El ascenso del fascismo social

Por Eduardo Luis Aguirre

“Nosotros dos somos los únicos conspiradores. Vuestra merced, por haber agobiado al país con exacciones insoportables, y yo, por haber querido libertar al pueblo de semejante tiranía” (Túpac Amaru)

Asistimos a una etapa histórica de dramático retroceso de las democracias liberales. El mejor ejemplo de esa deriva lo constituye la propia Europa, donde se ha desmontado incluso el experimento occidental de las socialdemocracias y su modelo de estado de derecho, creados a partir de la segunda postguerra. Esas democracias, concesiones evidentes del capitalismo de la época ante el avance del comunismo, no solo eran avanzadas en la consagración de derechos civiles y políticos, sino también en materia de derechos sociales y económicos. Las socialdemocracias fueron exhibidas durante décadas como la pretendida evidencia de un capitalismo con rostro humano. “En los años de máximo apogeo del moderno Estado del bienestar europeo, cuando el aparato administrativo seguía ejerciendo todavía una autoridad de amplio alcance y su credibilidad se mantenía incólume, se alcanzó un notable consenso. El Estado, según se creía mayoritariamente, siempre lo haría mejor que el mercado no restringido: no solo en lo tocante a la administración de justicia y defensa del reino, o a la distribución de bienes y servicios, sino en cuanto al diseño y aplicación de estrategias para la cohesión social, el sustento moral y la vitalidad cultural” (*). Estas conquistas del Estado social han sido sistemáticamente destruidas en la Unión Europea y sustituidas en los últimos años por una lógica neoliberal de estado y sociedad.

Si pudieron ser desguazadas las democracias más equitativas del mundo, después de una primavera rampante de medio siglo de vigencia, fácil es entender lo que ha ocurrido en los márgenes del planeta con sus noveles democracias y sus diferentes experiencias emancipatorias o autonómicas. De esta manera, parece claro que las democracias representativas van perdiendo su histórica batalla a manos del neoliberalismo, y las grandes corporaciones lo han hecho saber explícitamente: solo confían en un capitalismo gestionado por expresiones que resguarden y representen sus intereses. Esas corporaciones ganaron muchísimo dinero con los gobiernos populistas de América Latina, pero igualmente prefieren ser gobernadas por las derechas que les aseguran tasas de ganancias inmediatas que se expropian rápidamente a los sectores populares, incluyendo las pequeñas y medianas empresas. Porque, si bien la lógica del capital es maximizar ganancias, el capital concentrado prefiere hacerlo dentro de la lógica neoliberal del shock. El poder financiero sabe, en definitiva, que si bien ha ganado mucho con los gobiernos denominados con opinable precisión conceptual “postneoliberales”, también asume que ha perdido durante esa época una parte importante de su poder político, cultural y simbólico que no está dispuesto a resignar.

Esta parece ser una faceta, quizás una de las más importantes, a la hora de explicar el declive de los procesos democráticos. Pero no es la única motivación que explica esos retrocesos y la nueva y brutal matriz neoliberal.

Está claro que el capitalismo neoliberal es un capitalismo antisocial, no productivo, fundamentalmente financiero, donde el capitalista ni siquiera ve trabajadoras o trabajadores, no ve obreros, sino solamente cifras. Se trata de un régimen capaz de instaurar las máximas inequidades y calamidades de la historia.

Pero las sociedades contemporáneas alienadas por el neoliberalismo se distinguen también por otras singularidades. Además de sus asimetrías criminales son colonialistas, xenofóbicas, racistas, discriminatorias y patriarcales. A su influjo crecen por doquier los clásicos prejuicios y los discursos regresivos en las fábricas, en las oficinas públicas, en las universidades, en las calles y en las familias, a pesar de los paradójicos avances que ha habido en la primera década del tercer milenio en materia de derechos civiles y políticos en muchos países del mundo. Para constatar el auge del fascismo social solo hay que ver las políticas migratorias en Europa y observar el crecimiento del racismo y la discriminación en nuestros países. Increíblemente, los prejuicios raciales se incrementan, las retóricas fascistas legitiman lo indefendible, y tal vez el mejor ejemplo de eso lo constituya la estigmatización y demonización de los pueblos originarios cuando cortan una carretera contra una minera o contra latifundistas y son vistos como meros obstáculos al desarrollo, como incivilizados, inferiores, atrasados o, directamente, terroristas. Y, en muchos casos, masacrados por el Estado, con un macabro consenso de gran parte de la sociedad.

Por eso, las desigualdades sociales y el racismo que vienen atravesándonos como sociedad desde hace cinco siglos resurgen con una fuerza increíble en épocas de predominio de un neoliberalismo feroz y hacen que las relaciones humanas sean cada vez más violentas. El incremento sostenido de los femicidios da cuenta de esos retrocesos.

Hace algunos años, la ONU había acuñado un concepto que muchos en su momento criticamos: el de seguridad humana. Para que existiera seguridad humana los ciudadanos no debían padecer necesidades básicas insatisfechas ni miedo. Este concepto se contraponía a la nefasta doctrina de la seguridad nacional, que derivó inexorablemente en la construcción de enemigos internos y en un estado de excepción permanente, donde el miedo era un organizador de la vida cotidiana y un formidable instrumento de control social. Es decir, un retroceso sistemático en materia de derechos y garantías y de convivencia civilizada.

Como dice De Sousa Santos, las máximas del neoliberalismo crean imperativos globales que van en contra de la deliberación democrática y ponen también en crisis a las democracias. Las vacían de contenido, las banalizan, crean una realidad y alientan un sentido común conservador. Esto allana el camino del fascismo social.

El fascismo social no tiene límites, incluso adolece de fronteras ideológicas. Por el contrario, es capaz de fluir por los meandros ideológicos y las inconsistencias teóricas de los gobiernos progresistas. Un ejemplo vale más que mil palabras: durante la primera década del milenio, en pleno desarrollo de proyectos emancipatorios en América Latina, entre 200 y 300 líderes indígenas estaban acusados o encarcelados por supuestas violaciones de siniestras leyes antiterroristas. Un cóctel explosivo de normas binarias, códigos procesales auspiciados por oscuras ONGs y burocracias judiciales brutalmente colonizadas hicieron su trabajo. El pasado, como ocurre con frecuencia, suele explicar el presente y permite imaginar el futuro.

(*) Judt, Tony: “Postguerra. Una historia de Europa desde 1945”, ed. Taurus, p. 527 y ss, disponible en http://www.academia.edu/30936325/Tony_Judt_-_Postguerra._Una_historia_de_Europa_desde_1945

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