"Nos tuvimos que ir del país sin saber por qué"

Por videoconferencia desde el País Vasco, prestó su testimonio  el médico Alfredo "Quique" Otálora. Estuvo secuestrado durante ocho meses y se exilió durante la dictadura. Evocó con dolor "las barbaridades que le hicieron a una generación".

“Nos tuvimos que ir del país sin saber por qué”, evocó, con dolor y angustia, el médico Alfredo “Quique” Otalora de la Serna. Secuestrado durante ocho meses por el solo pecado de formar parte de un Plan Provincial de Salud que atacó el sector privado, tuvo que exiliarse para garantizar su vida y este miércoles prestó un desgarrador testimonio en el juicio de la Subzona 14 II, por teleconferencia, desde San Sebastián (País Vasco), donde vive desde la época de la dictadura.

Otalora aclaró a los jueces del Tribunal Oral Federal de Santa Rosa que a pesar del tiempo transcurrido aun se siente “santarroseño”. "Se me caían las lágrimas como baldes cuando iba en el avión hacia el exilio. En Santa Rosa habían nacido mis abuelos y mis padres. Yo estaba construyendo una casa, estaba totalmente enraizado. Rompieron mi familia. Fue desarraigar a alguien de su tierra. Desde la época de los griegos es el castigo más terrible", ponderó.

Al término de su declaración, aclaró que no había sido ”una descarga” sino "tremendamente dolorosa por las barbaridades que hicieron con esa generación". "Nos tuvimos que ir del país sin saber por qué. Eso es lo que nos duele. A mi me sigue doliendo", admitió.

Dijo que la mayoría de los médicos que fueron secuestrados y perseguidos luego consiguieron trabajo y reconocimiento en el exterior, en el primer nivel de los sistemas de salud de países europeos y en Norteamérica. "Eso me alegra, pero no me enorgullece. Por qué tendrían que ser jefes o profesionales en hospitales argentinos. Entre todos se les pagó sus estudios y sin ninguna razón se tuvieron que ir. ¿No les parece un desperdicio todo eso?", preguntó a los actores del juicio.

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“Decían que atendíamos guerrilleros”

Otalora ingresó en el ‘74 por concurso como jefe de ginecología en el Servicio Provincial de Salud, un modelo de avanzada, de “salud igualitaria”, que fue desarticulado por el aparato represivo antes del golpe porque afectaba los intereses del sector privado.

“Hubo rechazo, ignorancia y calumnias. Los principales ataques vinieron del Colegio Médico porque se afectaban intereses económicos. Decían que atendíamos guerrilleros”, señaló. Y también admitió que ”hubo errores” porque “no se hizo pedagogía, ya que el servicio no excluía a nadie y no aspiraba a anular la medicina privada, que era complementaria realmente”.

El profesional valoró la puesta en marcha del servicio, en paralelo a lo que sucedía en otras provincias. “Comenzó a ir al hospital la clase media porque los servicios tenían buena fama, entonces el hospital trabajaba mucho”, dijo. Tal vez por eso, intepretó, fue “desvalijado”.

La noche del 11 de noviembre del ’75 una patota de civil lo secuestró en su casa, mientras en otros puntos de la ciudad detenían a colegas del servicio y a un grupo de profesores de la universidad. Reconoció como parte del operativo a los represores Cenizo y Fiorucci. “Los conocía. El Negro Fiorucci se cortaba el pelo en lo de Pocho García, al lado de mi casa. Era contertulio de la peluquería”, recordó.

En la comisaría lo Fiorucci lo insultó: “Comunista de mierda, hijo de puta”. “Yo sí era peronista. Y él lo sabía, pero me trataba de esa manera. No sabía por qué me detenían”, señaló Otálora. “Me llevaron a la Colonia Penal, después de unos días en una avioneta me llevaron, con Jorge Bragulat, Juan José Guida y dos rionegrinos, a Devoto. Me tuvieron media hora y nos molieron a palos. Nos pusieron contra la pared y nos daban, en la espalda, los riñones, durante más de una hora. Antonio Maffrand orinaba mucha sangre”, detalló.

Contó que después los llevaron de a dos, desnudos, a celdas de castigo, los “chanchos”, de un metro y medio por dos. Comían arroz con gusanos. Una o dos veces por día les echaban un balde de agua. “Orinábamos ahí mismo, teníamos mucha sed. Tomábamos la orina junto con el agua”, confió.

