La memoria y los números de la realidad

En la columna editorial de cada lunes, La Arena Vernácula, un repaso a algunos de los temas que quedaron de la semana que se fue: un nuevo aniversario del último golpe de Estado en Argentina, y las estadísticas oficiales que preocupan.

Una de cal...

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La Memoria volvió a imponerse con una potencia que aleja fantasmas, aunque sus propios protagonistas saben que es una lucha diaria: el 24 de marzo, fecha que recuerda el día en que comenzó el último de los golpes de Estado en la Argentina, sirvió otra vez para afianzar un largo proceso que tiene muy pocas similitudes en el mundo por el modo en que se ha afianzado como victoria política y cultural.

Las plazas y las calles argentinas volvieron a abrigarse con la memoria de multitudes que no olvidan ni perdonan y que reivindican un proceso complejo en el que la verdad y la justicia se hicieron presentes, en una pelea de todos modos interminable.

No es la mejor época para la reafirmación de ese proceso, pero sin embargo las intentonas del Gobierno para retroceder a pasos agigantados lo que avanzó la sociedad chocaron en los casos más graves contra la resistencia popular.

Primero, los funcionarios del Ejecutivo quedaron pedaleando en el aire cuando pretendieron poner en duda la cifra de desaparecidos.

Más tarde, el Poder Judicial se topó con una multitud de rechazo cuando los dos ministros que puso Mauricio Macri en la Corte Suprema intentaron abrirle una puerta a la impunidad con el mentado fallo del “2x1”.

En la otra pata gubernamental, que es el Congreso, el oficialismo hizo descomedidos avances para voltear lo logrado: queda la vergonzosa foto en que los legisladores del PRO creyeron que era simpático referirse a los Derechos Humanos como un curro, mientras el ariete macrista Nicolás Massot -que tiene estrechos vínculos familiares e ideológicos con los civiles “procesistas” de aquellos años- sigue propiciando una insólita “reconciliación”, que es la misma palabra que se usó en los ‘90 para buscar la impunidad con el indulto.

Por eso se trata de una lucha cotidiana e inacabable: cada día hay algún retroceso sugerido o propiciado desde el olvido fogoneado porque “los ‘70 nos tienen hartos” (eslogan del operador comunicacional oficialista Jorge Lanata), hasta la designación como docente de Cecilia Pando, tratada a veces en la Casa Rosada con tanto cariño como el que en otra época se prodigaba a las Madres y Abuelas.

En La Pampa, la pelea por la Memoria es también para terminar de desmitificar el impuesto concepto de que la provincia fue una suerte de “isla” que supuestamente no padeció, o sufrió en proporciones menores, los embates del terrorismo de Estado para imponer un plan económico con el aval de los militares, los civiles cómplices (empresarios con poder fáctico en primer lugar) y la Iglesia Católica.

Derribar esas teorías no es sencillo, ni nunca será definitivo, pero cada 24 de Marzo, cuando vuelven a asomar recuerdos y reivindicaciones, palabras y sensaciones, emociones y demandas, esa memoria recobra potencia y refresca en actos, plazas, calles y pañuelos, que late con vida saludable.

...y una de arena

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Mientras los medios que son socios del Gobierno y los periodistas que operan en favor de Cambiemos se empeñan en difundir cifras que convierten a la Argentina en un paraíso de la buena calidad de vida, en otros ámbitos parece reinar lo que los comunes llaman “la realidad”.

Así se hace inevitable, y cada vez más chocante, el contraste entre los nuevos dibujos del INDEC y lo que se respira cotidianamente en los ámbitos donde los argentinos desarrollan la normalidad de su vida.

Los índices de inflación que -después de un insólito e injustificable apagón estadístico- amañó el organismo oficial le permiten al oficialismo difundir datos que, aun siendo preocupantes, no alcanzan el nivel de inquietud que merecerían si esas cifras contuvieran el verdadero impacto sobre el bolsillo común de los tarifazos y de los precios de la vida cotidiana.

Pero esa manipulación de la estadística para presentar la realidad en forma de producto de marketing es pequeña si se la compara con la permanente difusión de “buenas noticias” vinculadas, por un lado, con el supuesto “arranque económico” y por otro con la presunta generación de empleo.

Mientras en todo el país se conocen casos de despidos y aumento de la desocupación, las cifras oficiales dan un manotazo de ahogado a los monotributistas recién inscriptos y aluden a supuestos incrementos en el nivel de ocupación que chocan de lleno con lo que padecen trabajadores de los más diversos sectores y geografías.

Esos números del INDEC parecieron aproximarse más a la realidad en el caso del aglomerado Santa Rosa-Toay, donde efectivamente constataron un incremento de la cantidad de personas que perdieron su trabajo.

No hace falta más que recorrer un poco el contexto, o hablar con personas del común, para entender que hay miles de trabajadores del Estado y de la actividad privada que perdieron su fuente laboral.

El conflicto, en todo caso, está pacificado y ocultado por los medios hegemónicos, pero los trabajadores bancarios inician otro proceso de reclamos que afectará a los clientes, los docentes universitarios ninguneados disponen un plan de lucha que incluye un paro de 48 horas, los empleados del Instituto Nacional de Tecnología Industrial son echados de sus puestos y en el pago chico los vinculados al diario “La Reforma” afrontan un oscuro panorama.

Desde ya que son solo algunos ejemplos, frescos, de esta semana, en un contexto en el que el salario de la mayoría de los trabajadores, e incluso el ingreso de pequeños comerciantes y hasta medianos empresarios, se ha visto ajustado a partir de la incidencia de medidas económicas que el oficialismo ha tomado en beneficio de los exportadores o grandes holdings y de multinacionales.

Ese combo anuncia intrigas a mediano plazo, porque se complementa con un combo de feroz endeudamiento, a su vez atado a permanentes casos de lo que ahora llaman “conflicto de intereses” para gambetear la palabra corrupción.

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