Situación de la cosecha gruesa 2017-18: una zafra de extremos

Por Mariano Fava (*)

Sin duda plantar cultivos de cosecha gruesa está requiriendo de todo el ingenio, de toda la fe y de todo el tesón que el empresario agrícola pampeano haya podido juntar. Luego de un invierno largo de “pelear el barro” tratando de levantar la producción que la inundación reclamaba para sí, muchos son los daños colaterales que el mencionado fenómeno dejó. Si bien hemos hablado en reiteradas oportunidades en esta columna al respecto, es esta ocasión nos concentraremos en el hecho de que, como resultado de la falta de pisos y los problemas de transitabilidad tanto de lotes como de caminos, hoy conviven en el norte provincial toda una gama de tecnologías, que van desde la siembra directa tradicional, pasando por el cultivo de cobertura (como estrategia de lucha ante malezas problema y depresor natural de las napas freáticas), hasta la medida extrema, y porque no desesperada, de arar lotes que acumulaban un historial de casi 20 años de siembra directa. Todo ello con el objetivo de establecer soja y maíz de la manera más eficiente posible, amigable con el ambiente, tratando de custodiar la razonabilidad económica.

En un extremo tecnológico están los potreros que pudieron y pueden ser transitados sin mayores dificultades, en general campos altos, cercanos a la ruta. En esta gama de potreros se ha podido llevar adelante el sistema de producción tradicional bajo siembra directa. Pues se pudo cosechar y pulverizar sin mayores inconvenientes. En estos casos tenemos dos tipos de situaciones, los lotes que se mantuvieron limpios con el uso de herbicidas residuales hasta la época de siembra; y los potreros que se les establecieron los cultivos de coberturas, tecnología que tiene un sinnúmero de objetivos, como por ejemplo:

1. Inhibir la germinación y el desarrollo de malezas problema.

2. Aumentar la concentración de materia orgánica joven por el aporte de materia seca a los lotes una vez disecados.

3. Aumentar la fertilidad química, a través de la incorporación de leguminosas a los cultivos de cobertura, que permiten la fijación del nitrógeno empleando la energía lumínica de la fotosíntesis y la simbiosis con un microbio responsable de la reducción del nitrógeno elemento a nitratos.

4. Como todo cultivo consume agua del suelo, por lo que es un depresor natural de los excesos hídricos que elevan la napa freática generando problemas de inundaciones de potreros.

5. Para los productores mixtos es un forraje de emergencia, ante situaciones puntuales, pues más allá de que no se planta con destino forrajero, no está prohibido su uso y puede recurrirse a él en caso de ser estrictamente necesario.

En el otro extremo tecnológico están los lotes que debieron volver al sistema de labranza tradicional. El implemento escogido fue el arado de doble acción. Este permite nivelar los lotes que presentan huellas importantes por el tránsito de la maquinaria sobre el suelo húmedo para levantar la cosecha. Así mismo es el método más eficiente para eliminar las malezas de difícil control con herramientas químicas, pues se encuentran en un estado fenológico avanzado que las hace fuertemente resistente a herbicidas; como ejemplo podemos mencionar a la “rama negra” o las “clorídeas”. Se observa una resistencia importante por parte de técnicos a tomar la decisión de generar una remoción del suelo, lo que resulta inexplicable, al menos que estemos en presencia de un suelo muy arenoso, con elevado riesgo de erosión eólica, de lo contrario no se entiende. Hay países como Estados Unidos donde la adopción de la siembra directa no es tan alta como en Argentina y sin embargo tiene altas producciones. E

l secreto está en saber por qué se hacen las cosas, y luego cómo seguir. En este caso la labranza se propone como un “reseteo” del lote que por la inundación no se pudo intervenir en tiempo y forma. Luego de esta labranza coyuntural se prevé volver rápidamente al sistema de siembra directa, para luego sí retomar un manejo oportuno de la maleza con herbicidas residuales y de contacto. Hay gente que propone una situación intermedia que sería la labranza vertical. Esta forma de labranza plantea 2 dificultades, por un lado no es tan eficiente para eliminar las malas hierbas, y por el otro rompe la estructura del suelo en profundidad que es la más difícil de lograr, por lo que no es tan conservacionista como se cree, con la excepción de evitar la erosión eólica, en eso sí es más recomendable. La posibilidad de emplear el sistema de doble golpe que consiste en aplicar primero una fuerte dosis de herbicidas sistémicos, para unos 10 días después reaplicar con un desecante total, es útil hasta cierto punto. Una vez que la población de individuos resistentes es muy grande, no se logran buenos resultados, sin mencionar que agredimos el ambiente con una “bomba química” muy poderosa, lo cual podrá ser conservacionista desde el punto de vista del cuidado de suelo, pero es demasiado agresivo respecto de la energía química liberada al ambiente, y muchas veces se torna antieconómico. Por lo cual se observa una tendencia de los técnicos, que no “les duele el bolsillo”, a inclinarse por conservar la directa a toda costa. Pero cuando la visión es más empresarial y se miran los costos, se está mejor dispuesto a resignar un año de siembra directa para disminuir el riesgo empresario.

En resumen, todas las alternativas tecnológicas, ya sean las nuevas o las anteriores, están disponibles y es bueno tenerlas a la mano. Está en el criterio técnico saber usarlas para lograr el sistema de producción ambientalmente más amigable, económicamente más sustentable, siempre en un marco de adaptación a la realidad que le toca vivir a la región donde se desarrolla la tarea.

(*) Ingeniero agrónomo - (MP: 607 CIALP) Posgrado en Agronegocios y Alimentos - @MARIANOFAVALP

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