“Una noche vinieron dos o tres oficiales de penitenciaria, eran de Santa Rosa. Fue la primera vez que me preguntaron el nombre. Y me pegaron un empujón. Estaba tan débil, que me caí al suelo. Las agresiones eran gratuitas”, añadió. “Una noche hicieron algo terrible: fraguaron cómo si celda por celda los iban matando, gritando y dando portazos. Pensé que iba a morir, y me entró una ansiedad y un miedo terrible a morirme. Después de eso fui repasando mi vida poco a poco y me entró una paz que me dormí, llegué a aceptar la muerte. No existe ninguna diferencia en que a uno lo maten de verdad a que uno se imagine la muerte”, reflexionó.

Después de una semana lo trasladaron a un pabellón, sin colchón ni almohada, durmiendo sobre el elástico. “De almohada usábamos unos mocasines, porque nos devolvieron la ropa”, acotó. Luego los trasladaron en avión a Resistencia, Chaco, golpeándolos en la nuca, la espalda y los riñones durante las dos horas del viaje. “Cuando llegamos, nos tiraban de a dos, esposados, sin escalerilla, de dos metros. Yo caí encima del otro y no me hice nada”, dijo.

El médico indicó que el pabellón uno era para Montoneros, en el tres estaba el ERP, en el cuatro militantes de izquierda y en el dos, dónde quedó él, los “independientes”. “Había algún radical, algún gremialista, un chico subnormal y un tipo al que la policía le robó la moto y lo metieron preso por subversivo”, recordó.

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“Baraldini era mi dueño”

A Otalora nunca lo interrogaron en ocho meses. En junio del ‘76 lo liberaron en Buenos Aires. “Mi padre me dijo que me llamaba Baraldini en La Pampa. Por primera vez, porque nunca nadie un juez me preguntó nada, charlé con un militar que me pregunta cosas. Fue en el despacho de la Jefatura, no menos de 45 minutos. Me dijo que me había denunciado gente de la sociedad santarroseña y que tenía en mi legajo todos los nombres. Dejó la carpeta delante de mí y se fue, pero yo ni la toqué, por supuesto, porque ya me imaginaba quiénes eran, no había que ser muy vivo para darse cuenta”, narró.

“Me preguntó qué iba a hacer y le dije que tenía la posibilidad de irme al extranjero, que no quería pero estaba viendo eso. Me dijo que si me quedaba en Santa Rosa me garantizaba mi vida, sino no. Era mi dueño. Me marcaba por dónde tenía que andar”, graficó.

Dijo que su mujer ya se había ido a Buenos Aires con los dos niños y había abandonado la casa que construían con un crédito en Santa Rosa. Entonces decidieron emigrar a Barcelona con plata prestada para los pasajes.

Cuando el fiscal Miguel Palazzani preguntó sobre quiénes lo habían delatado, mencionó que su mujer obtuvo una respuesta “poco normal” cuando fue a ver al obispo Adolfo Arana: “Ni le abrieron la puerta de la iglesia”. También recordó que el interventor del Servicio de Salud, Pedro Bibini, le dijo a ella, una neonatóloga, que renunciara al hospital, comprarse un aparato de rayos y se dedicara a la actividad privada. “Es como si a un arquitecto le decís que se compre una pala”, ironizó. Y dijo que eso demuestra “en manos de quién quedó la salud de la población.

En cambio, reconoció muestras de solidaridad, como la del abogado radical Antonio “Pacheco” Berhongaray, que acompañó a su mujer en las gestiones para reclamar por su liberación.

Además, mencionó que un amigo fue a ver a Ramón Camps -que estaba a cargo del regimiento de Toay hasta el golpe- para decirle que el médico no era comunista ni guerrillero. "Sí, pero son ideólogos", fue la repuesta del sanguinario genocida.

"Fui detenido  injustamente”

Este miércoles, en primer lugar, en el juicio de la Subzona 14 II, había declarado por videoconferencia, desde Morón, Carlos Alberto Enriquez. Contó que durante la dictadura fue “detenido injustamente”, sin ninguna orden judicial, cuando viajó en el ’77 hasta General Pico para visitar a un familiar.

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Lo trasladaron a Santa Rosa bajo la órbita de Subzona 14.  Nunca se enteró “por qué” lo llevaron. Dijo que en una oportunidad trabó la cerradura del calabozo a la noche porque “sabía lo que estaba pasando” y temía que lo sacaran y lo hicieran desaparecer.

