El otro, entre la angustia de la alienación y el fascismo

Por Eduardo Luis Aguirre

La alienación del Neoliberalismo actual reproduce algunas de las características que el propio Marx había descripto en el siglo XIX, pero además añade otras formas diferentes de colonización de las subjetividades asentadas en el miedo, la angustia y la permanente disconformidad e inseguridad que el propio sistema genera.

El pensamiento marxiano ortodoxo destacaba que aquel primer capitalismo, de sesgo predominantemente industrial, había creado una sociedad que privaba a la mayor parte de las personas de desarrollar su potencial creativo, pese a prometer constantemente hacer de los sujetos personas felices y autorrealizadas. En aquel contexto, la alienación laboral era la forma central de enajenación, generalmente estimulada por la monotonía brutal del trabajo en las fábricas y un estilo de vida que implicaba ordenar el tiempo libre y la vida cotidiana para recuperar energías y volver a producir en los lugares habituales de trabajo en la siguiente jornada laboral (1).

La que actualmente se exhibe como una cuarta etapa del capitalismo, denominada tecno-financiera, es esta en la que el capitalismo ya no precisa del momento material, la mercancía, para completar el proceso de acumulación y reproducción del capital. “La acumulación se realiza por medio de un mecanismo virtual. El dinero se reproduce a sí mismo sin que deba atender a la satisfacción de las necesidades humanas; más aún, el dinero ya no necesita de la moneda, y después del billete, en el sendero creciente de abstracción de la representación del valor, sino que le basta con teclear “intro” en una computadora de Buenos Aires para que se replique instantáneamente en otra de Nueva York, Londres, Frankfurt, Zurich, Tokio o Hong-Kong” (2).

Sin embargo, ya desde fines del siglo XIX se manifestaron los lineamientos teóricos de una nueva estrategia, hoy conocida como Neoliberalismo, que rechaza toda intervención del Estado, defendiendo la centralidad del mercado al que considera el mejor asignador de los recursos escasos para optimizar la satisfacción de las necesidades infinitas. Con el objeto de poner en práctica su pensamiento, el Neoliberalismo desecha los principios universales de “igualdad” y “derecho a la propiedad”, reivindicando como único postulado rector de la vida social y económica el de la “libertad individual”. La libertad, no considerada como un bien social e igualador sino como un atributo individual que hay que conquistar y defender, evoca el mundo hobbesiano de la lucha de todos contra todos por la supervivencia. La libertad así concebida lleva en sí misma la pulsión de la muerte. Si mi libertad confronta con la libertad del “otro” para sobrevivir pues no la comparto con él, ese otro es para mí un medio, en el mejor de los casos, o un obstáculo, en el peor. Yo debo servirme de él y someterlo a mi voluntad y a mi arbitrio o, si se opone a mí, eliminarlo. Se trata de matar o morir lo que propone la doctrina neoliberal, es el darwinismo social cuya ley es la de la supervivencia del más apto, no necesariamente el mejor; el más apto quiere decir el más hábil, tal vez el más inescrupuloso, el más dotado para adaptarse a las condiciones del medio.

La vida así se resume a una lucha individual por el éxito, un cálculo económico que la abarca en su totalidad, una búsqueda continua de maximizar la rentabilidad económica y el placer por medio de un hedonismo vacío que procura la satisfacción inmediata de necesidades tanto sustanciales como prescindibles (3).

Ahora bien: la cuestión del otro no es un patrimonio categorial del capitalismo financiero. Debe recordarse que un fenomenal libro de Tzvetan Todorov detalla pormenorizadamente la distinta relación con los otros que mantienen los españoles durante la conquista de América. Las escasas habilidades empáticas con los distintos que exhibía Colón, en contraposición a la ductilidad reconocida de Hernán Cortés constituyen un ejemplo categórico de esta investigación sin parangón (4).

