Criminología de Nuestramérica: Vairoletto y el eterno retorno

Por Eduardo Aguirre

Una de las problemáticas más sensibles del saber criminológico lo constituye su imposibilidad histórica de superar el marco de la epistemología eurocéntrica o americanocéntrica. La colonización en materia de contenido criminológico acompañó el proceso totalizante de cooptación cultural de la conquista, y ese sesgo colonial no ha podido ser conmovido por la academia, después de más de tres décadas ininterrumpidas de vigencia democrática.

Recrear la odisea del cómplice ignoto de Juan Bautista Vairoletto, y detallar las perspectivas y rutinas dominantes en la época, en materia de lo que llamamos peligrosismo criminológico, es un buen ejercicio para demostrar que poco a nada ha cambiado en las prácticas del sistema penal argentino. Que, de paso, sirve también para bucear en la pulsión y los discursos sociales y en las formas que asume la coerción estatal respecto de sujetos vulnerables, sean estos bandidos rurales, piqueteros, jóvenes de sectores oprimidos, mapuches, mujeres, privados de libertad o disidentes políticos.

Dice el historiador Hugo Chumbita, refiriéndose al mítico Juan Bautista Vairoletto:

“En aquellas fabulosas llanuras irredentas cada cual valía por sí mismo sin tener que rendir cuentas a nadie. En los márgenes de la civilización colonial, en contacto con ella pero fuera del orden, arraigaron formas de subsistencia alternativa, fundadas en otros códigos y otras maneras de ser. Para la gente ilustrada en la visión eurocéntrica, era la barbarie....”. “Cada vez que el sistema de ocupación colonial avanzó desde las ciudades hacia esas regiones periféricas, tropezó con los disturbios rebeldes. La organización del Estado y su monopolio de la violencia chocaba en particular con la existencia de las tribus pastoras y los vaqueros errantes, que sostuvieron análogas confrontaciones con el poder de los propietarios, comerciantes y funcionarios. En el marco de tales conflictos, gran parte de lo que se calificaba como bandolerismo no eran sino modos de autodefensa de esos grupos autónomos” [1]. “La historia de los rebeldes y bandoleros en el extremo sur de América trasunta un persistente desorden en la base de la sociedad. Es el reverso del orden estatal, la trastienda de la civilización”.

“Desde su origen fue una respuesta a la ley de la conquista, a la organización de un poder que se extendió violentando en forma recurrente a los pueblos interiores para dominarlos, civilizarlos y, en algún momento, lisa y llanamente exterminarlos” [2].

Por razones académicas, pude analizar detenidamente los expedientes judiciales de Vairoletto en el Archivo Histórico de la Provincia de La Pampa. Y establecer llamativas coincidencias entre aquellas primeras décadas del siglo pasado, de profunda y violenta convulsión social en el infinito territorio argentino y las exteriorizaciones masivas que delinean una realidad argentina sin precedentes.

En ese entramado, se mezclaron igualmente las evidencias de la asimetría militante de los mecanismos de control penal y su profunda connotación selectiva, la desidia judicial, la brutalidad represiva y el drama social de la exclusión de principios del siglo pasado.

Vairoletto fue sorteando hasta su muerte los cercos de las partidas policiales territoriales. Los relatos connotan sus habilidades especiales, el consenso que despertaba en las clases menos acomodadas, lo errático de las estrategias policíacas para lograr su detención, entre otras muchas causas que explican la victoriosa impunidad que, por más de dos décadas, contribuyó a configurar el mito.

Sus socios de correrías, empero, no tuvieron al parecer la misma suerte.

También en estos casos, el sistema penal operó con absoluta impiedad sobre los actores más vulnerables, incluso al interior de la banda. Y este es un extremo sobre el que necesariamente he querido detenerme.

Daniel Caro fue un compinche ocasional de Vairoletto, rescatado del olvido de las crónicas criminológicas por las referencias precisas que acerca de su persona hace Hugo Chumbita, quien lo describe certeramente como “un petiso con cara de laucha, imberbe y de melena negra” [3] y cuenta sus andanzas esporádicas junto al mítico.

