Geopolítica del conocimiento y del poder en clave decolonial

Por Eduardo Luis Aguirre

El filósofo Enrique Dussel explica que existe una relación muy estrecha entre la geopolítica (una disciplina que históricamente ha sido patrimonio militar del saber), el conocimiento (una categoría que fluye y circula por toda la geografía planetaria) y el poder político.

Una mirada alternativa sobre la historia mundial permite advertir -según este notable referente de la Filosofía de la Liberación- que durante la época de oro del mundo árabe (que va desde el siglo VIII hasta el XIV de nuestra era) el mismo se extendía desde el Atlántico hasta el Medio Oriente, incluyendo Egipto, Afganistán, la India, los califatos, la Indochina y la misma Filipinas, comunicando de esta manera China con Europa en la denominada “Edad Media” y ocupando el centro del “sistema mundo” antiguo.

Allí se produjeron los más grandes adelantos en materia del conocimiento matemático (afirmación constatable con solo recordar los números arábigos), la astronomía, la filosofía, la teología, la medicina, el derecho y la tecnología. Los árabes tenían, durante esos largos siglos, la geopolítica del poder en materia de creación del conocimiento, relegando a todas las demás regiones del mundo conocido, incluida desde luego Europa, que era un expresión marginal que durante ocho siglos estuvo asediada por los árabes. Fue el momento histórico que conocimos mediante la historiografía eurocéntrica como “feudalismo”. Que, en realidad, fue una manera de describir la historia de Europa (único lugar del mundo, vale recordarlo, donde existió el feudalismo) echando mano a un prejuicio ideológico del idealismo alemán del siglo XVIII. Como también lo fue -vale destacarlo- la idea posterior de “posmodernidad”, que alude a una forma de concebir y pensar la historia desde epistemologías propias del norte de Europa.

En el siglo XV el mundo árabe comienza a perder esa centralidad, a partir de las expediciones y descubrimientos de las potencias del sur europeo -España, Italia y Portugal- en América, época que Dussel concibe como el comienzo de la Modernidad, en una nueva mirada geopolítica del poder que se desplaza desde el Mediterráneo y Bagdad hacia el Océano Atlántico. El mundo árabe declina entonces el predominio en la geopolítica del conocimiento, porque este está muy vinculado a las nuevas relaciones de poder económico, a las comunicaciones, a una nueva forma de acumulación de capital, a la posibilidad de acompañar los nuevos inventos y adelantos, a poseer información, desarrollar grandes instituciones del conocimiento y tener profesores que lo reproduzcan y socialicen. De hecho, las universidades de Salamanca y Coimbra se transforman en las principales usinas de ese conocimiento que se produce en los albores de la nueva y verdadera Modernidad: la que ocurre a partir de 1492.

Será recién durante la Ilustración, en el siglo XVIII, cuando la geopolítica del conocimiento -y por ende del poder- se trasladará desde el sur de Europa hacia el norte del viejo continente. Las universidades de Francia y Alemania adquieren en esa época, en consecuencia, una marcada hegemonía. Justamente por eso Hegel llegará a decir que Alemania, Inglaterra y el imperio danés son el “centro” y la esencia de Europa, y dirá también que “siempre” lo han sido y que la historia va del este hacia el oeste, en lo que constituye, según Dussel, un exabrupto del idealismo alemán del siglo XVIII a la hora de reconocer la verdadera evolución histórica de la humanidad.

Geopolítica del conocimiento y poder plantean aquí una verdadero hiato, ponen en tensión las distintas coordenadas según sea la mirada del mundo que se adopte.

Pero es aquí, durante la Ilustración, cuando se produce una explosión de nuevos conocimientos, que abarca también áreas como la cultura, la historia y la filosofía, que influirán decisivamente en los pueblos y las civilizaciones del Sur del mundo, que a partir de entonces va a ser colonizado científica y epistemológicamente. Los europeos se mostrarán desde entonces al mundo como los grandes creadores y desarrolladores de inventos y adelantos que muchas veces se generaron en la periferia. Y un continente que alcanzó su centralidad hace menos de dos siglos se exhibirá como la matriz de las civilizaciones modernas. El proceso de colonización tiende de esa manera a completarse durante largos siglos.

La invasión de América fue, según concluye Todorov, el encuentro más importante de la historia humana. “En el ‘descubrimiento’ de los demás continentes y de los demás hombres no existe realmente ese sentimiento de extrañeza radical: los europeos nunca ignoraron por completo la existencia de África, o de la India, o de China” (p.14). El primer continente subsumido a Europa por el colonialismo fue América Latina, expresa Enrique Dussel en el mismo sentido. Ambos intentan explicar, de distinta manera, la incidencia mundial de un hecho histórico sin precedentes y las consecuencias de esa disputa, que atraviesa más de quinientos años. Hasta que comienza a producirse, de manera sostenida, con avances y retrocesos, especialmente a fines del siglo XX y principios del siglo XXI, un proceso de descolonización en América Latina, que ha deparado la posibilidad de la reivindicación de una nueva manera de pensar el mundo.

La geopolítica del poder cambia, porque cambian los grandes paradigmas epistemológicos, y se asiste a una nueva disputa por la cultura, por el sentido y por los discursos, justamente al final de una época: la del capitalismo “fósil”. Eso supone volver a lo propio por valioso, recuperar nuestra verdadera historia, articular un nuevo diálogo -igualitario y democrático- con la modernidad, esta vez concernido por nuestros propios intereses y, finalmente, comenzar a desarrollar nuestras potencialidades a partir de nuestras propias tradiciones. Especialmente aquellas que atañen a la forma de concebir y respetar la naturaleza, el cosmos, el conocimiento y, fundamentalmente, la manera de vincularnos con el otro. Una nueva modalidad de agregación y organización social, que rescate al poder como ejercicio de una delegación que se asiente en la obediencia al mandante. Un poder obediencial. Y una nueva escala de valores a la hora de mirar la vida. Lo que se ha dado en llamar, en las culturas precolombinas, un “buen vivir”.

Fuente:
Dussel, Enrique: “Filosofías del Sur”, Ed. Akal, Argentina, 2016.
Dussel, Enrique: Jornadas cartográficas del Poder y Geopolítica del conocimiento”, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=m-cYQ9ws9gQ.
Todorov, Szvetan: “La conquista de América. El problema del otro”, Siglo XXI Editores, 2014.

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