Lo que sí plantea el Neoliberalismo es la primera racionalización y legitimación del otro como un sujeto desvalorado. La construcción de un otro no deseado. Aquel que, según Avishai Margalit, hacemos como que no vemos y, en realidad, preferiríamos que no existiera (5). Para ello, los estereotipos funcionan como el preludio legitimante de las masacres. Más de ciento cuarenta millones de muertos en crímenes masivos durante los dos últimos siglos, sin contar las guerras, así parecen atestiguarlo (6).
En clave de filosofía de la liberación, Enrique Dussel (foto) hace una caracterización con anclaje en la realidad de los pueblos que han sido colonias.

“El otro, que no es diferente (como afirma la totalidad) sino distinto (siempre otro), que tiene su historia, su cultura, su exterioridad, no ha sido respetado; no se lo ha dejado ser otro. Se lo ha incorporado a lo extraño, a la totalidad ajena. Totalizar la exterioridad, sistematizar la alteridad, negar al otro como otro es la alienación. Alienar es vender a alguien o algo; es hacerlo pasar a otro posesor o propietario. La alienación de un pueblo o individuo singular es hacerle perder su ser al incorporarlo como momento, aspecto o instrumento del ser de otro. La periferia geopolítica mundial, la mujer y el hijo son propiedad del centro, del varón y el adulto. Se aliena el ser del otro al descolocarlo de su propio centro; al hacerlo girar en torno del centro de la totalidad ajena. La alienación, sin embargo, se juega esencialmente en la poíesis de una formación social.

La praxis de dominación, como relación hombre-hombre, coloca al otro al servicio del dominador, pero es en el trabajo (poíesis) en el que dicha dominación se cumple realmente. Es cuando el fruto del trabajo no es recuperado por un pueblo, por el trabajador, por la mujer, por el hijo, es que su ser queda alienado. Cuando el fruto del trabajo del otro dominado, totalizado, se lo apropia sistemáticamente el dominador; cuando dicha apropiación deviene habitual, institucional, histórica, en ese momento la alienación es real, cierta, efectiva: es un modo de producción injusto. La propiedad, como el derecho de posesión de lo producido por otro, es la contrapartida en el dominador de la alienación del dominado. En la sociedad de consumo es propiedad de capital; en la sociedad burocrática es posesión de funciones que controlan el poder. Ejercicio del poder dominador y alienación son los dos aspectos de la totalidad totalizada.

Por ello toda alienación política, erótica, pedagógica o fetichista se consumará en su respectiva económica, en la subsunción del otro en la totalidad. En nuestra sociedad, el capital aliena al otro, lo compra, paga por su capacidad de trabajo y lo transubstancia en sí mismo. El asalariado, alienado, es ahora ontológicamente un momento del capital, “lo mismo”, y una de las formas fenoménicas en que se manifiesta: trabajo productivo del capital”.

Al otro, en épocas de riesgo o de peligro que crean unilateralmente los dominadores, se lo convierte en enemigo, mediante un proceso de supresión de derechos y estigmatización que habilita la barbarie. “En tiempo de paz, generalmente intervalos entre un conflicto y otro, aunque siempre se le tenga por peligroso (causas de la angustia fundamental de todo sistema totalizado o esquizoide), al rostro del otro se lo manipula como mera cosa sin trascendencia ni misterio, se lo constituye como instrumento.

El rostro se lo cambia por una máscara, fea, usada, por los climas, rústica. La máscara ya no es rostro; ya no interpela; es un mueble más del entorno. Se pasa junto al otro y simplemente se dice: ‘¡un obrero!’, o: ‘¡un indígena!’, o: ‘¡un negro!’, o: ‘¡un pakistaní desnutrido!’ (de esos que se ponen en los afiches para pedir a la gorda Europa y Estados Unidos limosna para los países pobres; de esta manera hasta tienen buena conciencia, olvidando por qué están raquíticos y sobre todo qué tendrá que ver el centro acerca del hambre de la periferia)”.