El 5 de febrero de 1926, este bonaerense ignoto y esmirriado asaltó junto a Juan Bautista y otros dos cómplices la estancia “La criolla” en el paraje Lobocó, dando muerte a su dueño, el “Gallego” Hornes, quien vivía en compañía de la “india” Madero. Luego de un trámite burocrático que remedaba un proceso judicial, Caro fue condenado a la pena de 25 años de reclusión, que cumplió en el emblemático penal de Ushuaia.

En el expediente Nº 164/47 “CARO, Daniel s/pedido de libertad condicional” (agregado al principal 504/27), tramitado por ante el Juzgado de Primera Instancia Nº 1, a cargo del Dr. Alberto Fernández del Casal, se sustanció y resolvió el pedido de libertad condicional efectuado el 26 de septiembre de 1946 por el “procesado” Daniel Caro[4].

Desde el penal de Ushuaia, Caro se dirige al juez a cargo del Juzgado, “que fue del Dr. José M. Jaramillo” cuando se cometió el hecho, más de veinte años antes. Con una caligrafía y ortografía seguramente facilitada (el imputado no sabía leer ni escribir), peticionaba:

“Señor Juez:

Daniel Caro, penado Nº 165 de la Cárcel de la Tierra del Fuego, condenado a veinticinco años de reclusión, a V.S. se presenta muy respetuosamente y expone:

Que llevando cumplidos los dos tercios de la pena impuesta, y habiendo observado con ejemplar regularidad las disposiciones reglamentarias, viene a solicitar de V.S. la libertad condicional, de acuerdo con lo establecido en el artículo 13 del Código Penal. Será Justicia”. Y firma junto a una “X”.

El informe que emitiera la Dirección General de Institutos Penales de Bs. As. es una rémora impar del positivismo criminológico (como lo siguen siendo aún hoy, en general, los informes producidos por las autoridades administrativas penitenciarias).

“Señor Director General:

Daniel CARO, ficha 1673, que cumple en la Cárcel de Tierra del Fuego la pena de veinticinco años de reclusión, por los delitos de homicidio, lesiones, hurto, robo y asalto a mano armada, impuesta por ante el Juzgado a cargo entonces del Dr. José M. Jaramillo, solicita su libertad condicional. El vencimiento de dicha pena, de acuerdo al Decreto del P.E. del 26 de julio de 1946, se operará el día 31 de agosto de 1951.
Índice legal de peligrosidad: Inicialmente muy elevada, se atenúa por el decurso y el buen cumplimiento de los reglamentos carcelarios, pero manteniéndola por encima de la mediana, la circunstancia de ser un reincidente específico.

Índice Médico de Peligrosidad: Personalidad en quien la carencia normativa familiar y escolástica mantiene un carácter primitivo. Sugestionable, la aparcería política restringe los hábitos que pudo haber adquirido para convivir; y su liminar jerarquía intelectual no impide, que el concepto pragmático del delito, se modele, con exclusión de aquellos que puedan ejecutarse con impunidad.

En la confirmación de la sentencia, la Excma. Cámara penetra con una profundidad, cuyo extraordinario valor han confirmado luego años de observación, la psicogénesis de los hechos más graves, al establecer con relación al agente, la distinción entre delitos accidentales y latrocinio.
En el movimiento criminoso, el penado desempeña el papel de súcubo, y es también precisamente, esta fácil sugestionabilidad del reo, lo que permite luego una correcta adaptación carcelaria, por la pedagógicamente receptora condición que posee, para desenvolverse acorde con una imposición normativa, cuyo respeto acrecienta el ritual carcelario.

Pero la adaptación no llega a transformarse en la mente del penado, en un concepto ético, que luego continúe actuando, una vez en libertad. Así lo demuestra su reincidencia.

Siendo en consecuencia, la peligrosidad resultado de su peculiar condición endógena, se mantiene en este índice elevada.

Índice Social de Peligrosidad: Carece de apoyo material y moral, para la ocasión de hallarse en libertad. No ha adquirido ninguna actitud (n. del r: debería leerse “aptitud”?) especial, que le signifique posterior facilitación de la lucha por la vida. Las condiciones ambientales se mantienen como cuando la comisión de los hechos delictuosos, pero lógicamente agravadas, por la pérdida de los nexos con quienes pudieran ayudarlo, y por la usura de la vida, que reduce su vaga capacidad laborativa (en todos los casos, los subrayados del texto me pertenecen).

