La bioeconomía y el agregado de valor

 

Por Mariano Fava (*)

El sector agropecuario ha retomado un renovado impulso en materia de producción y agregado de valor. En efecto, ya no solo se logra una cosecha récord tras otra, sino que se está invirtiendo fuertemente en industrias relacionadas al agro, que se engloban dentro del concepto de bioeconomía, es decir, todos aquellos bienes y servicios producidos en base a recursos biológicos renovables de la tierra y el mar.
Los casos más paradigmáticos de bioeconomía se dan en el área de la bioenergía, con el etanol a la cabeza. Como pampeano duele ver la manera en que nuestra provincia “ha perdido el tren” de este negocio, mientras que provincias hermanas como San Luis o Córdoba lo usufructúan en plenitud gracias a la instalación de empresas etanoleras a base de maíz, que les permiten industrializar el grano, generando un impacto muy grande en el desarrollo de la ganadería. Pensar en etanol es pensar en alimento más energía, no siendo pues conceptos antagónicos.

Varias veces nos hemos referido en esta columna a la necesidad de que la provincia recupere parte del tiempo perdido en materia de biocombustibles. La manera más rápida es a través de la empresa estatal de energía. La necesidad de biocombustibles para el blend (mezcla) del combustible fósil (derivados del petróleo), como una manera de revertir los daños que se le hace al planeta a través de la emisión de gases (calentamiento global), convierte al poroto de soja en una herramienta vital para la producción de biodiésel (para cortar gasoil) y al grano de maíz en un recurso estratégico para producir bioetanol (que permite cortar las naftas). Está claro que de la soja no hace falta incentivar su industrialización ya que la Argentina tiene la molienda de soja más avanzada del mundo. Pero en maíz hay mucho por hacer, y los pampeanos dependemos de nosotros mismos.

Al referirnos a biocombustibles, muchos detractores argumentan que es un despropósito usar alimentos para hacer energía, sin embargo destilar etanol partiendo de maíz no nos plantea la disyuntiva de alimento vs. energía, sino que muy por el contrario en una acción sinérgica que propone energía más alimento, ya que del destilado de estos cereales se genera un subproducto de altísimo valor nutritivo, que deriva en verdaderas revoluciones ganaderas de las regiones aledañas a una industria etanolera.

Que se formen clusters (grupos de empresas interrelacionadas que trabajan en un mismo sector industrial y que colaboran estratégicamente para obtener beneficios comunes) de molienda de maíz en provincias como San Luis o Córdoba no es una mera coincidencia, pues en una economía de mercado que funcione en base a la eficiencia y no al subsidio y/o dádiva debemos competir con otros mercados.

En el caso del mercado de maíz, un empresario etanolero deberá pujar con el sector exportador y con la industria de los alimentos balanceados por el grano. Así es que deberá instalarse en un lugar donde haya maíz para abastecer sus digestores y a la vez que esté lo suficientemente lejos del puerto (alrededor de 400 kilómetros o más) para que el costo de flete (que representa hasta un 30% del valor del maíz en estas distancias) juegue a su favor a la hora de tentar al productor para que le venda a él y no al sector exportador. Adicionalmente debemos estar en una región en la que en un radio no mayor a los 150 kilómetros contemos con la cantidad suficiente de animales (fundamentalmente bovinos, porcinos y aves) para que consuman un volumen muy importante de subproducto de la destilación del grano de maíz, el cual posee excelentes propiedades nutricionales, en algunos casos mejores aun que el grano original, ya que se le extrae el almidón y el aceite, concentrando de manera importante la proteína en el subproducto.

De la molienda y la destilación del maíz para obtener biodiésel se generan cuatro subproductos de enorme valor:

1. Vapor de agua para la generación de energía eléctrica que hace a la fábrica autosustentable y ambientalmente amigable.

2. Dióxido de carbono, que se puede captar para embotellamiento de bebidas gasificadas, evitando el efecto invernadero.

3. DDGS (grano seco de destilería con solubles) y WDGS (grano húmedo de destilería con solubles), excelentes para la nutrición de bovinos, porcinos e incluso aves.

4. Aceite de maíz. Al extraer el aceite del subproducto mejoran las propiedades nutricionales del DDGS y el WDGS.

Con esto vemos que la supuesta lucha entre los granos para alimento o para energía en una falacia, pues se puede generar ambas cosas. Los subproductos con destino a nutrición animal tienen una concentración proteica de alrededor de tres veces más que el grano original de maíz, con energía aportada por fibra de alta digestibilidad, grasas y restos de hidratos de carbono. La inclusión en dietas de bovinos mejora el consumo voluntario y el acostumbramiento a la ración, a la vez que maximiza la respuesta animal (ganancia diaria de peso vivo) y por lo tanto la eficiencia de conversión de grano a carne.

El DDGS se emplea en cerdos desde un siete a un quince por ciento, según etapa de desarrollo, en feed lots hasta un cuarenta por ciento, en tambos hasta alrededor del veinticinco por ciento y en aves alrededor de un ocho por ciento. También es factible de ser exportado. En el caso del WDGS, como es materia húmeda debe consumirse localmente, pero se puede almacenar en silobolsas para evitar las podredumbres por presencia de oxígeno, es decir, es plausible de ser ensilado y conservado. Los tamberos, que siempre son los empresarios pecuarios más avanzados o adoptadores tempranos de tecnología ganadera, una vez que prueban la burlanda húmeda nunca más la dejan, porque es muy palatable para la hacienda, elevando el consumo diario de nutrientes, lo que redunda en mayor producción (alrededor del 7% más de leche), y su costo es de un 30% menos aproximadamente en relación al grano seco que se muele.

(*) Ingeniero Agrónomo (MP: 607 CIALP) - Posgrado en Agronegocios y Alimentos - @MARIANOFAVLP

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