin prescindir de edificios totalizantes donde serían conminados aquellos que habitan la exterioridad de las sociedades que hoy denominamos neoliberales, y que en realidad se caracterizan -paradójicamente- por la fascistización de su entramado político y social, como señala de Sousa Santos.

Los cuidados, la vigilancia, el nuevo control -pensaba Foucault y recuperaba Deleuze- se extenderían a los domicilios, al ámbito más privativo de los sujetos. Las nuevas sociedades disciplinarias terminarían prescindiendo de sus antiguos dispositivos totales, incluyendo la escuela. La vigilancia sería en el futuro mucho más cercana y las formas de control, verdaderamente alucinantes y perversas.

No se equivocaban, ni Foucault ni Deleuze. En las sociedades del tercer milenio, los sujetos son controlados por los dispositivos electrónicos, Internet, los medios de comunicación de masas, la propia colonización de sus subjetividades, los servicios de inteligencia (públicos y privados), los satélites, los sistemas de alarma, la emergencia decisiva de la postverdad, las entidades financieras, el endeudamiento permanente, el consumo, las instituciones y organizaciones públicas y privadas poseedoras de datos sensibles de la privacidad de cada ciudadano, la inteligencia artificial, etcétera.

La dominación en las sociedades de control conserva los instrumentos de encierro y disciplinamiento masivo, pero le añade a los mismos una variedad exuberante de medios cuya potencia radical es de tal magnitud que los sujetos tienden a naturalizarlos, a aceptarlos y valorarlos positivamente, en un proceso de colonización e identificación con sus propios verdugos.

En pocos minutos, Deleuze recorría en esta entrevista el pasado reciente de las sociedades disciplinarias y su vigencia residual, y prefigura las nuevas formas de control de las sociedades capitalistas durante el tercer milenio, entreviendo con antelación los dispositivos de un neoliberalismo fatal, capaz de cambiar la estructura de las sociedades y proclamar, a la vez, un triunfo cultural en todo el mundo. Una victoria que, tendemos a pensar, es hasta ahora categórica, aunque -esperamos- inexorablemente contingente (*).
(*) https://www.youtube.com/watch?v=JMTyWw3wKUw

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