Juicio crítico conjunto de los índices de peligrosidad: Todos concurren a definir la existencia en el recluso de una peligrosidad elevada, por lo cual este Instituto opina que no debe concederse el pedido. Instituto de Clasificación, 9 de febrero de 1947”. Firman, el Dr. Hernán Pessagno (vocal del Consejo Asesor), Juan León Calcagno (delegado del Patronato) y el Dr. Felipe M. Cia (director del Anexo Psiquiátrico).

El 20 de febrero de 1947 se recibe el informe en Santa Rosa. El Actuario informa que el expediente donde se seguía el proceso contra Juan Bautista Vairoletto y Daniel Caro se halla en el Archivo General de Tribunales, como era lógico. Vairoletto había muerto el 14 de septiembre de 1941.

El juez de Santa Rosa fue tan “profundo” como la confirmación de la sentencia de la condena de Caro que hizo la Cámara de Apelaciones de La Plata. El 8 de marzo de 1947, el Juzgado reivindica que el otorgamiento de la libertad condicional es una facultad propia, y la deniega por entender que -pese al cumplimiento de los reglamentos carcelarios- se mantiene el “estado peligroso” y se toman en consideración los “malos antecedentes” de Caro.

Los “malos antecedentes” de la foja 515 de aquel expediente dan cuenta que al 5 de febrero de 1928, Caro estaba detenido por entonces a disposición del Sr. juez del Crimen del Territorio acusado de asalto y robo, además de un pedido de captura de la Policía de Mendoza, “por estar acusado de robo en Colonia Alvear en septiembre de 1927”. En la información de “antecedentes, conducta y concepto” de fs. 511 a 514 efectuado por la Comisaría de Luan Toro el 3 de febrero de 1928, se consignaban detalles tales como que Caro nació el 25 de mayo de 189 (el número, borroso, se asemeja a un “1”), que tenía ya por entonces 36 años, que no trabajaba en ninguna parte desde hacía diez años, que no tenía familia alguna a su cargo, que era analfabeto y no había ido a la escuela porque sus padres no lo habían mandado, que -naturalmente- no atendía a la subsistencia de su familia, no tenía parientes a cargo ni ningún miembro de su familia contribuía por entonces a atender sus necesidades. “Vive de lo ajeno. Antecedentes policiales: cuatrero. Antecedentes sobre su concepto moral y del ambiente en que vive: malo. No es afecto al alcohol. Tiene carácter violento y usa armas. No se le conoce ningún hábito bueno. No tuvo ni tiene enfermedades”. Las malas costumbres e inclinaciones que se le atribuyen consisten -igualmente- en ser cuatrero. “Después del delito, ¿ha demostrado indiferencia o arrepentimiento?”, pregunta el formulario preimpreso. “Con individuos al margen de la ley Juan Bautista Vairoletto y otros merecen el mismo concepto”, contestan de puño y letra los policías, en el casillero equivocado. La “indiferencia” se consigna en el espacio reservado para los “otros antecedentes, datos o circunstancias que puedan servir para la sustanciación de la causa”.

El concepto que merece en definitiva es “malo”.

Con sus más y sus menos, el sistema penal proyecta así, a través de los años, su impronta ilegítima y violenta, reclutando entre sus clientes a los más débiles y tutelando celosamente los bienes jurídicos capaces de sostener un sistema de acumulación compatible con los intereses concentrados de las minorías de este país.

Chumbita, Hugo: “Jinetes Rebeldes. Historia del bandolerismo social en la Argentina”, Ediciones Vergara, Buenos Aires, 2000, p. 21 y 22.
Chumbita, Hugo: “Jinetes Rebeldes. Historia del bandolerismo social en la Argentina”, Ediciones Vergara, Buenos Aires, 2000, p. 250.
Chumbita, Hugo: “Última Frontera. Vairoletto: vida y leyenda de un bandolero”, Ed. Planeta, Buenos Aires, 1999, p. 125.
Chumbita, Hugo: “Última Frontera. Vairoletto: vida y leyenda de un bandolero”, Ed. Planeta, Buenos Aires, 1999, p. 125/129.

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