Hernández Arregui, la clase media y el discurso del amo

Por Eduardo Luis Aguirre

En los últimos años -de cara a la adscripción electoral recurrente de vastos sectores sociales a las expresiones más radicalizadas de la derecha- han crecido los interrogantes y los ensayos de explicación respecto del comportamiento de ese colectivo social inasible al que denominamos convencionalmente “clase media”. La preocupación es absolutamente razonable, y radica en que, en muchos casos, ese sector social ha contribuido decisivamente a la imposición de proyectos políticos conservadores que, paradójicamente, perjudican sistemáticamente sus propias expectativas e intereses.

Por ese motivo es que resulta imperioso analizar las intuiciones y racionalidades de un agregado de enorme importancia cuantitativa y potencia cultural cuyo comportamiento electoral esquivo ha puesto en jaque a los espacios progresistas y populares en casi todo el mundo.

En general, en nuestro país se sigue recurriendo a algunas lecturas clásicas para intentar explicar por qué algunos sujetos regidos por el discurso del Amo son capaces de naturalizar la dominación y adoptar los hábitos, las lógicas, las perspectivas del mundo y, sobre todo, las prácticas de sus dominadores y verdugos. Pero también, para demostrar que esta preocupación sociológica embarga a la filosofía política desde hace más de medio siglo.

Hagamos un tránsito de abreviación desde el discurso psicoanalítico a la sociología, y dentro de esta disciplina intentemos un recorte arbitrario que nos permita revisar esta “anomalía” desde la mirada de un pensador nacional extraordinario, decisivo en la formación teórica de miles de militantes del campo popular: Juan José Hernández Arregui (1913-1974).

Hernández Arregui veía en la “pequeña burguesía” el instrumento del que se valía históricamente la oligarquía para conservar, difundir, reproducir y asegurar su pensamiento de clase, valiéndose justamente de la debilidad de los sectores medios en cuanto a su conciencia “en sí y para sí”.

La clase media, decía en su obra canónica “La formación de la conciencia nacional” (1963), no tiene ideas propias (1). El salario fijo le proporciona ideas leves y, también, fijas. En los países coloniales se va consolidando un estado subjetivo marcado por el miedo a la caída, la imitación de los hábitos y gustos de los dominadores, la incapacidad de entender que las sociedades son mucho más producto de los conflictos que de los consensos. Su incapacidad de percibir estas pugnas históricas, las “contradicciones fundamentales” que señalan las retóricas del marxismo clásico, los aleja de la posibilidad de comprender los intereses en juego y su verdadera ubicación dentro del conflicto.

Cualquier circunstancia que le permita suponer un peligro a su estatus económico hace que su conciencia lábil, fluctuante, propia de elementos pasivos e intermediarios del capital se fragmente y claudique ante los miedos.

El miedo es, justamente, una de las claves de domesticación cultural de las clases medias.

El miedo es un dato constante que garantizó el orden de las sociedades a lo largo de la historia. El miedo animista, el miedo a los dioses, el miedo al Leviathan, el miedo contemporáneo al “otro”. Al enemigo interno que falsamente crean los sectores portadores de un idealismo ético al que Arturo Jauretche denominaba “moralina doméstica”. El miedo y una escala de valores incapaz de percibir las contradicciones fundamentales de una sociedad la vuelve profundamente endeble, vacilante, volátil y ante los fetiches que le recrea a repetición el establishment en todos los medios de comunicación- profundamente autoritaria, individualista, hedonista, meritocrática y racista.

El miedo, una cosmovisión errática, un imaginario épico del fenómeno inmigratorio de los siglos XIX y XX y el sentimiento expandido de que solamente la capacidad personal explica también el “éxito” entendido como progreso económico y ascenso social, con lo cual termina adoptando las teorías de las clases dominantes respecto de las diferencias naturales y las jerarquías de la sociedad, a las que naturalizan. “Es lo que hay de irresoluto y falso en ellos mismos, como asalariados intelectuales de la clase dominante, lo que los lleva, al servicio de esa clase, a falsificar la historia, la literatura, la visión del país” (2). En “Imperialismo y Cultura” (1957), Hernández Arregui ensaya una radiografía minuciosa de la clase media de la época: “La propaganda del imperialismo apunta particularmente a aquellas clases sociales que temen el cambio. La clase media es uno de sus objetivos centrales”. “Esta clase, muy sugestionable y formada en el sistema de costumbres y valorizaciones de la burguesía, es fácilmente orientada por los grupos interesados en modificar una situación política dada.

La técnica utilizada es siempre la exaltación de la moral, la necesidad de restaurar los cimientos del orden amenazados, la familia, la religión, la propiedad. Tal técnica es particularmente eficaz, pues apela a la masa irracional de los prejuicios adquiridos por educación y al descontento, siempre larvado de esta clase deseosa de velar con sustitutos mentales su sentimiento de inestabilidad social” (3). Hernández Arregui, cuyo pensamiento demuestra una absoluta y descarnada vigencia, no pudo sino atisbar una clase media del siglo pasado: el hombre de cuello blanco asalariado, el trabajador de servicios, el chacarero, el comerciante, el pequeño burgués, en definitiva. Sin que su categoría adolezca de imprecisión conceptual alguna, una nueva clase media, con su subjetividad colonizada por el neoliberalismo asoma en el horizonte del tercer milenio con matices diferenciales. El régimen de poder del neoliberalismo ha logrado desconectar el malestar económico-social de cualquier modalidad emergente de un proyecto transformador y eso da lugar a una nueva cultura de clase media.

Esa clase media que, durante nuestros días, es exhibida, según explica Jorge Alemán, como “el vector que unifica y estabiliza a la nación”, siempre asediada por lapsus, deslices en la enunciación y distintos gestos y fórmulas de desprecio clasista que permiten el retorno de lo reprimido, retorno que revela un arcaico y antiguo rechazo por lo popular”. “Esta novedad consiste en haber logrado desconectar el malestar económico-social de cualquier modalidad emergente de un proyecto transformador. Dicho en otros términos, el neoliberalismo es una mutación del capitalismo donde la relación con la causa está rota hasta nuevo aviso. O en términos marxistas, “las contradicciones” no son ya operativas. En este horizonte hay una “mala noticia”, la maquinaria capitalista logra como lo indica la palabra “dispositivo” poner todo a disposición, contaminando a la política con lo que llamaríamos “ultrapolítico”, a saber: infiltrando a la política clásica con fenómenos identificatorios, fantasmáticos” (4). Una clase media que es el nuevo territorio cultural en disputa sobre el que se terminarán saldando los agonismos y antagonismos del presente y el futuro.

(1) Biblioteca del pensamiento nacional, Buenos Aires, 2004.
(2) La formación de la conciencia nacional, p. 85.
(3) Ed. Continente, Buenos Aires, 2005, p.240.
(4) disponible en http://www.lateclaene.com/jorge-alemn-macri-neoliberalismo

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