“Para matar, previamente, hay que destituir al otro de su exterioridad sagrada y reducirlo a ‘un enemigo’. De igual modo, en tiempo de paz (para los dominadores) y de coexistencia pacífica (para mejor explotar a la periferia), al otro se lo degrada de su dignidad de persona y se lo constituye como mano de obra, instrumento de instrumento, robot ultra perfeccionado: cosa útil. Después de este ‘pase de mano’ del malabarismo de la ontología clásica y sus siempre fieles ideólogos (como Rosenberg) o políticos (como Kissinger en sus gestiones ‘humanitarias’ para con Vietnam o Angola), todo es posible, desde hacer jabones con la grasa de sus cuerpos martirizados o domesticar grandes perros para que violen mujeres como tortura (lo primero se vio en Alemania y lo segundo pudo verse en Chile en 1976)” (7).

La alienación, en cuanto angustioso tránsito, atraviesa la razón y la conciencia crítica de los pueblos, despierta fobias fratricidas, exalta lo peor de las pulsiones autoritarias, se mete de cabeza en el pantano fascista, estimula lo peor de cada uno, crea antagonismos, equivoca los agonismos, confunde víctimas con victimarios, escamotea la verdad. Los antagonismos implican nuevos enemigos, que además, por resumir lo peor de lo que no podemos soportar como distintos, los hace pasibles de cualquier tipo de pulsión retrógrada. Incluso, del aniquilamiento. Cuando un energúmeno fabula sobre la presunta declaración de guerra de pueblos preexistentes peligrosos, a los que se desvalora sin ton ni son, estamos frente a una incitación al exterminio y a una banalización del enorme capital social que implican la diversidad y la singularidad. Todos los genocidios reorganizadores de la modernidad comenzaron de esa manera. Incluso, la “conquista del desierto”.

Estamos a tiempo, todavía, de pensar críticamente la oprobiosa oquedad de los discursos conservadores. Solamente así evitaremos el clima de intervención que destila un sistema de control global punitivo siempre atento a nuestro territorio, nuestra cultura y nuestros recursos naturales. Los adversarios serán los mismos a lo largo de la historia. Los pueblos no pueden dejar de conocerlo. Cuando se remataron centenares de miles de hectáreas después del genocidio de los pueblos originarios, la inmobiliaria que gestionaba las nuevas asignaciones, recuerda Diana Lenton, era la de Adolfo Bullrich. Estaba ubicada, vale destacarlo, donde hoy se yergue el glamoroso patio homónimo. La línea heráldica sigue siendo la misma. La disyuntiva de la hora no admite indiferencias ni nuevos errores. Solo el conocimiento de la verdad histórica y la profundización de la democracia nos hará hombres y mujeres libres. O, de lo contrario marcharemos, como pueblo, al más oscuro de los sometimientos.

(1) Gasper, Phil: “Capitalismo y alienación”, disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=120707).
(2) Andrade, Jorge: “La angustia del neoliberalismo”, disponible en http://comunidad.revistaanfibia.com/Documentos/la-angustia-en-el-neoliberalismo/
(3) Andrade, Jorge: “La angustia en el neoliberalismo”, disponible en http://comunidad.revistaanfibia.com/Documentos/la-angustia-en-el-neoliberalismo/
(4) Todorov, Szvetan: “La conquista de América. El problema del otro”, disponible en http://www.academia.edu/4333376/TODOROV_TZVETAN_La_conquista_de_America_El_problema_del_otro_COMPLETO
(5) Margalit, Avishai: “La sociedad decente”, Ed. Paidós, Barcelona, 1997.
(6) Zaffaroni, Eugenio Raúl: “La palabra de los muertos”, Ed. Ediar, Buenos Aires, 2011.
(7) Dussel, Enrique: “De la fenomenología a la liberación”, disponible en http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/otros/20120227025302/3cap2.pdf

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