Subzona 14 II: la persecución a los humanistas

Comenzaron a declarar las víctimas de la razzia represiva, antes del golpe de estado, contra los jóvenes humanistas. "Llevo una mochila de por vida", dijo Víctor Orostizaga.

“Llevo una mochila de por vida”, dijo Víctor Orostizaga, una de las cuatro víctimas que declararon, en el reinicio de las audiencias del juicio de la Subzona 14 II. Esa frase pareció sintetizar del resto de los testigos, que junto más de veinte jóvenes que participaban de un grupo de actividades y estudios siloístas en Santa Rosa, cayeron secuestrados en marzo del ‘75 por el grupo de tareas que ya operaba en la provincia, aún antes del golpe de estado, mientras la represión se había desatado en el país y la provincia.

Luego del receso de la feria judicial, se puso en marcha este miércoles de nuevo el juicio oral que comenzó el 29 de agosto del año pasado, donde se juzgan delitos de lesa humanidad cometidos en La Pampa durante la última dictadura militar y que no fueron juzgados en el histórico primer debate de 2010.

Declararon Víctor Orostizaga, Alicia Solodujin, Omar Alaggio y José Luis Sosa. En tanto, este jueves los jueces del Tribunal Oral Federal de Santa Rosa escucharán a Alejandro Andrada, María Isabel Rodríguez, Nankens de la Barra y Emigdio Fragassi. Fueron víctimas de la razzia que tuvo como blanco al grupo de miembros del incipiente movimiento humanista.

“Me preguntaban si creía en Dios y leía a Marx”

En primer término, Víctor Hugo Orostizaga consideró que fueron víctimas de un “intento de legitimación de la violencia institucional”. Identificó al expolicía Oscar Yorio como el represor que lo interrogó y también reconoció a Baraldini, presente en su lugar de cautiverio, la Seccional Primera.

Orostizaga tenía 20 años. En febrero del ’75, según relató, se dio cuenta de que lo habían empezado a vigilar y, cuando se enteró de las primeras detenciones, le avisó a su madre que por unos días no estaría en su casa, y se escondió en la casa abandonada de los abuelos de un amigo, Mário Lóriga. “Una incoherencia, estaba dos cuadras de la Jefatura de Policía”, reflexionó. De esa forma eludió el allanamiento en la casa de su madre, dónde los policías revisaron todo y se llevaron libros.

Sin embargo, el abogado Ciro Ongaro, que había aceptado defenderlos y presentar un habeas corpus, le aconsejó que se presentara en la Jefatura. El 5 de marzo lo hizo y varios policías lo apuntaron con armas, antes de encerrarlo, sin explicaciones, en un calabozo. Pasó un día sin alimentarse, en silencio, a oscuras y sin colchón, antes de trasladarlo a la Primera.

Allí lo interrogó, después lo supo, Yorio. “Eran preguntas incoherentes, sueltas, disparatadas. Si creía en Dios, si había leído ‘El Capital’ de Marx, si conocía a determinadas personas, si había participado de un campamento. Sabían muchas cosas de mí. Respondí porque en ningún momento sentí que hubiera cometido algún delito”, recordó.

Hace unos pocos años, accedió a la causa en la cual los investigaba por la desaparición de un arma. Pero dijo que en aquel momento “nunca se me informó porqué me detuvieron”. “Sentí que estaba siendo evaluado en relación a algo demasiado grande para entenderlo. Hubo un intento de involucrarnos en algo que no sé qué era”, confesó.

En la Primera estaban todos juntos, hacinados, en una celda. “Era una situación muy divertida, nos hacíamos la idea de que era una circunstancia simple, no teníamos conciencia. Nos animábamos y teníamos una suerte de descarga emocional, cantábamos, estábamos muy unidos. Ahí se relajaron los controles y no continuaron hostigándonos”, contó.

Orostizaga afirmó que observó a Baraldini en dos o tres oportunidades, vestido de militar, y cómo el resto de los policías se “cuadraban” ante sus gritos. También mencionó que unos meses después, en un desfile militar, se cruzó casualmente con Yorio, que tenía condecoraciones en el pecho, y lo reconoció como la persona que lo había interrogado durante el cautiverio cuando ambos quedaron “congelados” con las miradas encontradas.

Liberado a las dos semanas, llegarían entonces las consecuencias de aquella detención. “Quedé estigmatizado, enfrentando con mi familia. La sociedad nos dio la espalda, nos discriminó. Éramos muy jóvenes. Me sorprendió mucho. Quedamos abandonados”, lamentó.

En primer lugar, le negaron el puesto laboral que le correspondía en Entel, donde trabajaba su padre, que había fallecido hace poco. A su novia la echaron, y se tuvo que ir a Buenos Aires en busca de empleo, por lo que se interrumpió la relación. Él entró a trabajar en el hospital, en mantenimiento (luego estudió enfermería), pero empezó a sentirse presionado hasta que “un día en Personal me dijeron que me convenía irme, desaparecer. No sé si fue una amenaza o un consejo”.

En 1978 se fue a Mar del Plata “con la idea de no volver nunca más, decidí borrarme de todo y no trabajar nunca más en el estado”. Allí tuvo un hijo y reorganizó su vida. Mucho después, en 2007, la que había sido su novia, Alicia Solodujin, lo buscó para avisarle que tenía derecho a un resarcimiento como víctima de la represión.