Era policía en Rosario y estaba en disponibilidad en esa época, por lo que trabajaba en un campo en Metileo. Lo liberaron en Morón después de un mes.

 

Un acusado “intachable”

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El anestesiólogo Juan Carlos Armagno, convocado por la defensa como testigo de concepto, dijo que su amigo, el ex médico policial, Máximo Pérez Oneto, tuvo una trayectoria "intachable” en la profesión. Dijo que en la época no se enteró de secuestros ni tormentos en los lugares de detención de la provincia.

“Aragonés armó la lista”

José Carlos Brinatti recordó que su padre –José “Pepe”, un comerciante y dirigente político de izquierda y social ya fallecido- fue buscado por militares con armas largas en su casa de Pico cuando no estaba y por eso se presentó luego en la comisaría porque “no había hecho nada”.

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Su padre permaneció secuestrado “dos o tres semanas” en Santa Rosa -once días en realidad- a partir del 26 de marzo del ‘76. “Fueron muchos días de incertidumbre, sin tener noticias”, recordó.

Los largaron junto a su amigo Victorino García. “Durante mucho tiempo a la hora que llegaba el Dumas se iba a la Terminal para ver si llegaba alguno de sus compañeros que estaba detenido”, rememoró.

“Lo detuvieron por haber participado en la lista opositora al oficialismo de la cooperativa eléctrica de Pico. (El sindicalista del PJ, Carlos) Aragonés armó esa lista”, dijo que le contó su padre. De hecho, recordó, Brinati ratificó esa situación en una declaración en el Juzgado Federal de Santa Rosa, en el marco de una denuncia contra los colaboracionistas civiles de la dictadura.

"Siempre nos dijo que no recibió violencia física, solo que lo tenían encapuchado cuando declaró y le preguntaban para intentar vincularlo a Cholo Covella con un grupo armado o algo así. Siempre me quedó la duda de si no fue una mentira piadosa para no hacernos sufrir", indicó.

Finalmente, contó que su padre hablaba del buen trato que le dispensó en la Colonia Penal un penitenciario de apellido Aimar, quién le advirtió que se cuidara porque entre los detenidos había "un buchón", en referencia al sindicalista piquense. 

 

 “A la Subzona no entraba cualquiera”

El comisario Tomás Santiago Díaz –que cumplió funciones en Toxicomanía cuatro años durante la dictadura y luego pasó a Investigaciones- recordó que la Subzona 14 funcionaba en la parte alta del edificio de la Regional I y la Primera.

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“Era un área restringida, no entraba cualquiera”, señaló, además de señalar a la mayoría de los miembros de ese grupo de tareas. También menciono a los imputados Lucero y Marenchino como miembros de la D2, el área de inteligencia de la Policía.

"La tarea de la Subzona la desconocía, después se fueron conociendo con las detenciones, salían en los diarios, eran públicas. Yo ni siquiera estaba en la Primera", confió. "Nunca se supo porqué los seleccionaron, fue una orden, la policía ya estaba bajo control del Ejército", acotó.

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Un acusado menos

Ayer, el juicio se desarrolló ya con un acusado menos, el represor Roberto Fiorucci. El viernes pasado, la Cámara de Casación Penal lo dejó afuera del juicio. La decisión se fundamentó en el dictamen de los peritos del Cuerpo Médico Forense de la Corte Suprema, que establecieron un deterioro cognitivo de Fiorucci: padece un deterioro mental por el que no entiende lo que se debate.

Ahora quedan 14 imputados. Son el excoronel y exsecretario general de la Gobernación Néstor Omar Greppi, el exmayor del Ejército y exjefe de la Policía de La Pampa Luis Enrique Baraldini; Carlos Roberto Reinhart, oficial del grupo; Antonio Oscar Yorio, oficial; Néstor Bonifacio Cenizo, oficial; Hugo Roberto Marenchino, oficial; Oscar Alberto López, oficial; Athos Reta, oficial; el exagente Orlando Osmar Pérez; el exoficial de la Seccional Primera de Santa Rosa Miguel Ángel Ochoa; el exoficial de la Primera Jorge Osvaldo Quinteros; el exoficial de la Comisaría de Toay y de la Primera de Santa Rosa Juan Domingo Gatica; el exoficial del Departamento de Informaciones Policiales Luis Horacio Lucero; y el exmédico policial Máximo Alfredo Pérez Oneto.

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