Con ese reencuentro, entabló nuevamente una relación de pareja y regresó a Santa Rosa. “Llevo una mochila, que es sospechar de todo. Quedé afectado en ese sentido. Sé que si me hubiera quedado hubiera sufrido más consecuencias, el último tiempo que estuve seguía siendo observado”, completó.

Una menor secuestrada

Alicia Solodujin también declaró este miércoles. La secuestraron desde el 3 al 13 de febrero del 75, siendo menor, cuando solo tenía 17 años. Tres policías allanaron su casa y se llevaron revistas Hortensia, de Mafalda, y un reloj de oro y unas esclavas de oro que nunca recuperó. "Me llevaron de los pelos, no me invitaron a acompañarlos", contó.

subzona Alicia Solodujin

En la Jefatura lo interrogaron por el paradero de su novio, Orostizaga, que ella no sabía dónde estaba escondido, y por las actividades relacionadas al humanismo. Confió que no pude recordar detalles de su paso por la Jefatura: "Paso y lloro, nunca supe qué pasó ahí dentro, ni siquiera pude recordarlo con ayuda de un sicólogo".

Después la trasladaron a una oficina de la Primera, conjeturó porque se dieron cuenta de que era menor. Pasó los días estudiando con los libros que le acercó la madre, a quien no dejaron verla. Después de un contacto de su madre con la esposa de Baraldini, Olga Riquet, de la que habían sido vecinos unos años antes, salió. “Presumo que intercedió para que me diera la libertad”, dijo.

Cuando la liberaron, los policías le dijeron a su madre “déjela que nosotros la vamos a cuidar mejor que usted”, algo que interpretó como una clara amenaza sexual.

Reconoció a los represores Yorio y Constantino entre los que la interrogaron, aunque también vio a Baraldini en la Primera.

Cuando terminó el secundario, empezó a trabajar en la Escuela de Enfermería. Al poco tiempo la echaron. Dijo que se tuvo que ir de la ciudad porque no conseguía trabajo por el antecedente de la detención. Por esa circunstancia se alejó de su novio, con quien se reencontró 32 años después.

Otro secuestrado

Otro testigo, Jose Luis Sosa, narró que trabaja en un taller de motos y fue secuestrado por policías porque participaba de actividades del humanismo. Nunca le dijeron el motivo de la detención. Lo dejaron solo en un calabozo en la Jefatura y a la madrugada lo subieron para que lo interrogaran dos policías de civil.

“Me apretaron un poco, me preguntaban qué estaba haciendo, cómo era la historia, en qué andábamos, amenazas, de una manera prepotente pero no sufrí golpes”, contó. No lo trasladaron a otra dependencia y fue liberado alrededor de una semana después. Al año, otra vez en un patrullero le allanaron la casa en búsqueda de libros de “doctrina humanista”, pero no tenía nada porque ya se había alejado del movimiento.

"Sospechosos de algo"

El cuarto testigo de la jornada, Omar Alaggio, mencionó que también lo detuvieron por participar de la “corriente de pensamiento” del siloismo. “Parecíamos sospechosos de algo. Era una participación pacífica, teníamos reuniones de intercambio, toma de conocimiento, viajábamos. Nos veían como un grupo que en algo raro andábamos”, señaló.

El 5 de marzo lo secuestraron en casa de los padres en un operativo que encabezó el represor Carlos Reinhart. El acta fue rubricada en Jefatura por Yorio. Secuestraron libros y lo llevaron a la Primera. Tenía 19 años y trabajaba como lavacopas en una confitería.

En la Seccional comenzaron a llegar luego el resto de los compañeros detenidos. No pudo recordar si fue interrogado en la planta alta. El día 15 fue liberado y en octubre le notificaron del sobreseimiento. Recordó que luego de la detención eran vigilados y a algunos, como Miguel Gómez, uno de los militantes más conocidos, lo amenazaron para que no cruzara las vías hacia el centro de la ciudad.

"Cuando salimos nos encontramos con el rechazo de la sociedad, el aislamiento, amigos que perdimos y lugares que frecuentábamos y no nos dejaban estar más porque habíamos sido detenidos. Cuatro días seguidos fuimos expuestos en las tapas de los diarios y fue algo muy difícil de digerir, no nos podíamos mover en el medio. Quienes tuvieron la posibilidad se empezaron a ir y a otros, que no teníamos los medios, nos costó un poco más, pero también partí de Santa Rosa y tuve una etapa sanadora en otro lugar. Después de cuatro años volví y me reincorporé, no me quedaron secuelas, el dolor fue ese momento y el tener que irnos", confió.

"Si en algún momento algo pareció subversivo, creo que en ese momento hubo una violación a las leyes y a los derechos humanos, y no fuimos nosotros precisamente los que la cometimos. Pido que se haga justicia y condena a los autores de estos atropellos", finalizó.

Los acusados

En este juicio se ventilan los padecimientos de 234 víctimas. Hay 15 acusados: el exjefe de Policía, Luis Enrique Baraldini; los ya condenados en el primer juicio, Néstor Omar Greppi, Roberto Oscar Fiorucci, Carlos Roberto Reinhart, Antonio Oscar Yorio, Néstor Bonifacio Cenizo, Hugo Roberto Marenchino y Athos Reta; y los policías Oscar Alberto López, Orlando Osmar Pérez, Miguel Ángel Ochoa, Jorge Osvaldo Quinteros, Juan Domingo Gatica, Luis Horacio Lucero; y el exmédico policial Máximo Alfredo Pérez Oneto.

 

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